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Diario sin filtros

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Reflexiones, casos reales (siempre anonimizados) y cosas que voy aprendiendo acompañando a hombres, mujeres y parejas.

La infidelidad, ¿se puede perdonar?

Antes de entrar en si se puede perdonar o no, hay que partir de una base: qué es exactamente la infidelidad. Para mí es un acuerdo roto, generalmente verbal, dentro de una pareja monógama. Y ahí está la clave de todo, porque en torno al noventa o noventa y cinco por ciento de las relaciones, tanto heterosexuales como homosexuales, son monógamas entre dos personas. Eso significa que hay un pacto: no entra nadie más, sexualmente hablando, en esa relación. Si entrara, ya estaríamos hablando de otra cosa, de una relación abierta, que es un tema distinto y que aquí no toca.

Muchas veces, cuando alguien es infiel, sabe perfectamente por qué lo ha hecho. Y en muchos casos, además, se arrepiente después, por las consecuencias que eso trae. Hay quien nunca llega a ser descubierto. Y hay quien, ya sea porque le puede la culpa o porque su pareja se entera por otra vía, termina saliendo a la luz. Es justo ahí cuando se remueven todos los cimientos de la relación, cuando esta se cae por completo.

Porque, seamos honestos: en toda pareja, en algún momento, surge alguna duda. Tu pareja se va de viaje con amigos, sale a cenar, conoce a alguien atractivo en el trabajo o en el gimnasio, y ahí aparece esa pequeña pregunta de "¿se puede fijar en alguien?". Quien diga que nunca ha sentido nada parecido no está siendo honesto consigo mismo. Otra cosa muy distinta son quienes necesitan mirar el móvil constantemente, acechar, no fiarse nunca: eso ya no es duda, eso es toxicidad pura y dura. Pero la duda ligera, pasajera, existe casi siempre, en algún grado.

El problema llega cuando esa duda se confirma: cuando lo que solo era una sospecha se convierte, de golpe, en una infidelidad real. A partir de ahí hay una herida, y esa herida no te la has hecho tú: te la ha hecho tu pareja. Se pone en entredicho tu confianza, pero también tus bases, tus principios, tus valores, porque no se traiciona solo con el sexo, se traiciona también el pacto que sostenía la relación. Hay muchos terapeutas que hablan de reparación después de una infidelidad. Y aquí va mi opinión personal: muy pocos de ellos serían capaces de reparar si les pasara a ellos mismos. No lo digo para desacreditar a nadie, sino porque hasta que no te toca de verdad, es fácil hablar de reparación en abstracto.

Para que una infidelidad pueda repararse, y que la pareja siga, tienen que darse dos cosas a la vez: que quien ha sido infiel se arrepienta de verdad, y que quien la ha recibido quiera reparar. Sin esas dos condiciones juntas, no hay proceso que valga. Y ni así se resuelve en una o dos sesiones: es un trabajo largo, porque tambalea creencias, expectativas, todo lo que uno había construido sobre esa relación.

A día de hoy creo que sanar o reparar una infidelidad es de lo más complicado que existe en pareja, y no todo el mundo es capaz de conseguirlo. Muchas veces la terapia no sirve para reconstruir la relación, sino para poder dejarla con calidad: con menos rencor, menos dolor, cerrando de una forma más sana en lugar de arrastrar esa herida años. Las dos cosas son un trabajo legítimo, y ninguna es un fracaso.

Todo esto vuelve, una vez más, a lo mismo de siempre: la coherencia interna de cada uno, y esa autoestima que mencionaba al hablar de los miedos más habituales en la pareja. Porque perdonar una infidelidad, o no hacerlo, no debería decidirse desde el miedo a quedarte solo, sino desde lo que de verdad sientes y necesitas.

