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Diario sin filtros

Blog: divorcio, pareja, sexualidad y dependencia emocional

Reflexiones y casos reales (siempre anonimizados) sobre cómo superar un divorcio, eyaculación precoz, eyaculación femenina, relaciones tóxicas, dependencia emocional y sexualidad de pareja, escritos desde mi trabajo como mentor en reconstrucción personal, certificado ICF (ACC), y desde mi experiencia vivencial.

Ahora también en vídeo: reflexiones largas, sin cortes, sin ganchos ni prisas, sin ningún tipo de edición ni manipulación. Auténtico, tal cual, en mi canal de YouTube.

@PedroJavierEscobedo

¿Qué es el éxito para mí?

¿Y si el verdadero éxito no tuviera nada que ver con lo que tenemos, con lo que hacemos o con lo que hemos conseguido?

Vivimos en una sociedad que nos enseña a medir el éxito a través del dinero, las posesiones materiales, el reconocimiento, el trabajo que tenemos o el estatus que alcanzamos. Nos hacen creer que triunfar es tener mucho dinero, ser CEO de una gran empresa, formar parte de una organización prestigiosa o destacar profesionalmente. Pero ¿de qué sirve tenerlo todo por fuera si estamos desconectados de nuestro ser por dentro?

Hoy quiero compartir contigo qué significa para mí el verdadero éxito y por qué considero que no se encuentra en el tener ni en el hacer, sino en cómo vivimos, cómo nos cuidamos y en qué medida estamos conectados con nuestra esencia. Para mí, el éxito se sostiene sobre tres pilares fundamentales.

1. La salud: cuidar nuestro cuerpo, nuestro templo. La salud es una de las bases de una vida plena y consciente. Y para mí empieza por la alimentación consciente: elegir alimentos de verdad, de calidad y, siempre que sea posible, orgánicos. Ser conscientes de lo que introducimos en nuestro cuerpo y de cómo nos nutrimos. También implica cuidarlo a través del ejercicio físico, mantenernos activos y trabajar para estar en la mejor forma posible, siempre desde el respeto, la consciencia y el equilibrio.

2. El autoconocimiento y el crecimiento personal. Conocernos a nosotros mismos es fundamental para vivir de una manera más auténtica y consciente. Aprender, cuestionarnos nuestras creencias, observar nuestros patrones, reconocer nuestras emociones y comprender por qué pensamos y actuamos como lo hacemos nos permite crecer y evolucionar. Para mí, son pilares esenciales para dejar de vivir atrapados en el sufrimiento, desarrollar una mayor comprensión de nosotros mismos y aprender a vivir con más paz interior.

3. Las relaciones personales: conectar desde nuestra esencia. Las personas que nos rodean también influyen profundamente en nuestro desarrollo personal. Cuando nos cuidamos física y mentalmente, trabajamos en nosotros mismos y vivimos desde el amor, la coherencia y la consciencia, tenemos más posibilidades de construir relaciones auténticas y saludables. Por el contrario, cuando vivimos instalados en la queja, el victimismo, la inconsciencia o la incoherencia, podemos acabar relacionándonos desde esos mismos patrones.

Cómo vivimos influye en las relaciones que construimos. Cuanto más nos conocemos y más coherentes somos con nuestra esencia, más capaces somos de crear vínculos que nos ayuden a crecer y evolucionar.

Te pongo un ejemplo mío. Yo era una persona que entendía el éxito como tener una gran empresa, tener buenos coches y ser un buen jugador de baloncesto. Con el paso de los años entendí que vivía de forma inconsciente e incoherente: cuidaba mi cuerpo por el baloncesto, pero no trabajaba la alimentación, ni el crecimiento personal, ni mis relaciones personales. Me faltaba todo eso.

Y conforme más tenía y más hacía, más vacío me sentía. Al no ser consciente, tuvo que fallecer mi padre para que entrara en una profunda depresión, en una profunda crisis, y empezara a cuestionarme mi modelo de vida.

De esto han pasado ya 13 años. Puedo decir que me siento muchísimo mejor, pero también debo decirte que esto no se acaba nunca. Trabajarse y autoconocerse requiere mucha observación, desmontar constantemente creencias y limitaciones y cuestionar muchos pensamientos. Porque una vez que eres consciente, ya no te puedes mentir, ya no te puedes engañar y ya no puedes victimizarte.

Entonces, ¿qué es el éxito para mí? Es cuidar mi salud, conocerme cada día un poco más, crecer como persona, cultivar relaciones auténticas y, sobre todo, vivir conectado con mi ser.

Porque puedes tener dinero, reconocimiento, una gran profesión y todo aquello que la sociedad considera éxito… pero si no tienes paz interior, si no te conoces y si estás desconectado/a de ti, quizá todavía te quede por descubrir lo más importante.

Como siempre, te dejo una pregunta: ¿qué significa para ti el éxito? ¿Lo mides por lo que tienes o por cómo te sientes y cómo vives?

Y una última, para que la dejes reposar: si yo tuviera el poder de quitarte todo lo que tienes y todo lo que eres, ¿cómo te sentirías, cómo te verías y cómo te validarías?

Si quieres profundizar, te recomiendo leer El propósito de la Matrix, ¿Cómo te validas tú? y ¿En qué fallas en tu vida?. Y este tema también lo he desarrollado en vídeo en mi canal de YouTube.

Todo esto lo trabajo en el programa de reconstrucción.

Hay vida después de un divorcio

Muchos hombres y mujeres que se separan o se divorcian a partir de los 40 o 50 años sienten que se les cae el mundo encima. Piensan que son demasiado mayores para rehacer su vida y encontrar una pareja afín, sobre todo después de tanto tiempo con la anterior. Y eso, quieras que no, es una creencia que probablemente te limita a la hora de encontrar a alguien que de verdad encaje contigo. Aunque esto va a llevar tiempo, porque tu prioridad debe ser reconstruirte y aprender a conocerte, para no enlazar una relación con otra.

Y seguramente, lo normal es que no te apetezca tener pareja durante un buen tiempo. Eso es lo normal. Lo anormal sería querer ponerte ya en pareja otra vez.

También he visto que muchos/as se divorcian o se separan completamente rotos/as. No saben cuál es su propósito en la vida, hacia dónde ir ni qué camino coger, porque sienten un vacío existencial importante. Todo lo que habían construido a nivel de pareja se ha derrumbado. Y da igual quién haya dejado a quién: ese vacío suele aparecer.

Salvo, quizá, que llevaras tiempo queriendo salir porque esa relación te hacía daño. Había mucha toxicidad, os relacionabais desde la negatividad, el silencio, la culpa y la incomprensión. Y con mucha soledad, porque puedes estar en pareja y sentirte solo o sola, no visto, indiferente, incomprendido. Todo eso mina la autoestima. Por eso un divorcio suele venir con mucho dolor y, en muchos casos, con una carencia importante de autoestima y de autoconcepto.

Es ahí cuando toca trabajarte: empezar a conocerte, a valorarte, a quererte, a respetarte, a priorizarte. Y también aprender a estar contigo. Seguramente llevabas muchísimo tiempo sintiéndote solo/a estando en compañía, y eso es muy diferente a transitar la soledad y aprender a amarla. Si quieres saber cómo fue ese camino para mí, lo cuento en ¿Para qué me sirvió la soledad? y en El arte de conocerme.

Por eso creo que, para poder encarar la vida de nuevo, es una gran oportunidad. Pero tienes que verlo y sentirlo como un trabajo interior y no desde la víctima: empezar a responsabilizarte de ti y a indagar en ti. Si esa relación no funcionaba, si te dejó por otra persona, o la dejaste tú porque había indiferencia o malos tratos psicológicos o físicos, da igual lo que sea: para mí todo ha sucedido por algo, y era necesario para tu evolución y tu crecimiento personal. Tienes una oportunidad única para reinventarte, conocerte, amarte y desarrollarte como persona.

Y para ello, lo que yo siempre aconsejo es parar, tomar conciencia y ser coherente. Acuérdate: lo que piensas, dices, sientes y haces tiene que ir alineado con tus valores y principios.

Te hablo desde la experiencia: yo me he divorciado dos veces, una a los 28 años y otra a los 49, y no tuvieron nada que ver. El primero lo viví desde mi ego y desde una falta de autoestima brutal. No me conocía, no era una persona auténtica, no me vulnerabilizaba y vivía desde mi personaje. Y al divorciarme no sentí ese vacío existencial, porque buscaba otros estímulos externos constantes.

Con el segundo, en cambio, ya me había trabajado mucho más: tenía más autoconocimiento, era más consciente y más coherente conmigo mismo. Entendí que necesitaba un tiempo para estar a solas conmigo, para trabajarme mis patrones y las creencias que me limitaban, y para entender dónde podía evolucionar, qué había aprendido de ese divorcio y para qué me había servido. Eso, al fin y al cabo, es lo que yo llamo tomar conciencia.

Si te sientes incapaz de hacerlo por tu cuenta, busca a alguien que te pueda acompañar al 100 %. No tiene por qué ser yo, aunque puedo hacerlo en el programa de reconstrucción. Pero que ese acompañamiento no sea solo desde la teoría, los estudios y las formaciones, que está muy bien, sino también desde la práctica. Busca a una persona que haya transitado por esto, que haya sabido salir reforzada y con una buena autoestima y un buen autoconcepto. Porque en un divorcio, la autoestima y el autoconcepto suelen quedar muy mermados. Te cuento más sobre esto en Que te acompañe quien ya ha pasado por ahí.

Como siempre, te dejo una pregunta: ¿y si este final no fuera el fin, sino la oportunidad de conocerte de verdad?

Este tema también lo he desarrollado en vídeo en mi canal de YouTube.