El deseo que se apaga en la pareja, y por qué casi nunca es "falta de deseo"

El deseo, todos lo sabemos, es especialmente intenso en la primera fase de la pareja: la fase de enamoramiento. Dura un año, año y medio, y en ella queremos tener relaciones casi cada día, en cualquier lugar. De las demás fases de una relación hablaré en otro post, pero esta es la que interesa aquí, porque es donde solemos poner el listón con el que luego comparamos todo lo que viene después.

Pasada esa fase, el deseo no desaparece. Baja, sí, y bastante, pero sigue ahí, sigue existiendo. La relación se vuelve más madura. El problema aparece cuando esa relación no se trabaja: cuando no hay complicidad, no hay amistad, no hay respeto y, sobre todo, no hay admiración. Ahí es donde ese deseo se va apagando poco a poco, y se va transformando en discusiones, en falta de admiración hacia la otra persona. Dejamos de ver a nuestra pareja como la veíamos antes.

Ya no invertimos el tiempo que invertíamos al principio, cuando podíamos pasarnos cuatro o cinco horas seguidas solo con esa persona. Ya no tenemos esa intención de seducirla, porque pensamos que ya la tenemos ganada, ahí fija. Dejamos de ocuparnos de tener conversaciones profundas, de intentar hacerla reír, de pasar tiempo de calidad juntos. Y al final, dejamos de admirar a nuestra pareja. Muchas veces entra en juego la dejadez, entran las discusiones, y ese deterioro se alimenta a sí mismo.

Y esto se nota también, cómo no, en las relaciones sexuales en sí. Se vuelven monótonas: mismo horario, mismo lugar, mismo guion de siempre. Dejamos de jugar sexualmente, de improvisar, de buscar sitios distintos a los de siempre para tener intimidad, como hacíamos al principio. Dejamos de vestirnos o de arreglarnos pensando en erotizar a la otra persona, en despertarle el deseo con algo tan simple como una prenda concreta. Ya no seducimos con la ropa, ni con el lugar, ni con la sorpresa; nos limitamos a repetir lo de siempre, cuando funciona, y muchas veces ni eso. Y esa monotonía, sin que nos demos cuenta, es otra forma más de dejar de cuidar el deseo.

Si hay hijos de por medio, se convierten en la excusa perfecta: no hay tiempo para la pareja. Pero curiosamente sí hay tiempo para pasarse horas con el móvil, para llevarse trabajo a casa, para hablar constantemente de los niños. Los hijos pasan a ser el centro de atención y la pareja queda en un segundo plano. Y si no hay hijos, la historia se repite de otra forma: discusiones, falta de admiración, caminos que se van separando poco a poco, sin que nadie decida trabajar en la relación, en tener buenas conversaciones, en seguir seduciéndose.

Todo eso, sin darnos cuenta, se va apagando poco a poco. Y cuando una pareja pierde el deseo, cuando deja de encontrarse sexualmente, ahí empieza —si la pareja quiere verlo— el principio del fin. Muy pocas parejas son lo suficientemente honestas, y lo suficientemente valientes, para hablar de esto: de que cada vez tienen menos deseo, de qué están haciendo mal, y de qué podrían hacer distinto para reavivarlo. Esa conversación incómoda, la que casi nadie se atreve a tener, es la que de verdad puede cambiar el rumbo de una relación antes de que sea demasiado tarde. Y, como con casi todo lo que de verdad importa en pareja, empieza por ser coherentes con lo que sentimos, en vez de fingir que no pasa nada.

El sufrimiento te está hablando y no te estás dando cuenta

Muchas veces sufrimos y no sabemos ni por qué ni de dónde viene ese sufrimiento. Y en muchas ocasiones eso pasa porque hay falta de autoconocimiento: no nos conocemos lo suficiente como para saber qué nos está pasando de verdad. Puede ser un sufrimiento leve, del trabajo. Puede ser con la familia, con los hijos, con la pareja. Puede ser por escasez de dinero, o por una enfermedad. Formas distintas, pero un mismo mecanismo de fondo.

Mi experiencia me ha enseñado esto: ese sufrimiento nos está hablando, pero no queremos escuchar de verdad dónde tenemos que poner el foco, dónde tenemos que empezar a sanarnos. Durante buena parte de mi vida fui inconsciente. No lo digo como insulto, sino porque viví tanto tiempo desde el ego que no me daba cuenta de lo que me estaba pasando. No me conocía.

Cuando empiezas a trabajarte, empiezas también a cuestionarte las creencias que te limitan: las cosas que haces por seguir a la multitud, por no defraudar a tus padres, por encajar con la pareja o con los amigos. Y si no eres coherente con lo que sientes de verdad, tarde o temprano lo acabas pagando.

Hay personas en las que ese sufrimiento, a priori, no se nota, pero lo llevan por dentro: no sacan su rabia, su malestar, y se van apagando poco a poco, carcomidas por dentro. Y hay otras, como era mi caso, en las que ese sufrimiento se exterioriza con rabia, con ira, pagándolo con los demás. Al final, de una forma o de otra, te acabas deteriorando tú, y deterioras también a quien tienes alrededor.

Por eso el autoconocimiento es tan importante, y por eso el sufrimiento es la llave hacia el bienestar emocional y personal. Esto requiere trabajo, porque la mayoría de las personas viven en la inconsciencia, y no hace falta enfadarse al leer esto: yo no soy una persona iluminada, ni mucho menos. Pero sí llevo mucho tiempo intentando no engañarme, cuestionarme creencias y trabajarme para transformar ese sufrimiento en tranquilidad, en paz, en coherencia interna y en autocuidado.

Una de las preguntas que me hacía a mí mismo cuando estaba sufriendo, y que todavía sigo haciéndome, es esta: ¿qué me hace quedarme en esta situación? ¿Qué quiero aprender de ella? ¿Cómo me gustaría verme si no la tuviera? ¿Qué he aprendido de lo que me ha ocurrido? Son preguntas simples, pero pocas veces nos las hacemos con honestidad. Y casi siempre, cuando por fin nos las hacemos, es porque ese sufrimiento llevaba tiempo intentando decirnos algo que no queríamos escuchar.

El deseo que se apaga en la pareja, y por qué casi nunca es "falta de deseo"

Es de las frases que más escucho en sesión: "ya no hay deseo". Y casi siempre la persona lo cuenta como si fuera un diagnóstico cerrado, algo que simplemente ha dejado de estar ahí, como una luz que se apaga sola. Pero en la mayoría de los casos que he acompañado, el deseo no desaparece porque sí. Desaparece porque algo, mucho antes, dejó de sostenerlo.

El deseo no vive aislado. Vive apoyado en los otros tres pilares de los que hablo siempre: la amistad, la admiración y el respeto. Cuando uno de esos tres se resiente, el deseo lo nota antes que la mente. Puedes seguir queriendo a tu pareja y, al mismo tiempo, notar que el cuerpo ya no responde igual. No es contradictorio: es coherente con lo que está pasando por debajo, aunque todavía no le hayas puesto nombre.

Y aquí es donde conecto con algo de lo que ya hablé hace unos días: el móvil como refugio cuando la pareja ya no se mira. Esa escena de la comida en silencio no es solo falta de conversación. Es, muchas veces, la fotografía exacta de un deseo que se ha ido apagando en silencio, sin que nadie lo dijera en voz alta. El móvil no mata el deseo. Es la salida que se usa cuando el deseo ya no está, o cuando duele demasiado comprobar que no está.

Lo que veo con más frecuencia en consulta no es gente que ha dejado de desear a su pareja de la noche a la mañana. Es gente que lleva meses o años sin sentirse admirada, sin sentir que su pareja la elige activamente cada día, o que ha ido acumulando pequeñas faltas de respeto que nunca se nombraron. El deseo, entonces, hace lo más lógico que puede hacer: se retira. No por rencor, sino por autoprotección. Es difícil desear a alguien desde un lugar donde no te sientes vista, cuidada o respetada.