Los opuestos complementarios en la pareja

¿Por qué discutís siempre por lo mismo? Muchas veces tenéis conflicto en la pareja y no sabéis de dónde viene. Creo que esto te puede interesar y seguramente te aclarará muchas dudas que tienes sobre ti y sobre tu relación de pareja. Si estás en pareja, o si vas a estarlo, recuerda que estar en pareja es una elección, y para elegir bien conviene entender por qué a veces sufrimos, o por qué sentimos que con nuestra pareja somos muy, muy diferentes. Para mí, una de las claves más interesantes es ver cuál es tu opuesto complementario.

Antes de nada, defino a qué me refiero. La energía masculina es la que provee, la que protege al núcleo familiar, tanto a la mujer como a los hijos, si los hay, la que tiene firmeza, decisión, claridad y dirección. Cuando ocurre algo o hay niños, normalmente se busca al padre, que es el que tiene más firmeza y suele poner mejor los límites.

La energía femenina, en cambio, es más de cuidado, de regazo, de empatía, de emociones. Mientras la masculina protege, la femenina fortalece la autoestima. Y suele tener la intuición más afinada.

¿Qué significa entonces el opuesto complementario? Imagina que eres un hombre con una energía masculina predominante, y que además tienes trabajada tu energía femenina. Tu opuesto complementario, siempre que seas heterosexual, será una mujer con la energía femenina predominante y con su energía masculina también trabajada y compensada. Son lo que llamo energías funcionales: el hombre desde su energía masculina y la mujer desde su energía femenina.

Ahora bien, también pueden darse energías disfuncionales. Sé que la palabra puede sonar a juicio, pero es lo que son: si eres hombre y tu energía predominante es la femenina, no va acorde con tu género, y lo mismo si eres mujer y tu energía anclada es sobre todo la masculina. Aun así, también puede haber un opuesto complementario: una mujer con la masculina predominante puede tener una muy buena relación con un hombre con menos energía masculina y más desarrollo de la femenina, que hay muchos. Ahí sí habrá match, a pesar de que las energías sean disfuncionales. Y ojo: no hablo de ser hombre o mujer, sino de la energía que predomina en cada persona.

¿Por qué hago hincapié en esto? Porque si tú, como hombre, tienes una energía masculina muy marcada y a nivel inconsciente te fijas en una mujer con mucha energía masculina y poca femenina, ahí va a haber lucha de poder, mucho conflicto y mucho ego, y no será una relación equilibrada. Y pasa lo mismo al revés: una mujer muy masculina con un hombre también muy masculino.

Te pongo un ejemplo de energías compensadas con nuestra naturaleza, aunque hay muchos más. Imagina que alguien de tu familia, tu hijo o tu madre, necesita ayuda física porque le están agrediendo. ¿Quién debería acudir, el hombre o la mujer? Si el hombre se queda en casa y es la mujer quien acude, algo está descompensado: debería ocurrir al revés. Y si fueras tú quien necesitara ser rescatado, ¿quién te gustaría que te salvara? Generalmente el hombre tiene más fuerza que la mujer. Puede sonar a cliché, pero es la realidad.

Hace año y medio o dos, en un supermercado, vi a una vigilante de seguridad, con su porra y su pistola, que no fue capaz de detener a un hombre que se había puesto a robar alimentos. Le dio el alto, él no le hizo caso, se encaró con ella y se impuso la fuerza del hombre. Tuve que ser yo quien lo redujo por detrás para que ella pudiera esposarle.

Esto pasa mucho: cuando hay que emplear la fuerza, ya sea para resolver un problema de fuerza mayor o para rescatar a alguien, como en el caso de los bomberos, suele encargarse el hombre, por su físico y su anatomía. En cambio, en los hospitales entre un 80 y un 90 % son mujeres, enfermeras, porque por su naturaleza ejercen mejor ese papel. Es ley de vida, y a eso me refiero con tener las energías compensadas: el hombre, en este caso, está compensado con su naturaleza, y la mujer, lo mismo.

Esto es lo que yo vengo observando: en una relación homosexual, ya sea de dos hombres o de dos mujeres, en la inmensa mayoría de los casos hay uno de los dos con la energía masculina predominante y otro con la femenina predominante, para que haya una compensación de energías. Si los dos tienen la misma energía muy marcada, esa compensación no existe y la relación suele ser mucho más difícil de sostener.

Te pongo un ejemplo mío, como siempre. Hasta hace unos años yo tenía la energía masculina muy predominante y poca energía femenina, porque no me estaba trabajando mi lado femenino. Cuando estaba con mujeres con mucha energía femenina y poca masculina, me llevaba mucho mejor, y esa relación era más saludable para mí. Con las mujeres que tenían una energía masculina muy marcada y poca femenina, las que viven en el hacer, en la dirección y en el poder, había más choque de trenes y más choque de poder. Esto es lo que yo he vivido, y no quiere decir que sea siempre así, porque aquí no hay nada al 100 %, pero suele ocurrir bastante.

Entonces, ¿qué hacemos con todo esto? Lo primero es ser conscientes de qué tipo de energía tenemos. A partir de ahí, preguntarnos cómo nos relacionamos con nosotros mismos y con la pareja, qué cualidades tenemos ya trabajadas e integradas en nuestra energía predominante, y cuáles nos gustaría desarrollar de la otra para compensarnos. Si eres hombre y tu energía predominante es la masculina, trabaja también la femenina para poder tener relaciones saludables: desarrolla la intuición, el cuidado, la empatía, las emociones y la asertividad, que en la energía femenina suele vivirse con más cariño y amor: decir las cosas con más tacto y más desde el ser, sin dureza. No seas ese hombre masculino y rudo de antaño. Todo es compensación, y desarrollar la otra energía te vendrá bien en la vida, en las situaciones del día a día y, por supuesto, en la pareja.

Y con la mujer, lo mismo. Si eres una mujer con la energía femenina predominante y no tienes desarrollada la masculina, trabaja un poco de firmeza, de dirección y de capacidad de proveer. Si en un momento dado tus hijos o alguien necesita algo, tienes que poder resolverlo sin llamar siempre a tu pareja para que te dé dirección. Al final se trata de estar compensado/a, como todo en la vida: no irte a los polos opuestos.

Por eso, como siempre, te hago unas preguntas. ¿Conoces bien cuál es tu energía predominante? ¿Sabes cuál es la de tu pareja? ¿Qué es lo que más te molesta de ella? Si vives en conflicto, o si tenéis mucho conflicto en pareja, observa esto que te acabo de contar, y probablemente entenderás que muchas de las cosas que os pasan vienen de aquí. Si quieres profundizar, te recomiendo leer Parejas polarizadas y Masculinidad y feminidad rota.

Esto también lo trabajo en el programa de reconstrucción: identificar qué tipo de energía predomina en ti, qué patrones has ido adquiriendo con el tiempo y qué creencias tienes integradas que no logras desbloquear.

Que te acompañe quien ya ha pasado por ahí

Hoy quiero contarte por qué para mí es tan importante que quien te acompaña en un proceso de reconstrucción haya pasado antes por ahí, y haya trabajado en sí mismo/a lo que te propone trabajar.

Yo estuve mucho tiempo viviendo de manera inconsciente, atormentado, enfadado conmigo y con el mundo, con mucha rabia y mucha ira, con complejos, inseguridades y, sobre todo, falta de autoestima. Me validaba en lo externo, como ya conté en otras entradas: en lo material, en las mujeres, en el sexo, en el baloncesto. Hasta que, tras muchos años de terapia y de procesos, de varios másteres y certificaciones, y de muchísimos podcasts de crecimiento personal viendo a gente que me inspiraba, entendí que tenía que sanarme y validarme a través de mi ser. Fue un proceso arduo, lento y de mucho sufrimiento, desde que falleció mi padre, cuando yo tenía 37 (ahora tengo 50): ver mis sombras, mis patrones de conducta y mis creencias limitantes, y cómo actuaba desde mi ego, desde mi personaje. Hoy me siento muy afortunado y muy en paz.

Te cuento todo esto por algo que he visto una y otra vez: a muchas de las personas que me han acompañado, o que lo han intentado, les he notado la incoherencia. Porque acompañar no es hacerlo desde la teoría. Acompañas desde tu sabiduría y tu teoría, sí, pero sobre todo desde lo que has pasado, lo que has experimentado y lo que has vivido. Y desde cómo vibras: cómo te expones y qué vulnerabilidad transmites, es decir, cómo te permites sentirte vulnerable delante de la otra persona. Con muchos terapeutas sentí que me acompañaban desde la teoría, y eso a mí no me llegaba ni me servía. Por eso iba cambiando. Y lo hacía intentando juzgar cada vez menos: cuando algo me rechina, me pregunto qué hay de eso en mí, como en el espejo del que hablé en otro post. Solo observo si algo me sirve o no, y si no me sirve, me atrevo a cambiarlo. No te quedes apalancado/a por no saber decir que no.

Yo necesitaba mentores que hubieran pasado por esa oscuridad y supieran cómo se transita y cómo se sale de ella, pero desde su experiencia, no desde el libro ni desde los estudios. Alguien de quien pudiera ver, con su ejemplo, cómo es y cómo actúa desde el ser, no desde un personaje. Que es justo lo que vi en muchos terapeutas. No digo todos, pero muchos actúan desde el personaje. Lo he vivido, lo he visto y he sentido sus incoherencias, y por eso salí de ahí rápido: no conectaba con ellos/ellas. Por eso te invito a que, si necesitas acompañamiento, ya sea un terapeuta, un coach o un mentor, lo elijas bien.

Yo siempre pongo el mismo ejemplo. Si quiero ponerme en forma y voy a un gimnasio, me costará creer a un preparador físico que está obeso. Si quiero dejar de fumar, no voy a ir a alguien que fuma como un carretero. Tendré que ir a quien lo haya transitado y sepa cómo se hace de verdad, desde la práctica y la experiencia, no desde la teoría. Y es como si alguien que nunca ha tenido un hijo te dice cómo tienes que educar al tuyo. ¿Realmente te lo crees? ¿O te gustaría saber más de alguien que lo ha vivido?