Por eso, cuando alguien llega diciéndome "quiero recuperar el deseo", la primera pregunta nunca es sobre técnica ni sobre frecuencia. Es sobre coherencia interna: ¿qué estás pensando, diciendo, sintiendo y haciendo respecto a esta relación, y coincide todo eso entre sí? Porque muchas veces el cuerpo ya sabe la respuesta —el deseo apagado es la señal— y lo que falta es que la mente se atreva a escucharla, en vez de buscar un arreglo rápido para un síntoma que en realidad viene de mucho más atrás.

Trabajar el deseo, cuando es posible recuperarlo, pasa casi siempre por reconstruir lo que hay debajo: volver a mirarse, volver a admirar en voz alta, volver a tratarse con el respeto con el que se trataron al principio. El deseo no se fuerza. Se le vuelve a dar un lugar seguro donde aparecer.

Mis dos divorcios: por qué no se parecen en nada

He vivido dos divorcios, y aunque a primera vista parezca la misma experiencia repetida, no tienen nada que ver el uno con el otro. Y creo que la diferencia entre ambos dice más de mí que de las relaciones en sí.

El primero llegó con veintisiete, veintiocho años. Yo era, aunque en aquel momento no lo veía, una persona acomplejada e insegura, que además se esforzaba en aparentar justo lo contrario. Y aquí está la clave que he aprendido con los años: cuando estás así, vibras con alguien parecido, y la vida te trae la pareja que necesitas para evolucionar, aunque en ese mismo momento no lo sientas así. No conectas con una persona equilibrada, coherente, trabajada, porque tú tampoco lo eres: yo era el primero que no estaba equilibrado, ni era coherente, ni estaba trabajado. Y lo que la vida te pone delante en ese momento es, precisamente, lo que necesitas aprender para dejar de sufrir, aunque solo lo entiendas mucho después. Ese primer divorcio fue traumático, y salí de ahí sintiendo que quedaba mal, con la sensación de irme derrotado.

Después de eso llegaron años de miedo: miedo a volver a ponerme en pareja, miedo a empezar otra vez de cero, miedo al rechazo. Los mismos miedos de los que hablé hace poco. Pero con el tiempo empecé a trabajarme: crecimiento personal, indagar en mí, trabajo emocional. Y sobre todo, empecé a invertir. No en coches ni en cosas materiales, que es donde mucha gente pone el dinero sin pensarlo dos veces, sino en mi bienestar emocional. Muy poca gente invierte ahí, y a mí me ha tocado invertir mucho.

Esa inversión cambió por completo la relación que vino después, que duró cuatro años y que no se pareció en nada a la primera. Y cuando esa segunda relación también terminó, terminó desde otro lugar completamente distinto: desde el amor, desde la coherencia. Había tristeza, la tristeza siempre está cuando algo se acaba, pero las cosas se hicieron de otra manera. El miedo que sentí en ese segundo divorcio ya no era el miedo inconsciente, incoherente y egoico del primero. Era otro tipo de miedo, uno que puedes mirar de frente, entender qué ha pasado, ver qué te toca seguir trabajando, poner el foco en ti sin desmoronarte.

Por eso digo que dos divorcios no son lo mismo solo porque compartan la palabra. Lo que cambia de fondo es desde dónde los vives: desde la inconsciencia y la inseguridad, o desde el trabajo personal y la coherencia interna. Y esa diferencia se nota en cómo cierras una etapa y en cómo te sientes contigo mismo después de cerrarla.

Los miedos más habituales en la pareja

Después de años escuchando a personas hablar de sus relaciones, hay algo que se repite tanto que ya casi podría hacer una lista cerrada: miedo a estar solo, miedo a decir "te quiero", miedo a decir "ya no te quiero", miedo a sufrir, miedo al rechazo, miedo a perder a la pareja, miedo a no gustar, miedo a ser engañado. Casi todo el mundo coincide en alguno de estos, y muchas veces en varios a la vez.

Y ahí está la trampa: nos quedamos en relaciones de las que ya sabemos que queremos soltar, no por amor, sino por miedo. Preferimos el malestar conocido a la incertidumbre de lo desconocido. Es más cómodo, aunque duela, quedarse en lo que ya controlamos que enfrentarse a lo que no sabemos cómo va a salir.

Aquí entra en juego algo que para mí es central: la autoestima y el autoconcepto. Si sabes, si sientes, que una relación ya no funciona, poder transitar el miedo a quedarte solo depende en gran parte de cómo estés contigo mismo. Después de veinte, diez o treinta años con alguien, es normal que se te caiga el mundo si de pronto te quedas solo. Pero si te aceptas, si te quieres, si tienes un buen concepto de ti mismo, las decisiones que tomes van a nacer de otro lugar, no del miedo. Y el miedo, en una relación de pareja, suele ser el obstáculo más grande de todos.

A las personas con las que trabajo esto siempre les propongo la misma pregunta: ¿qué pasaría si no tuvieras miedo ante esta situación? ¿Cuál sería el peor escenario, y cuál el mejor? Casi nunca es tan grave como lo imaginamos, pero para verlo con claridad hay que salir del miedo un momento y mirar desde fuera.

Lo digo con conocimiento de causa, porque yo he vivido dos divorcios. Cuando de verdad te aceptas, cuando tienes un buen autoconcepto y una autoestima sólida, el dolor y la tristeza de una ruptura siguen estando ahí, no desaparecen ni hay que negarlos. Pero esa tristeza se puede trabajar, y al final tiene que trascenderse. Todo eso hay que pasarlo, no hay atajos, pero sí hay una diferencia enorme entre pasarlo desde el miedo o pasarlo desde la aceptación de uno mismo.

Casi siempre este miedo a soltar está entrelazado con aferrarnos a una relación que ya sabemos que no funciona, y con la falta de un apego seguro al que acudir cuando toca tomar decisiones importantes.

De veinte mil seguidores a empezar de cero: dos maneras de entender un proyecto

Hace un tiempo, una persona a la que acompañé en un proceso terapéutico vio los resultados y me propuso algo que yo nunca me había planteado: abrir una cuenta de Instagram para divulgar. Yo no tenía redes sociales, no me llamaban la atención, no sentía ninguna necesidad de tenerlas. Aun así, acepté, con una condición: que la parte de marketing la llevara él.

Los primeros meses fueron con ilusión de verdad. Compartía cosas que ya sabía, que me apetecía compartir: sexualidad, pareja, crecimiento personal, límites, creencias limitantes. Sin forzar nada. Y en cuatro meses llegué a veinte mil seguidores, haciéndolo todo de manera altruista. Una barbaridad, si lo miro con perspectiva.

Pero al tercer mes mi compañero y yo no nos entendimos y dejamos de colaborar juntos, y me quedé yo solo con todo el proceso: grabar, editar, publicar. Y ahí empezó a cambiar algo. Lo que había nacido con ilusión se fue convirtiendo en una losa: la obligación de sacar contenido constantemente, la exposición a gente que ni conocía, la presión de agradar, de conseguir likes, de sumar seguidores pensando que eso me acercaría a más personas. Y encima, viendo tanto intrusismo en Instagram —gente que se creía influencer sin serlo— dejé de sentirme coherente con lo que estaba haciendo.

Así que paré. Con casi veinte mil seguidores, decidí soltar el proyecto. Y haciendo autocrítica, entendí algo importante: lo estaba haciendo para los demás, no para mí. No desde mi disfrute ni desde mi crecimiento personal, sino desde la necesidad de aprobación externa.

Desde entonces llevo año y medio de un proceso de sanación propio. Más consciente, sin necesitar la validación de nadie, sin necesitar encajar con likes ni con seguidores. Y hace poco nació mi propia página web, que estoy construyendo con una lógica completamente distinta: la hago para mí. Si alguien la ve, si puedo acompañarla o ayudarla, se lo agradezco enormemente. Pero no la necesito para sostenerme. No hay métricas que perseguir, no hay nada que pedir.