Con la pareja pasa lo mismo. Si vamos a hablar de sufrimiento, de apego o de toxicidad en la pareja —y ya sabemos que la toxicidad no está en uno, sino en la pareja—, necesito ver que esa persona ha vivido todo eso y que no me habla desde la teoría. Los estudios, las certificaciones y los másteres suman, pero lo que sirve es lo que a esa persona le ha servido a ella y que luego pueda acompañar a otras en ese mismo proceso.

Y lo mismo con la sexualidad. Un hombre con eyaculación precoz creo que está mejor acompañado por otro hombre que sepa cómo se trabaja mentalmente, y a nivel de respiración, de emociones, de pensamientos y de creencias. Yo lo he vivido, así que puedo acompañar a hombres ahí. Y con las mujeres que no saben dónde está su punto G o cómo pueden eyacular, para liberar sus emociones enquistadas a través del punto G, igual: lo he vivido con muchas mujeres, y aunque también lo he estudiado y me he formado, también lo he experimentado.

Por eso hago hincapié en esto: si quieres que alguien te acompañe en tu proceso de sanación y de transformación, es decir, de soltar el personaje para vivir desde tu ser, elige bien. Que tenga los estudios, los másteres y las formaciones, pero, sobre todo, que tenga la experiencia vivencial. Esa persona puedo ser yo, o puedes elegir a otra, pero asegúrate de que ha transitado y ha pasado por todo ello.

Y yo, en ese sentido, solo puedo acompañar a determinadas personas, en los caminos que he transitado. Si alguien me dice «quiero saber cómo hacerme rico», no puedo acompañarle. No soy un charlatán ni alguien que coge el dinero por cogerlo, a toda costa. Si puedo acompañarte, te lo diré con honestidad, te explicaré mis casos y me abriré en canal, vulnerabilizándome contigo. Eso sí: vamos a trabajar, y a trabajar duro. Si quieres saber cómo lo hago, está en el programa de reconstrucción.

Como siempre, te invito a la reflexión y te dejo una pregunta: ¿estás dispuesto/a a que ese acompañamiento venga de una persona que lo haga desde la teoría y no desde la vivencia y la práctica? ¿O prefieres buscar y vibrar con alguien que haya pasado por lo mismo que estás pasando tú, para que sepa entenderte y transitar juntos/as toda esa oscuridad?

¿Para qué me sirvió la soledad?

Esta entrada va para todas las personas que me leéis. No tengo ninguna expectativa de comprensión, porque os voy a contar mi experiencia y sé que muchos/as no vais a estar de acuerdo. Y, con todo el amor del mundo, me da igual: es lo que a mí me ha funcionado.

Muchas veces tenemos miedo a la soledad porque nos aterra estar solos/as: sin ruido, sin narcotización, sin estímulos externos, sin la compañía de otras personas. Yo, después de un proceso bastante jodido y de mi segundo divorcio, entendí que necesitaba reparar, sanar y estar solo un tiempo. Y no hablo de una semana ni de cinco días: hablo de casi once meses.

Afortunadamente me lo podía permitir a nivel económico, y me quedé en casa, solo, durante todo ese tiempo. Salía poco: un rato a comprar comida, un rato a hacer deporte, que la mayoría de las veces hacía en mi terraza, donde tomo el sol. Y sobre todo leía y veía podcasts de crecimiento personal, de gente que me inspiraba. Los utilizaba para hacer mi propio trabajo: cuestionarme y preguntarme. Intentaba tener los mínimos estímulos externos, sobre todo de personas que no tuvieran mi misma vibra, porque estaba en un proceso de introspección y de sanación.

Fueron casi once meses de mucha soledad, tanto emocional como social. Hablaba con uno o dos amigos cercanos, más o menos dos veces por semana, con los que puedo hablar de crecimiento personal y no de cosas banales y superficiales ni de la Matrix, de la que ya hablé en otro post. No me narcotizaba con las redes sociales, porque no tenía. Mis horas de móvil bajaron de cuatro o cinco al día a unas dos y cuarto. Hacía las llamadas justas, usaba el WhatsApp lo justo y las noticias, por supuesto, no las veía. Solo veía vídeos y podcasts de crecimiento personal. Y más o menos cada diez días hacía alguna sesión con alguna persona que me inspiraba.

Quiero decir con esto que, cuando pasas por un momento complicado, cuando ves que tu vida no tiene sentido o has tenido una experiencia traumática —una muerte, como me pasó con mis padres, o un divorcio—, al final tienes dos opciones. La primera es escapar para no sentir, y entonces te vas a narcotizar sí o sí, porque no hay otra: quedar con gente a todas horas, vivir con ruido, scrollear en las redes, mantener conversaciones banales, ver la televisión, inundarte de emociones negativas con las noticias, viajar de un sitio a otro. Esa es la opción fácil, la de la mayoría de las personas que me escucháis o me leéis. Y la de las que no, evidentemente, también.

La opción difícil es la que hice yo: mirar adentro, ver tus fantasmas y tus sombras. Todo aquello que no quieres o no te atreves a mostrar, lo ves y lo sientes en tu soledad auténtica, a solas con tus demonios, con todos tus pensamientos y todas tus emociones. Para mí, y lo he verificado con experiencia y no con teoría, ahí es donde se da un crecimiento muy potente. Y darte cuenta de lo grande que eres, de todo lo que has aprendido, de dónde te has equivocado, de cómo podías haberlo hecho mejor y de cómo has proyectado tus mierdas en otras personas. Yo creía que no funcionaba desde el ego, pero eso también era una mentira de mi ego, valga la redundancia.

Para mí, estando a solas se adquiere una consciencia en la que ya no te puedes engañar, ni victimizar, ni narcotizar. Y digo «no puedes» porque ya no quieres: poder, sí que podemos. Yo no quería. Quería afrontar todas mis oscuridades y mis sombras para trascenderlas.

Te pongo un ejemplo. Yo nunca me he drogado, pero he visto documentales y películas de gente que se quería desenganchar y se encerraba una o dos semanas en una habitación para sentir todo el mono y desintoxicarse. Solo después de tres o cuatro semanas podía salir a la calle. Yo tardé muchos meses. Evidentemente salía de vez en cuando: un paseo al sol, media hora o tres cuartos para comprar, mi deporte en la terraza y, alguna tarde en la que estaba más agobiado, otro paseo. Ese lo daba sin llevarme el móvil ni hablar por teléfono: viendo la naturaleza y observando a la gente. Esa de la que ya hablé en otro post, que no sabe andar a solas: necesita ir con el móvil, hablando o escuchando música, es decir, con ruido en la cabeza. Yo lo hacía siendo consciente de lo que hacía y de que era por un propósito. Consciente de que esto me tenía que servir y de que, cuando me sirviera, podría inspirar a personas que estuvieran donde yo estaba: sufriendo, en estado de alerta constante, viviendo desde un personaje, aunque cada vez menos. Todo esto era necesario para mi evolución.

A día de hoy no puedo decir que esté al cien por cien bien. La vida al final te pone en tu sitio, y no puedes pensar que lo has sanado y trascendido todo. Hay que ser lo suficientemente honesto y humilde para saber que tienes que trabajar cada día. En muchos casos la soledad es necesaria para sanar, para trabajarte y para bucear en lo más profundo de ti. Vas a sufrir y vas a pasarlo mal, pero para mí ese es el proceso, y yo no encontré otro camino. Y todo lo que lleva al crecimiento personal, al autoconocimiento, a estar mejor contigo y a tener paz mental pasa, en algún momento, por trabajarte la soledad. Ese miedo tan grande que tenemos los humanos a estar solos, sin móvil, sin noticias, sin estímulos externos, sin alguien que te compre tu diálogo de víctima, sin poder escapar de fiesta, con el alcohol, con el sexo, con las drogas, con la gente o viendo el fútbol. Yo, de todo esto, cero.

Ojo: yo lo hice desde la elección, con un propósito y con algo de apoyo. No es lo mismo que aislarte para huir o porque estás en una depresión; si es tu caso, no lo hagas solo/a y pide ayuda. Y si no tienes dinero, hoy hay muchísimas opciones gratuitas de personas en las que inspirarte, y no son las noticias ni la televisión: las encuentras sobre todo en YouTube.

Por eso te digo que es muy complicado. En mi caso han sido casi once meses de mucha soledad y de contacto mínimo y elegido. Habrá personas que lo hagan en menos y otras que necesiten más. Pero, como he dicho, esto es lo que me ha funcionado a mí. Y es algo que sé cómo se puede trabajar en el programa de reconstrucción, para estar bien. Si quieres ver cómo se relaciona el miedo a estar solo con el autoconocimiento, lo conté también en El arte de conocerme.

Entonces, ¿para qué me sirvió la soledad? Para verme sin validación externa. Para mirar de frente mis sombras. Para responsabilizarme de mí y cuidarme yo. Y, sobre todo, para validarme a través de lo que soy como persona.

Como siempre, te dejo unas preguntas para reflexionar. Ya me he trabajado el tema del juicio, así que no son para juzgarte: es mi manera de comunicar. ¿De qué estás escapando? Si te dejaran solo una semana en una casa de campo, sin móvil, sin televisión y sin contacto con nadie, ¿cómo te verías? ¿Cuánto miedo tienes a estar solo? Porque ahí ya no hay validación posible: no te puedes validar con nada ni con nadie. Y eso, muchas veces, es también trabajar la autoestima y el autoconcepto. Lo que a mí me ha servido, ojalá sea un motor para ti. Y si ahora no te ves capaz o sientes que esto no es para ti, lo entiendo. Ahí lo dejo para cuando quieras reflexionarlo.