Son dos maneras completamente distintas de entender un mismo tipo de proyecto: una desde la necesidad de que te vean, otra desde las ganas genuinas de compartir. Y solo después de haber vivido la primera, entiendo de verdad el valor de la segunda.

Eyaculación femenina: por qué no es lo mismo que el squirting

Hace unos días vi un vídeo en el que una mujer, dando una charla sobre sexualidad, hablaba de la eyaculación femenina y del squirting como si fueran la misma cosa. Y no lo son. Esto pasa más de lo que debería: hay quien se sube a un escenario o a un podcast a hablar de estos temas sin el conocimiento ni la experiencia necesarios, y lo que transmite, aunque venga con buena intención, siembra más confusión de la que ya existe.

Vayamos a lo concreto. El squirting sale de la vejiga y lleva dosis de orina, expulsada en mayor cantidad. La eyaculación femenina es otra cosa: es un fluido transparente que no es orina, liberado en dosis pequeñas, que sale a través del punto G por medio de las glándulas de Skene. Dos orígenes distintos, dos mecanismos distintos. Meterlos en el mismo saco es, sencillamente, desinformar.

Hay otro matiz que casi nadie explica bien: la eyaculación y el orgasmo son independientes entre sí. Una mujer puede eyacular sin llegar al orgasmo, y puede tener un orgasmo sin eyacular. No van necesariamente de la mano, y entender esto ya cambia por completo la forma de vivir la propia sexualidad, sin la presión de que "tiene que pasar todo junto o no vale".

Y aquí está, para mí, la parte más importante: la eyaculación femenina no es solo un mecanismo físico, también es una liberación emocional. Por medio de la excitación, muchas mujeres logran soltar emociones enquistadas, muchas veces desde hace años. No es casualidad que las reacciones sean tan distintas de una mujer a otra: algunas ríen, otras lloran, otras gritan, otras incluso tiritan. No hay una forma "correcta" de vivirlo, hay la forma de cada una.

Y sí, todas las mujeres pueden eyacular. Lo que ocurre es que muchas tienen bloqueos emocionales que lo dificultan, y hay mujeres que llegan a los cuarenta o cincuenta años sin haberlo experimentado nunca. No por incapacidad, sino porque nadie les enseñó dónde está el punto G ni cómo se llega hasta ahí con calma, sin prisa y sin objetivo. Y esto no es solo un vacío en las mujeres: muchos hombres tampoco saben localizar el punto G, y sin ese conocimiento básico, es difícil que se dé el espacio necesario para que esto ocurra.

Antes de la técnica hace falta conocimiento real. Y antes de hablar de esto en público, hace falta haberlo estudiado y haberlo acompañado de verdad. Es un tema que sigue rodeado de estigma, y ese estigma solo se rompe con información precisa, no con generalizaciones que mezclan cosas que no tienen nada que ver entre sí.

El apego seguro: por qué no siempre debes preguntarle a quien más quieres

Durante mucho tiempo yo tampoco tuve un apego seguro. Y esto es más común de lo que parece.

Cuando algo importante te preocupa —una decisión de pareja, un cambio de vida, una duda que te quita el sueño— lo natural es preguntarle a quien tienes cerca: un padre, una madre, una pareja, un amigo de siempre. El problema es que esa persona te va a responder desde sus propios ojos. Desde sus creencias limitantes, sus miedos, sus complejos, sus heridas sin sanar. Su respuesta no es neutra: está condicionada por todo lo que ella misma no ha resuelto.

Si tu referente —tus padres, por ejemplo— arrastra traumas propios sin trabajar, lo que te va a devolver no es claridad, es su propio miedo proyectado en ti.

Por eso es tan importante aprender a escucharte a ti mismo. Detectar estos patrones, que casi siempre operan de forma inconsciente, porque damos por hecho que la familia, los amigos o la pareja van a poder ayudarnos. Y muchas veces la única persona que de verdad sabe la respuesta eres tú, desde tu propia intuición.

Aun así, tener un apego seguro en tu vida importa. Alguien a quien puedas acudir sabiendo que no te va a hablar desde sus condicionamientos. Alguien que ha hecho su propio trabajo interior, consciente, y que te va a decir lo que piensa sin proyectar en ti sus miedos ni sus inseguridades. Eso cambia por completo el resultado de una conversación sobre pareja, trabajo o cualquier decisión de peso.

Esta falta de referentes seguros es, muchas veces, una de las razones de fondo por las que nos cuesta tanto soltar una relación que ya no funciona.

Lo que no se dice: el móvil como refugio cuando la pareja ya no se mira

Me gusta ir solo a comer fuera. No por antisocial, sino porque desde ahí observo. Y hay una escena que se repite tanto que ya casi puedo predecirla: dos personas sentadas frente a frente, y entre ellas, un silencio que no es paz, es distancia. Hablo de parejas sin hijos delante, sin esa excusa fácil de "es que están pendientes de los niños". Hablo de cuando están solos los dos, con todo el tiempo del mundo para mirarse.

Y no se miran. Lo he comprobado tantas veces que ya no es intuición, es un patrón: no aguantan ni cinco minutos de conversación real antes de que uno de los dos saque el móvil. Y aquí viene lo más revelador. Cuando uno lo saca, el otro casi siempre lo sigue. No porque tenga algo urgente que mirar, sino porque quedarse ahí, solo, viendo a su pareja absorta en la pantalla, es incómodo. Coger el móvil también es una forma de protegerse de ese vacío, de no sentir que sobra.

De una comida de tres cuartos de hora, la mayor parte transcurre así: en silencio, con la vista baja, masticando o deslizando el dedo por la pantalla. En cuanto no hay nada que llevarse a la boca, aparece el teléfono. Conversación fluida, casi ninguna. Y ya no hablo de profundidad, de complicidad o de risas compartidas; hablo simplemente de que se hablen. Cuando sí hay palabras, muchas veces son reproches disfrazados de comentarios, o banalidades que llenan el silencio sin llenar nada más.

Esto no pasa igual en casa. En casa siempre hay una salida: la cocina, la televisión, una tarea pendiente. Es fácil estar en la misma casa y no encontrarse en todo el día, hasta que llega la hora de dormir. Pero en público, cuando no hay escapatoria, cuando solo están la mesa, la comida y el otro, ahí se ve con una claridad incómoda cuánto queda realmente de esa pareja. El móvil, entonces, no es la causa: es el síntoma. Es la salida de emergencia que se usa cuando ya no se sabe qué decirle a quien se supone que se eligió.

No lo cuento para señalar a nadie, también me reconozco observando esto desde fuera y preguntándome cuántas veces yo mismo he usado una pantalla, un pensamiento o cualquier otra cosa como refugio. La pregunta que dejo, más que una respuesta, es esta: la próxima vez que salgas a comer con tu pareja, ¿cuánto tiempo pasáis realmente mirándoos? Y si la respuesta incomoda, quizás ahí hay algo que merece más atención que el teléfono.

Este tipo de distancia silenciosa suele ser también un síntoma de falta de coherencia interna: cuando no estamos alineados con lo que sentimos, es más fácil refugiarse en una pantalla que sostener la mirada del otro.

Por qué nos aferramos a una relación que ya sabemos que no funciona

Muchas veces vemos parejas donde los caminos llevan tiempo bifurcados. Se sabe, se siente, y aun así la relación se sostiene. ¿Por qué? Porque debajo de esa permanencia casi nunca hay amor real: hay patrones inconscientes, inseguridad y una autoestima que no está lo bastante fuerte como para sostener la decisión de soltar.