¿En qué fallas en tu vida?

Vivimos en un mundo en el que lo tenemos todo al alcance, y aun así muchas personas sienten que algo no encaja. Yo, particularmente, soy una persona que reflexiona e intenta sentirse e ir en coherencia conmigo y con la vida. ¿Qué significa esto para mí? Que mi cuerpo, mi mente, mis emociones y el sentido de mi vida tienen que estar alineados para sentirte pleno y en dicha personal. Y, bajo mi punto de vista, muy pocas personas son capaces de estar en coherencia consigo mismas y con la vida.

Lo que observo es que muchas personas fallan en al menos dos o tres de estos cuatro pilares. Si mientras lo lees eres honesto/a contigo, sabrás en cuál fallas tú para poder mejorarlo. Voy a ir desglosándolos uno a uno.

El primero es el cuerpo: la alimentación, el sueño, el estado físico, el ejercicio y la salud. Yo le doy muchísima importancia, tengo 50 años y siempre ha sido un pilar básico para mí. Hice deporte hasta los 37 o 38 años jugando al baloncesto y después me he mantenido haciendo fuerza. Pero entendí también que la alimentación tenía que ir unida a esto: lo que metes en tu cuerpo marca cómo llegas a lo largo de la vida y cómo te vas a sentir con los años. Por eso te hago dos preguntas: ¿cómo te visualizas a tus 60 o a tus 70 años? Y, ¿estás haciendo todo lo posible para llegar a los 60 en condiciones de llevar una vida saludable en todos los sentidos?

Yo no como ultraprocesados, es así. De vez en cuando me doy un capricho dulce, pero de calidad. Mi alimentación es comida real: carne, pescado y tres comidas al día, siempre con el sol. Rara vez me verás cenar a las nueve de la noche, porque el cuerpo necesita descansar y la comida necesita reposar antes de acostarme: mi última comida suele ser a las siete, cuando se va el sol. Me acuesto siempre a la misma hora, como muy tarde a las diez de la noche, e intento dormir siete u ocho horas, que es lo máximo que me da el cuerpo. Y hago deporte unos 50 minutos casi todos los días. Es una rutina que me marco. Ese es el primer pilar de mi coherencia.

El segundo pilar es la mente. Para mí es entender que cada día puedo aprender algo, y vivirlo con apertura mental y curiosidad. No doy nada por sentado ni por hecho, tengo mi propia opinión e intento mejorar y evolucionar mi mente un poco más cada día: veo podcasts de crecimiento personal, leo libros, hago cursos y me sigo formando. Todo eso le da plasticidad a la mente y crea un hábito en el que se va fortaleciendo, hasta que te das cuenta de que eres el único dueño de tu propia mente.

Y eso, hoy, muy poca gente puede decirlo. Muchas personas están gobernadas por la sociedad, no tienen criterio propio ni capacidad para decidir cómo quieren vivir su vida: viven constantemente en la Matrix. Cuidar la mente es, en el fondo, recuperar esa capacidad de decisión.

El tercer pilar son las emociones. ¿Cómo te hablas en tu día a día? ¿Qué autoestima tienes? ¿Cómo te quieres? ¿Qué autoconcepto tienes de ti? Y esto no es ser egoísta: claro que tenemos que pensar en nosotros mismos. También entra aquí la relación que tienes contigo y con los demás, porque es importante rodearte de personas afines que estén en tu misma vibración para poder evolucionar. Alguien decía: dime con quién te relacionas, con qué cinco personas, y te diré cómo eres.

Te pongo un ejemplo de lo que veo a menudo: «todos los hombres son infieles», «no voy a encontrar ninguna pareja con la que esté a gusto, prefiero estar sola». Eso habla más de ti y de tus miedos que de los hombres o de las mujeres, porque lo estás proyectando. Hay un miedo y una creencia sin resolver que te impiden ver más allá de lo que alguien puede ofrecerte. Suele venir de situaciones complicadas en las que sentiste rechazo, abandono o traición, y que se quedaron en el inconsciente sin trabajar. Con el tiempo te vas creyendo el discurso que tú mismo/a te vas dando. Y sí, probablemente no encuentres a nadie, pero porque estás proyectando todo eso y no estás cambiando esa emoción ni esa creencia.

El cuarto pilar, que para mí es tan importante como los otros, es el sentido de tu vida, eso que tanto se llama propósito. Para mí va en consonancia con los tres primeros: cuando ya los tienes más o menos alineados, buscas algo más. ¿Qué quieres hacer? ¿Cómo quieres impactar en las personas? Yo estuve ahí, haciendo cosas con las que no me sentía bien, en la rueda del hámster, viviendo inconscientemente. Yo mismo monté una cafetería panadería simplemente por dinero, y así me fue. Hay personas en un trabajo en el que no vibran y están por estar. Hay quien está poniendo cafés y pensando en todo menos en poner un café excelente. Si tu propósito es servir y poner buenos cafés, estate presente y ponle intención para poner el mejor café que puedas. A eso le llamo yo tener propósito, porque ahí es cuando impactas en el mundo sin esperar el resultado.

Si te has sentido identificado/a, bienvenido/a. Piensa en qué área de tu vida estás siendo incoherente. Puede ser una, dos, tres o las cuatro: no cuidas tu cuerpo ni tu alimentación, comes ultraprocesados y a todas horas, no cuidas tus pensamientos y vives rodeado de noticias y personas negativas, y además estás en un trabajo o en una relación de pareja en la que no quieres estar. Ahí fallan los cuatro pilares, y es lo que tienes que revisarte. Si no, cada vez te sentirás peor con los años. Te lo digo por experiencia. Si quieres ver la coherencia desde otro ángulo —lo que pensamos, decimos, sentimos y hacemos—, ya lo conté en la coherencia interna.

Si sientes que estás fallando en varias partes de tu vida, no hace falta cambiarlo todo de golpe, porque eso va a ser imposible y te vas a frustrar. Empieza con pequeñas acciones y crea un hábito diario. Ten disciplina y sé organizado/a. Por ejemplo:

  • En el cuerpo: si nunca has hecho deporte o tienes sobrepeso, márcate al principio una rutina de 10 o 15 minutos para moverte y hacer algo de fuerza. Esa rutina te hará constante y poco a poco irás a más. Intenta comer cada día mejor, con comida más real y menos paquete, bollería y ultraprocesados. Si fumas, fuma un poco menos cada día. Y si bebes alcohol, lo mismo.
  • En la mente: háblate cada día un poco mejor, ve algún vídeo de crecimiento personal, no vivas deprisa y no vivas con el piloto automático. Sé un poquito más consciente cada día de cómo vives.
  • En las emociones: fíjate en cómo gestionas lo que sientes y en qué emociones están gobernando tu vida. Si vives en constante sufrimiento, en victimismo y culpando a los demás, estarás en emociones muy negativas, como la culpa, la tristeza, la rabia o la ira, lejos del amor y muy anclado/a en el ego. Pregúntate qué resultados estás obteniendo en tu vida. Si de verdad quieres, puedes cambiarlo, pero tienes que ser consciente y consecuente.
  • En el propósito: cuando los otros tres estén más o menos encaminados y alineados, pregúntate cómo quieres impactar en las personas. Puedes hacerlo con tu ejemplo, poniéndolo al servicio de los demás para acompañarlos y ayudarlos. Si tu premisa no es el dinero, sino hacer el bien y dar servicio, el dinero es una consecuencia y llegará tarde o temprano. Para mí, eso es ser abundante.

Son pequeños actos que en el día a día no suponen grandes cambios, pero conforme pasen los días te vas a sentir cada vez mejor y más coherente. Ahí está la clave.

Eso sí, hay un orden, y empieza por el cuerpo, porque es el motor, tu templo, tu habitáculo. Si tú no lo cuidas, ¿quién crees que lo va a cuidar? Y si no eres capaz de cuidar tu cuerpo, es difícil que puedas cuidar tu mente y tus emociones y, por consecuencia, tener un propósito claro en tu vida. Después vienen la mente y las emociones y, por último, el sentido de tu vida. Te dejo la reflexión: ¿en cuál de las cuatro estás fallando tú? Si no sientes que estás alineado, probablemente este post es para ti, y puedo acompañarte con el programa de reconstrucción que yo mismo he ido mejorando y aplicando durante muchísimos años.

Aprende a sostener sexualmente a una mujer

Este post va para ti, hombre. Seguramente, si lo estás leyendo, pensarás que lo sabes todo y que yo no te puedo enseñar nada. Creerás que conoces a la mujer, sus zonas erógenas y su placer. Y sin embargo, es probable que haya cosas que desconozcas. Si tienes apertura mental y la humildad suficiente para quedarte hasta el final, creo que este post te puede servir.

Como ya conté en otros posts, hoy hay muchísimas mujeres insatisfechas sexualmente con sus parejas. O bien porque su hombre es el conejito Duracel, o bien porque no sabe dónde están sus zonas erógenas. Pero hay una queja que se repite todavía más: muchos hombres no saben sostener sexualmente la energía femenina.

¿Qué significa esto? Tú, como hombre, eres fuego: tus genitales se encienden enseguida. Y en el momento en que eyaculas, ese fuego lo has perdido: tú ya te has apagado y ella todavía no se ha encendido.

Imagina una mecha que tiene que estar ardiendo constantemente sin apagarse. Mientras tu mecha arde, la otra persona necesita tiempo para ir calentándose poco a poco. Cuando se lo das, llega un momento en que los dos estáis energéticamente al mismo nivel. Ahí está la clave.

Eso es lo que llamo saber sostener. No quiere decir que tengas que estar erecto todo el rato ni que se trate de aguantar como un reloj, porque esa presión suele jugar en tu contra y seguramente eyacularás pronto. Sí quiere decir que te lo tienes que trabajar para no eyacular pronto y poder seguir presente mientras ella se enciende.

Y sostener es mucho más que aguantar: es sostenerla con la mirada, con tu presencia, con tus caricias. Y es saber pausar en momentos puntuales, porque esa pausa te tranquiliza a ti. La respiración es fundamental: respirando, soltando, respirando, soltando, vas a poder aguantar mucho más la eyaculación y, a su vez, sostienes durante más tiempo a la mujer. Puedes incluso quedarte con ella sin penetrar, sin haber eyaculado, respirando y descansando, y mientras tanto seguir con actividad, seguir erotizándola.

Y cada mujer se enciende de una manera diferente. A una le puede volver loca que le acaricies con el dedo índice detrás de las orejas y bajes hacia el cuello. A otra le gusta muchísimo más que vayas acariciando la planta del pie y subiendo por los tobillos y la pierna. A otra le encanta que vayas tocando el pecho y bajando por el vientre, con un leve cosquilleo o un leve masaje. Y a muchas les encanta que les toquen la espalda, el cuello, la parte baja de la espalda. Por eso es tan importante invertir tiempo en descubrir qué le gusta a ella, mirando cómo responde su cuerpo y preguntándole sin miedo.

Sus zonas más íntimas, como el clítoris y el punto G, son lo último donde hay que llegar. Y la penetración, aún más al final, cuando ella esté lubricada y dispuesta a recibir. Y ojo, que su placer no depende solo de la penetración.

Hago mucho hincapié porque muchos hombres lo hacen al revés: penetran directamente, a los tres o cuatro minutos eyaculan y ella se queda a medias. Y ya sé que vas a pensar que no es tu caso. Seguramente te sabes de memoria la alineación del Madrid o del Barcelona, o qué motor lleva tu coche favorito. ¿Te sabes también las zonas erógenas de la mujer? ¿Eres consciente de lo importante que es aprender a sostener su energía sexual? ¿Qué ocurre en muchos casos? Que si no tiene placer contigo, se lo dará ella sola, y la relación contigo se quedará sexualmente insatisfecha.

Y no es culpa tuya, porque aquí la culpa no existe, pero sí puedes, a partir de aquí, asumir tu responsabilidad. Nadie nos ha enseñado educación sexual ni a erotizar. Muchos hombres, además, han aprendido con el porno y piensan que a una mujer hay que tratarla como en esas películas, y eso es una auténtica mentira. La mujer necesita otra cosa, y para eso hay que aprender, o mejor dicho, reaprender.

Es justo lo que enseño en mi programa de reconstrucción para hombres: dónde está el punto G y cómo se estimula para que ella pueda, por ejemplo, eyacular; cómo erotizarla antes de la penetración; y cómo sostenerte sin eyacular a los dos minutos, algo que en la mayoría de los casos tiene mucho que ver con los pensamientos, las emociones, el estrés, la ansiedad y las creencias que tengas. Y, por último, con la respiración. Si te cuesta controlar la eyaculación y se repite, se puede trabajar con acompañamiento. Y no hablo solo desde la teoría, porque también hay que formarse y estudiar: hablo desde lo que he aprendido y desde la experiencia. Me ha pasado a mí. Para mí, las dos cosas son lo básico.

Te dejo la reflexión. Si ella llegara a tu cama con todo su fuego, ¿sabrías acompañarla y sostenerla? ¿O en el fondo sientes que no eres capaz? Si te remueve esto, para eso lo escribo.

¿Cómo tratar con personas con rasgos narcisistas?

Hoy quiero abordar este tema porque hay muchísima gente hablando de él, y muchas veces confundimos lo que es ser narcisista con tener rasgos narcisistas, que es completamente diferente. El trastorno narcisista de la personalidad es una patología, un diagnóstico clínico que solo puede hacer un profesional. Tener rasgos narcisistas no tiene por qué serlo. Y hay muchas más personas con rasgos narcisistas de las que pensamos, así que es importante saber cómo lidiar con ellas.

Y aquí hablo siempre de hombres y de mujeres. Este tema está muy masculinizado, pero hay muchísimas mujeres con rasgos narcisistas, y cada día más. No se excluye a nadie.

¿Cómo son, más o menos, estas personas? Tienen una necesidad constante de admiración: necesitan sentir que las admiras, que son especiales. Les cuesta aceptar las críticas, porque él o ella se coloca en la posición de la verdad. Suelen exagerar sus logros y sus capacidades. Y, para mí, el rasgo más importante y el gran detonante es la dificultad para conectar con los sentimientos y las necesidades de los demás. Suelen ir muy enfocadas a sus objetivos y detectan enseguida la debilidad de la persona que tienen enfrente. Se mueven como pez en el agua con personas con falta de autoestima.

¿Y en qué se diferencian los rasgos de la patología? Los rasgos aparecen en determinadas situaciones, no siempre, y la persona puede tener algo más de autocontrol. Puede reconocer sus errores, puede empatizar en momentos puntuales y puede aceptar alguna crítica, según cómo sea. En la patología, en cambio, el patrón es persistente: te responsabiliza siempre a ti y a los demás, no reconoce nunca un error, la empatía es prácticamente inexistente, y por eso puedes estar llorando o sufriendo que no le vas a ver conmoverse. Y cualquier crítica genera un tsunami de discusión intensa. Ojo, esto es solo orientativo: el diagnóstico lo hace un profesional.

Con esa persona delante, sobre todo en la pareja pero también con un jefe o una jefa, va a intentar culpabilizarte y responsabilizarte de todo, y te vas a sentir siempre en falta. Por eso conviene tener la intuición muy afinada y el radar bien puesto.

Para entenderlas hay que partir de que, muchas veces, esa persona tuvo de pequeña un conflicto con la energía masculina: un padre muy autoritario que la criticó mucho y la infravaloró. No hablo solo de padres, también hay madres con energía masculina. Para protegerse y que no le hicieran daño, se creó un personaje. Eso no justifica cómo te trata, pero ayuda a entender de dónde viene.

Te cuento un ejemplo mío. Tuve una relación con una chica con estos rasgos. Y sí, normalmente se piensa en un hombre, pero ya te he dicho que hay muchísimos casos de mujeres. Y, como no hay nada casual, ella también tenía ese conflicto con la energía masculina. Todo lo que hacía ella estaba bien hecho y siempre tenía razón; todo lo que hacía yo lo cuestionaba: si me iba a dar una vuelta, si me iba de viaje, si me iba a tomar algo con un amigo, si no la llamaba en unas horas. Me hacía sentir responsable de no haberla llamado o avisado. Cuando lo hacía ella, siempre tenía una justificación: el trabajo, que tenía cosas más importantes. Todo lo suyo era más importante y tenía más repercusión que lo mío. Además, minimizaba lo que yo sentía, y en las conversaciones, incluso en público, quería ser siempre la protagonista; en cuanto hablaba yo, se sentía de menos.

Con el tiempo entendí que tenía rasgos narcisistas y que yo, cada vez que me justificaba, estaba alimentando su diálogo y su manera de actuar. Estas personas se desenvuelven muy bien en el conflicto, y ahí es donde lo aprendí.

¿Cómo tratar con ellas?

  • Dile lo que sientes y no des nada por hecho, porque va a intentar silenciarte.
  • Pon límites claros y concretos, sin darle explicaciones. Cuantas más des, peor, porque es como si necesitaras reafirmarte. Ancla tu posición y punto.
  • No te justifiques. Es justo lo que busca: que te justifiques una y otra vez y te quedes atrapado o atrapada en tu dolor y en tu culpa.
  • No entres en luchas de poder. Están acostumbradas a moverse en el conflicto como pez en el agua.
  • No reveles información sensible tuya. Como tienen muy poca empatía, pueden usarla en tu contra en cualquier momento.

Todo esto sirve con un jefe, con un familiar o con quien sea. Pero en una pareja te lo digo claro, aunque parezca duro: esa relación solo te va a llevar a un desgaste emocional profundo y, si no tienes trabajados tu autoestima y tu autoconcepto, va a acabar mermándolos. Una persona con rasgos narcisistas sí puede cambiar, pero necesita hacer mucho trabajo interior y de autoconocimiento, desbloquear muchas creencias y muchos patrones de conducta. Y eso tiene que salir de ella: por mucho que estés enamorado o enamorada, no vas a cambiarla tú, y mientras ella no haga ese trabajo, no tienes por qué quedarte esperando. Lo que sí depende de ti es poner el foco en tu autoconocimiento y pedir ayuda a alguien que te acompañe a ver qué creencias y qué heridas tienes sin trabajar.

Y una cosa importante: si en tu relación hay humillación constante, control o miedo, ya no es solo un tema de autoestima. Busca ayuda profesional o de tu entorno cuanto antes.

Y esto es lo que trabajo mucho en el programa de reconstrucción: cuando conectas con una persona así, muy probablemente es porque hay algo en ti que necesitas aprender para sanar y evolucionar. Esa persona te está haciendo de espejo de lo que tienes que trabajarte. Ojo, esto no es culparte, es una oportunidad. Si quieres profundizar, te dejo otros posts relacionados: Vampiros energéticos, Por qué nos aferramos a una relación que ya sabemos que no funciona y Tus creencias te están haciendo sufrir.

Así que te invito a que, si estás en una situación de este tipo, ya sea en el trabajo y sobre todo en el amor, reflexiones y seas consciente y honesto o honesta contigo: no te mientas. Y no te preocupes: siempre se está a tiempo, siempre que seas consciente, quieras trabajarlo y te rodees de personas que sepan acompañarte a salir de ahí.