He acompañado a muchas personas que tienen miedo a dejar una relación tóxica a sabiendas de que lo es: una relación donde se les minimiza, no se les tiene en cuenta, no se les valora ni se les prioriza. Donde ya no hay esa admiración que debería existir entre dos personas que se eligen. Y lo más duro es que quien sufre esto lo sabe. Aunque admire a su pareja, percibe con claridad que no es correspondido: siempre en un segundo plano, sin sentirse deseado.

Entonces me pregunto: ¿qué hace que alguien se quede ahí, sufriendo? A veces ese sufrimiento es necesario, es la única forma en que aprendemos, si somos realmente conscientes de él. Pero llega un momento en que ya no se puede sostener más. Y ahí es cuando hace falta pedir ayuda, porque la persona no es capaz de tomar ciertas decisiones por miedo, por falta de autoestima, y muchas veces también por falta de autoconcepto. Detrás de todo esto suelen estar los miedos más habituales en la pareja: a estar solo, al rechazo, a no gustar, a sufrir.

Ahí es donde yo siento que puedo acompañar: ayudando, a base de preguntas y de un proceso de mentoría, a ver con claridad cómo salir de una relación que ya no llena, en la que solo queda la costumbre, el tiempo compartido o lo que en su día unió a esas dos personas, pero de lo que hoy ya no queda prácticamente nada.

Detrás de este quedarse hay muchas veces un patrón de apego que no es seguro y una falta de coherencia interna que impide escuchar lo que ya se sabe desde hace tiempo.

La coherencia interna: las cuatro ruedas de nuestro coche

Para mí la coherencia es como las cuatro ruedas de un coche. Lo que pensamos, lo que decimos, lo que sentimos y lo que hacemos tiene que estar alineado y en sintonía. Un coche necesita las cuatro ruedas bien infladas para avanzar con estabilidad: en el momento en que una está deshinchada o pinchada, el coche ya no funciona bien. Con nosotros pasa exactamente lo mismo.

Por eso, muchas veces, sufrimos y vivimos dicotomías sin saber muy bien por qué. No entendemos por qué nos cuesta tanto tomar decisiones importantes: soltar un trabajo que ya no nos llena, soltar una relación de pareja que sabemos, desde hace tiempo, que no nos hace ningún bien, en la que no estamos a gusto ni nos sentimos plenos. Y aun sabiéndolo, seguimos ahí.

Sentirnos en coherencia —con nosotros mismos y con la vida— es mucho más importante de lo que solemos pensar. Cuando somos coherentes, sabemos en cada momento cómo actuar, cómo sostenernos, cómo liderar nuestra propia vida. Y además, esa coherencia afina nuestra intuición: cuando estamos alineados, la intuición y nosotros vamos en la misma dirección.

El problema aparece cuando no somos coherentes. Ahí es cuando, aunque la intuición nos esté hablando con claridad, no la escuchamos: pensamos que es una locura, que estamos exagerando, que eso no puede ser así. Dejamos de confiar en lo que sentimos porque no está alineado con lo que pensamos, decimos o hacemos. Y ahí es donde empieza a torcerse todo.

Es exactamente lo que suele pasar cuando nos aferramos a una relación que ya sabemos que no funciona.

Bienvenida a este espacio

Empiezo este blog para compartir mis vivencias, mis experiencias y todo el trabajo personal que llevo acumulado durante quince años. Me apetece compartir con todos vosotros todo lo que he aprendido, tanto a nivel de experiencia de vida como a nivel de estudios, formaciones y másteres, y aplicarlo y comentarlo aquí por si a alguien le puede ayudar. Ya sea a través de casos reales de personas con las que he trabajado, o ya sea a través de reflexiones y experiencias propias.

Se van a tocar temas de crecimiento personal —como el sufrimiento que nos habla y no escuchamos—, de sexualidad masculina y femenina —como la diferencia real entre eyaculación femenina y squirting—, de pareja, de poner límites, de creencias limitantes, y muchos más.