El espejo de tu suegro o suegra

¿Te ha pasado alguna vez que vas a una reunión familiar o a una comida, observas, y te das cuenta de que uno de los dos padres de tu pareja, tu suegro o tu suegra, te incomoda hasta tal punto que te cuesta verlo? Imagino que alguna vez en tu vida te habrá pasado. A mí me ha pasado muchas veces. Y te voy a explicar por qué sucede.

Esa persona que te perturba, que te molesta, que te incomoda, te está diciendo cosas a través de ella. Esto es un poco la ley del espejo. Todo aquello que te incomoda de la otra persona es lo que rechazas o no te atreves a mostrar. Y el espejo también funciona con lo positivo: todo aquello que ves en el otro, también lo tienes tú. Si ves a una persona súper buena, súper bondadosa, es que algo de eso también tienes. Y si ves envidia en otra persona, es porque tú también tienes una parte de envidia.

En muchos casos, esa persona que te incomoda es la que más información te puede dar si quieres verla. Y es que, en cierta parte, o en mucha parte, te pareces más a él o a ella de lo que crees. Por otro lado, te fastidia reconocerlo, porque te está mostrando tu sombra. Ojo: no digo que todo lo que te incomoda sea algo tuyo. Hay conductas que no tienes por qué aguantar y tienes derecho a poner límites. Pero incluso en esos casos, esa persona te está dando mucha información sobre ti.

Te cuento un caso concreto, porque no siempre es solo tu sombra. Tuve un suegro que, cada vez que iba a casa con su hija, me hablaba mal, con desprecio. Al principio hablé con mi pareja de entonces, y ella siempre lo justificaba, porque era la persona a la que admiraba. Yo sabía que no podía contar con ella para que le dijera nada, porque no se atrevía a decirle nada a su padre. Tuve que ser yo quien, en un momento dado, le dijo que me dejara de hablar así y que no iba a permitirlo. Eso creó un conflicto y desembocó en un enfrentamiento bastante gordo: yo me enfrenté al padre, la madre defendió al padre, y su hija también lo justificaba. Ahí volví a sentirme rechazado y abandonado, y se me abrieron otra vez las heridas. Evidentemente, esa relación duró muy poco a partir de ahí. El conflicto con su padre fue un detonante, pero lo que provocó la ruptura fue que ella se posicionara con su padre, a pesar de saber que él no lo había hecho bien. Para mí eso fue una bandera roja. Pero eso es otro capítulo.

Lo que quiero contarte es la lectura que hice con el paso del tiempo: yo también era así a la hora de decir las cosas. Sin tacto, sin cariño, sin asertividad, con mucha dureza. Y eso es lo que él me estaba mostrando de mí.

Ahora te explico de dónde sale todo esto, y voy a poner, como siempre, un ejemplo mío. Mi padre era una persona con mucha energía masculina y cero energía femenina. De pequeño copié esa energía y la admiré. No tienes por qué admirar a la persona de la que copias, pero en mi caso sí la admiraba. Era una persona con fuerza, con determinación, con dirección, con rectitud. Si había algún problema, lo llamabas a él. Era la cara visible, la fuerza del núcleo familiar. Así lo veía yo, y copié a nivel inconsciente esa energía.

Por consecuencia, a mi madre la sentí durante mucho tiempo como una madre ausente. Sentí que no recibía cariño, regazo, autoestima, protección, ese cuidado que da la madre. Con el paso del tiempo entendí que me dio todo su cariño y todo su amor, a su manera, y que lo hizo lo mejor que supo; lo que pasa es que yo ahí tenía muchas heridas. Y hace 13 años entendí también que lo que yo sentí era mi verdad, pero que mi madre no tenía herramientas y actuó conforme a su nivel de conciencia.

¿Qué ocurre con el paso de los años, cuando te haces adolescente y luego mayor? Que si has copiado y admirado el modelo de tu padre, y en tu casa sentiste que te faltó ese cariño, esa comprensión, esa escucha, ese refuerzo positivo, toda esa valía que de pequeño te tenía que haber dado tu madre, vas a buscar validarte a través de las mujeres. Yo, sin saber nada de esto, iba proyectando a mi vida, a nivel inconsciente, mujeres que hicieran de mamá mía. Buscaba en ellas esa mamá que me había «faltado», porque siempre la tuve, pero yo tuve unas carencias. Y esas carencias las buscaba resolver a través de la validación femenina.

Luego, en muchos casos, cuando conocía a sus padres, a mis suegros, me di cuenta de que había un patrón inconsciente que se repetía. Me pasaba con los padres cuando tenían una energía muy marcadamente masculina, muy parecida a la de mi padre y a la mía. Me estaban mostrando todo aquello que yo tenía que reparar y que no quería ver. Hombres muy duros, muy rectos, muy impositivos, que siempre tenían la verdad y siempre tenían razón, que no mostraban afecto ni cariño. Y a mí eso me generaba muchísimo rechazo. Luego entendí que yo tenía muchas de esas cosas, pero no me lo estaba permitiendo, ni lo estaba viendo, ni lo estaba resolviendo, ni lo estaba aceptando de mí. Eso es lo que llamamos la sombra.

Y las madres eran las más amigables para mí: las que más me cuidaban, las que se parecían un poco a su hija y con las que más cómodo estaba.

También es cierto que me encontré algún caso a la inversa, con una madre que era la energía masculina de la casa, la que llevaba la voz cantante, la que dirigía, organizaba, mandaba y estructuraba. Y ahí también tenía conflicto. No era cuestión de ser hombre o mujer, sino de la energía predominante: todo aquello que había copiado de esa energía que admiraba me lo estaban mostrando para que viera en mí lo que me faltaba por integrar. Y lo que me faltaba por integrar era mi parte femenina.

Cuando lo vi y lo entendí, empecé a trabajar mi lado femenino. Y al trabajarlo empiezas a tener más empatía, a saber cuidar y escuchar más, a afinar tu intuición, que es muy femenina, a comprender a la otra persona, a mostrarte cariñoso y tierno. Cuando tú cambias y compensas esa energía, suceden cosas maravillosas: empiezas a proyectar también a mujeres con la energía más equilibrada. Y, por lo tanto, ya no te suele perturbar tanto, porque has integrado todo aquello que rechazabas del otro, en este caso del suegro. Y tienes mucho menos conflicto interno: ni el suegro ni la suegra te hacen de espejo como antes, porque muchas de esas cosas ya las has resuelto.

Pero a muchas personas os habrá pasado, o os pasará, como a mí, y no sabréis de dónde viene. Por eso, como siempre, os invito a la reflexión: fijaos, observad, no me hagáis caso de nada, simplemente observadlo. ¿De dónde os viene ese rechazo hacia vuestro suegro o vuestra suegra? ¿Qué parte de él o de ella veis en vosotros mismos? Esa será la clave de lo que rechazáis y no os atrevéis a mostrar. Esa persona os está haciendo de espejo, os está mostrando vuestras sombras, todo aquello que podéis mejorar y evolucionar.

Y una vez que lo entiendes, ya no tienes base para quedarte solo en culpabilizarlos ni en el rol de víctima. Es muy fácil, como hacía yo, culpar a mis suegros, a todos los suegros que he tenido, cuando realmente el que me tenía que responsabilizar era yo, de cómo era y de lo que estaba proyectando y generando en mi vida.

Así que la pregunta que te hago es: ¿qué cosas de tu suegro o de tu suegra te perturban, te molestan, te inquietan? Porque probablemente son las que no aceptas de ti mismo o de ti misma. Y si sientes que necesitas trabajarlas, para eso está el programa de reconstrucción, donde te puedo acompañar.

El arte de conocerme

Hoy voy a tocar un tema que para mí es muy importante, y voy a hablar en primera persona. Le llamo arte porque me ha costado mucho llegar a conocerme. Y no llamo conocerme a saber cuál es mi color favorito, mi ropa favorita, mi película o mi canción favorita, o la comida que me gusta. Eso es una banalidad, algo superficial que sabe hacer todo el mundo. Lo difícil es conocerme desde el ser, desde lo más profundo, desde el autoconocimiento. Y esto me ha costado mucho, mucho tiempo.

Porque en este proceso entran muchos factores: poder pensar, actuar o sentir desde la paz y desde la libertad, y no desde el miedo y desde el ego. Poder tomar decisiones en base a tus valores y a tus principios. Y como consecuencia, proyectas a nivel inconsciente abundancia en tu vida. Y la abundancia no es solo económica, aunque también. Es relaciones personales, es relaciones interpersonales, es con qué ojos exploras y ves la vida.

Uno de mis ejemplos: soy una persona que se cuida física y emocionalmente, que cuida su energía, que cuida la exposición con las personas con las que está y con las que vibra. Ahora mismo no puedo, no quiero, estar con personas que no tengan un mínimo de conversación real, un poco de autoconocimiento de la vida. No quiero estar con personas que solo sepan hablar de la Matrix, de lo que ya hablé en otro post, o en situaciones donde me encuentro con gente que critica a otras personas, que critica el mundo, el gobierno, que está en modo víctima, que escapa bebiendo o haciendo el imbécil. Eso ya lo he vivido, y en muchos momentos he tenido que aguantar ahí, porque quería aguantar y porque no sabía hacerlo mejor. Cuando empecé a conocerme más, dije: esto realmente no lo quiero en mi vida. Me ha costado mucho llegar hasta donde he llegado y tomar conciencia de que la vida es vivir en coherencia, y no vivir en la víctima sino en la responsabilidad, como ya dije en otro post.

Cuando entiendes esto, dejas de proyectar a nivel inconsciente a ciertas personas en tu vida, porque ya no te vale cualquier tipo de conversación, ni cualquier plan, ni estar en un sitio bebiendo con unos colegas aunque no te apetezca, como hace la mayoría. Y esto tiene sus consecuencias: la gente de tu alrededor empieza a decirte «¿qué te pasa? ¿estás cambiando? ¿por qué ya no quieres venir con nosotros? ¿por qué ya no bebes cuando vienes a cenar? ¿por qué te vas antes de tiempo?». Simple y sencillo: porque ya no vibro como el Pedro de antes. Para mí, esto es el arte de conocerte. Pero para llegar hasta aquí tienes que dejar atrás muchas creencias, muchos amiguetes, muchos conocidetes, muchas situaciones que en realidad no te nutrían, sino que estabas ahí por estar. Esto no me ha pasado solo a mí, le pasa a todo el mundo, aunque muchos no os deis cuenta y prefiráis seguir viviendo en vuestra mentira.

Y digo esto porque, detrás de todo, hay un miedo común a todas las personas: el miedo a la soledad. La gente le tiene terror a estar sola. Y como no sabe estar sola, se agarra a cualquier clavo ardiendo en forma de persona, de situación, de experiencia, de cosa material, lo que sea. Cuando entiendes esto y empiezas a trabajar en ti, cuando empiezas el proceso de autoconocimiento —que es muy largo y tedioso—, entiendes que lo que antes valía ya no vale. Prefieres estar solo que en la compañía en la que estabas antes. Prefieres quedarte en casa antes que buscar estímulos externos que te sirvan como anestesia, como parche, como ya dije en otro post, antes que vivir experiencias que sabes que solo van a servir para evadir tu soledad.

Y entiendes que, si eliges estar con alguien, va a ser porque esa persona está en tu misma sintonía y en tu misma vibración. Esto es importante, porque muchas personas, cuando emprenden este camino del autoconocimiento, sienten mucho vacío existencial y mucha soledad: cuesta encontrar personas afines a nosotros mismos, que vean la vida como la vemos nosotros. Afortunadamente, cada vez hay más personas despertando. Pero ya no nos conformamos con las migajas de la mediocridad.

Así que te invito, como siempre, a la reflexión, porque esto es crecimiento personal: ¿para qué vas a sitios a los que realmente sientes que no quieres ir? ¿Por qué sigues en una relación en la que ya sientes que no quieres estar? Y no me sirve que digas que es por la hipoteca o por los niños. Deja de mentirte. Escarba más profundo. ¿Para qué dices un sí cuando realmente te apetece decir un no? ¿Desde qué lugar lo haces? ¿Qué ocurriría si fueras dueño de tu vida desde la responsabilidad, y no desde la víctima?

Os voy a poner otro ejemplo mío. No me gusta mucho salir de fiesta, porque ya salí durante muchos años. En mi proceso de autoconocimiento, una de las cosas que sobra es la fiesta, la noche: te cuidas más y vives más de día que de noche. Hace unos años fui a una cena con unos amiguetes. Yo no bebo, y todos los demás sí. Y cuando todo el mundo bebe y tú no, te sientes un poco raro, porque ves cómo las personas empiezan a decir tonterías, a gritar más, a dejar de ser ellas mismas, mientras el alcohol hace su trabajo. Yo ya sabía todo eso, pero aun así me quedé. Cuando ya estaba totalmente en disonancia con lo que veía, quería salir de ahí. Hay personas que en esas situaciones se quedarían y tragarían, como en el juego de los tragabolas. Yo no soy así. Llegó un momento en que me saturé, y en esa mesa solté mi rabia y mi ira: dije que estaban diciendo tonterías, que el alcohol les estaba pasando factura, que parecían niños disfrazados de hombres. Todo juicios por mi parte. Sé que no lo hice bien, pero lo hice en función de mi nivel de conciencia de aquel momento. Y siendo honesto conmigo mismo, aunque la forma no fue buena, al menos hice algo: salir de ahí.

Ahora, con el nivel de conciencia que tengo, si me volviera a pasar algo parecido actuaría distinto. Diría: «chicos, lo siento mucho, pero esta conversación, esta situación, no me hace sentir cómodo, y no me voy a quedar aquí. Me voy a mi casa, seguid pasándolo bien». Y me levantaría y me iría, sin ningún reproche y sin ningún juicio, desde la tranquilidad y desde el amor, con el aprendizaje de etapas anteriores. Evidentemente, en su momento no lo hice del todo bien, pero lo hice de la mejor manera que sabía, conforme a mi nivel de conciencia de entonces. Cuando pasó todo aquello, por una parte me sentí culpable por cómo hablé en esa mesa con gente que estaba borracha. Pero por otra parte entendí, y me trabajé, que el hecho en sí —no querer estar ahí, no tragar como un tragabolas, querer salir— estaba bien hecho. Lo que no fue óptimo fue el resultado: la manera de decirlo. El hecho estuvo bien; la forma, no. Y de esa diferencia nació la culpa que después me trabajé.

Si sientes que necesitas trabajar tu propio proceso de autoconocimiento, dejar atrás lo que ya no te nutre y aprender a estar en paz contigo mismo sin necesitar aferrarte a nada ni a nadie, para eso está el programa de reconstrucción.

El propósito de la Matrix

Como siempre, soy una persona que se moja y que nunca es ambigua. Y eso, a veces, genera bastante controversia con todo lo que expongo, porque hay pocas personas capaces, o al menos pocas que yo conozca, que hablen de todo esto con claridad. Pero para mí es importante saber distinguir y conocer el sistema en el que estamos metidos, porque como consecuencia de no verlo, vivimos dormidos.

Hay una pequeña parte de la población que estamos empezando a despertar. Y digo estamos porque me incluyo. Cuando digo que estamos empezando a despertar es porque somos conscientes —o voy a hablar de mí, soy consciente— de que durante mucho tiempo he vivido en la Matrix del sistema. La Matrix, para mí, es estar desconectados del ser y, en consecuencia, basarnos en nuestro hacer y en nuestro tener. Cuanto más nos han enseñado a tener o a hacer, más valiosos creíamos que íbamos a ser. Pero al final todo eso nos ha llevado a un profundo desconocimiento de nosotros mismos y, en muchos casos, a sufrimiento.

¿Por qué digo en muchos casos? Porque hay personas que pueden vivir toda su vida en la Matrix sin enterarse, y vivir más o menos felices, porque no tienen ningún tipo de aspiración, o sus aspiraciones en la vida pasan por conformarse con lo que tienen, o por intentar querer más y conseguir más, pero siempre desde el hacer y desde el tener, sin cuestionarse nunca nada desde el ser. Pero hay otras muchas personas que, por situaciones que en un momento dado viven en su vida, caen en un profundo vacío existencial en el que empiezan a cuestionarse: ¿para qué quiero todo lo que tengo? ¿Cuál es la finalidad? ¿Qué he conseguido, una vez llegado a lo que quería a nivel material, de lo que esta sociedad me decía que estaba bien? Unos buenos estudios, cásate, forma una buena familia, ten hijos, métete en una casa con hipoteca o sin ella, cómprate un buen coche, ten un buen trabajo, que la gente te vea como una persona de éxito, que todo el éxito viene por ahí. Eso es la Matrix del hacer. Y en ese lugar la gente no se cuestiona absolutamente nada: no se cuestiona para qué hace lo que hace, ni qué pasaría si no tuviera nada de eso, porque nosotros no somos lo que tenemos, ni somos la profesión que decimos que somos.

En muchos casos, mucha gente ni siquiera sabe cuál es su verdadero potencial, porque nunca nos han enseñado a conocernos, a vernos desde el ser, a sentirnos, a querernos a nosotros mismos primero, y luego a querer a los demás. Es como cuando vas en un avión con tu hijo pequeño y el avión se cae: salen las mascarillas. Es un ejemplo muy típico, pero lo pongo porque explica bien la idea. ¿Qué haces primero? ¿Le pones la mascarilla a tu hijo porque lo quieres muchísimo, y cuando te la pones tú ya es tarde y te has quedado sin aire? ¿O te la pones tú primero y, una vez puesta, se la pones a tu hijo? Ahí está un poco la película.

Como siempre, os pongo mi ejemplo de cuando vivía en la Matrix. Y ya os lo he contado en muchos posts, porque si algo tengo es que me abro y me siento vulnerable. Y una de las cosas que tiene la Matrix es que no te deja sentirte vulnerable, porque sentirte vulnerable se confunde con ser una persona débil.

Muchas veces me he visto en la Matrix hasta que falleció mi padre, cuando yo tenía 37 años. De eso ya han pasado 13 años. Y ese momento, esa hostia en la vida —que en muchos casos viene cuando tienes una hostia gorda en la vida— es cuando empiezas a cuestionarte para qué quieres tantas cosas, para qué quieres tantas propiedades, para qué quieres tanto dinero, tanto trabajo, tanto estatus, tanto conseguir, para qué quieres que te vean tanto. Por todo lo que nos ha inculcado esta sociedad. Y al final, eso es el sinónimo de lo que llamamos estar dormido. Hasta que un hecho traumático o doloroso, como fue en mi caso, es lo que paradójicamente hace que despiertes y te cuestiones que la vida no es solamente el tener, porque mañana igual ya no estás; que la vida no es solamente el aparentar, porque igual mañana ya no estás; que la vida no es poseer, porque igual mañana ya no estás. Y esto conecta con algo que también me marcó mucho, en un máster de autoconocimiento y crecimiento personal en el que estuve un año: uno de los profesores que vino —una persona muy reconocida a nivel público, que no voy a nombrar porque no le he pedido permiso— nos preguntó nada más llegar quiénes de nosotros teníamos la certeza de que íbamos a volver al día siguiente. Era, evidentemente, una pregunta trampa: todos levantamos la mano, y aun así insistió: «vosotros podéis tener la intención de venir, pero la vida, el universo, no sabéis lo que os tiene preparado.» Con eso quería decir que nadie puede afirmar que mañana vaya a seguir vivo. La única certeza que tenemos es que moriremos, y no sabemos cuándo. Todo lo demás es, en mi opinión, ego: creer que tenemos certeza cuando no tenemos certeza de absolutamente nada. Fue una hostia de realidad, pero también un descubrimiento enorme.

Es muy importante entender que la Matrix tiene una función. Para muchas personas, esa función es seguir viviendo dormidas, anestesiadas —ya sea farmacológicamente o ya sea emocionalmente— a nivel de televisión, de redes sociales, de narcotización con drogas blandas o duras (da lo mismo), a nivel de estar todo el día con ruido, con gente, con el teléfono, con llamadas, con personas alrededor. Todo para, al final, no tener que estar contigo mismo a solas, porque te asusta, te da miedo, te resulta incómodo. Y si sigues rascando, te darás cuenta de que en el fondo no quieres sentir. Es miedo a sentir. Miedo a ver tu lado oscuro.

Y aquí quiero matizar algo, porque no quiero que se malinterprete: no digo que vivir dormido sea, en sí mismo, estar "mal". Hay gente que vive así toda su vida y es relativamente feliz, porque nunca se ha topado con nada que le obligue a cuestionarse, probablemente, entre otras cosas, porque le cuesta sentir, o le da miedo sentirse, conocerse y ver su lado oscuro. El problema no es la Matrix en sí, sino lo que se paga por quedarse dentro cuando ya no encaja: ese sufrimiento de fondo, ese vacío que aparece cuando la vida ya no te cuadra con lo que tienes, con lo que aparentas o con lo que posees. Ahí es donde de verdad importa saber que existe una única salida: el autoconocimiento. El autoconocimiento te lleva a ser consciente. Y una vez que vives de manera consciente, empiezas a vivir desde el ser. Y una vez que vives desde el ser, empiezas a sentir de verdad. Y cuando sientes, empiezas a vivir conectado. Y, como consecuencia, se te irán abriendo nuevas experiencias y nuevas situaciones en tu vida que te ayudarán a seguir descubriéndote.

Cuando entiendes todo esto, cuando ves que realmente no sabemos estar solos ni sabemos amarnos incondicionalmente a nosotros mismos, puedes vivir perfectamente en la Matrix sin darte cuenta. Pero, como decía, cuando pasa un hecho traumático y te cuestionas absolutamente todo, empiezas a cuestionarte tu modelo de vida: lo que has vivido, lo que has mamado durante toda tu vida y lo que tienes alrededor, en tu círculo. Y es ahí cuando te das cuenta de que ya no quieres seguir perteneciendo a esa Matrix, porque ya no te compensa seguir dormido. Y ahora que estás empezando a ver todo esto y a despertar, te apetece vivir este sueño despierto: entender cuáles han sido tus carencias, tus traumas, tus patrones de conducta que te han mantenido dentro de la Matrix. Y quieres salir de ella. Y vas a informarte de cómo hacerlo. Y vas a poner en ello toda tu intención, todas tus ganas y toda tu fuerza.

Pero tengo que deciros una cosa: salir de la Matrix no es fácil, porque la vida está construida para que estemos todos dentro de ella. Y mientras sigas viviendo en ella sin cuestionarte nada, serás esclavo del sistema y no serás dueño de ti mismo, de tu ser, de tus emociones ni de tu valor como persona.

Como siempre os invito a la reflexión: no me creáis nada, simplemente observadlo y preguntaos. Preguntaos si vivís realmente desde el ser o desde el hacer y el tener. Si consideráis que estáis dormidos o, por el contrario, estáis empezando a despertar porque os dais cuenta de que la vida que lleváis no es la que os gustaría llevar. Como siempre, ahí lo dejo, y os invito a que visitéis mi programa de reconstrucción, donde os puedo acompañar.

Mujeres en pareja sexualmente insatisfechas

Voy a hablar de algo de lo que muy poca gente se atreve a hablar, y que puede incomodar. Se trata de un problema silencioso en las relaciones de pareja: la insatisfacción sexual de la mujer. No sabría decirte el porcentaje exacto, pero muchas mujeres en relaciones heterosexuales están insatisfechas sexualmente. Y digo insatisfechas porque, en muchos casos, el hombre no se ocupa de dar placer ni de hacer cosas nuevas y diferentes, y la mujer, como todo en la vida, acaba cansándose y aburriéndose.

En muchas ocasiones el hombre se dedica única y exclusivamente a penetrar (de esto ya hablé en otro post) sin tener la capacidad, ni la claridad, ni las ganas de que su mujer esté plenamente satisfecha sexualmente. Me ha pasado a mí, y os pongo mi ejemplo como siempre: he conocido a mujeres que realmente no habían tenido relaciones sexuales placenteras. En muchos casos, ni el hombre sabía cómo se estimulaba el clítoris o el punto G, y mucho menos cómo se podía hacer eyacular a una mujer —porque en la mayoría de los casos ni la propia mujer sabe dónde está su punto G ni cómo puede eyacular. De esto también hablé en otro post, porque todas las mujeres pueden eyacular.

Cuando hay tanto desconocimiento, tanto tabú y tanto desinterés, la pareja entra en una sintonía de aburrimiento y de hastío, pensando muchas veces que la mujer no necesita eso. Hay mujeres que ni siquiera experimentan el orgasmo en una relación de pareja, o que lo experimentan solo de vez en cuando. Y eso da mucha información: si no experimentas el orgasmo es porque no te han sabido tocar y estimular como se debería. Porque el hombre, en la mayoría de los casos, llega al orgasmo siempre. ¿Y por qué? Independientemente de que el hombre sea más fuego y se encienda enseguida, en su caso es, digámoslo así, más sencillo. En el caso de la mujer, hay teclas que hay que saber tocar y estimular.

¿Qué ocurre cuando una pareja lleva tiempo instalada en ese rol? «Ya no tengo buen sexo con mi pareja, ya no tengo ganas, me apalanco, me da pereza, me duele la cabeza.» En muchos de esos casos, esa misma mujer que dice todo eso, cuando puede y está a solas, se autoestimula, porque prefiere eso a tener relaciones con su pareja, con ese hombre que no ha entendido, que no ha sabido y que no ha querido saber tocarla y estimularla.

Aquí veo dos problemas de fondo. El primero, evidentemente, es el hombre. Tiene mucha parte de responsabilidad —que no de culpa— porque no es capaz de hacer autocrítica profunda. Su ego le dice que él ya sabe, y para él sería un fracaso ver que su mujer no lo percibe como un buen amante, sino como alguien que no es capaz de estimularla, de hacerla llegar al orgasmo, de saber dónde está su punto G, de hacerla eyacular, de hacerla vibrar. Ese es el principal hándicap del hombre: no querer mirar de frente, hacer autocrítica y aprender. Muchas veces ya tienes la información delante, lo que pasa es que no la quieres ver: tu ego te lo impide. Y aceptar que, como hombre, no sabes cómo tocar y tratar a una mujer es muy difícil de digerir para el ego.

El segundo problema es de la mujer. Porque tampoco está siendo lo suficientemente honesta ni responsable como para decirle a su pareja: «tócame aquí, necesito que entiendas cómo funciona mi sexualidad, necesito que aprendas, porque si no lo haces voy a tener que tomar acción; no me voy a acomodar en un sitio donde no quiero estar». Y muchas mujeres se acomodan, porque tienen todo lo demás: dinero, estatus, tranquilidad, el padre de sus hijos, ese hombre que siempre está ahí cuando están mal y que las escucha. Y luego llegan las excusas del ego: «tengo hijos, tengo hipoteca…».

Y aquí me dirijo directamente a ti, mujer que estás leyendo esto: si de verdad quieres ser brutalmente honesta y coherente contigo misma, podrías hablar con tu pareja y decirle, con cariño, que necesitas autoestimularte porque no estás sintiendo con él todo el placer que te gustaría. Sé que de una manera u otra le va a suponer un impacto, incluso puede sentirlo como un golpe. Pero se puede decir sin herir: «siento que no tengo todo el placer que me gustaría tener contigo, y es una pena, porque me gustaría tener más placer contigo». Y a partir de ahí, ver cómo reacciona. La mayoría preferís quedaros calladas y sostener la incomodidad antes que salir de ahí, cuando esto se puede solucionar: tu pareja puede aprender a tocarte, a estimularte, a conocer tus zonas erógenas, a seducirte, da igual que llevéis cinco años o veinte. Se puede aprender. Pero hay algo fundamental: él tiene que querer. Y si no quiere, no hay nada que hacer. Y a ti, hombre, te lo pregunto directamente: si le preguntaras a tu pareja, a solas y de verdad, cuántas veces la has hecho vibrar, ¿qué te contestaría? ¿Y te atreverías a hacerle la pregunta incómoda, mirándola a los ojos: «cariño, ¿estás satisfecha conmigo? ¿crees que podría mejorar algo en nuestra sexualidad? ¿crees que podría hacer algo más para que tuvieras mejores relaciones conmigo?»? Seamos honestos: la mayoría no se atreve.

Y si aun leyendo esto sientes que no te atreves a decírselo, pregúntate por qué. Puede que ahí, debajo, haya una introyección de cuando eras pequeña —que hablar de placer, de tu cuerpo o de lo que necesitas no es «de buena chica»— que hoy, sin que lo relaciones con nada, te está impidiendo permitirte disfrutar. O puede que tengas la creencia de que decirle a tu pareja que no estás satisfecha va a quebrar la relación, va a generar un conflicto, va a hacer que se lo tome como un ataque. Y por eso te callas y aguantas, sin darte cuenta de que identificar esas creencias e introyectos que te están limitando el disfrute y la comunicación es el primer paso para soltarlos.

Te invito a la reflexión. Al final puedes vivir con tu pareja llevando una vida relativamente tranquila y cómoda —niños, colegio, trabajo, la rueda del hámster, cierta tranquilidad económica— sin sentirte plenamente satisfecha sexualmente, y aguantarlo. Pero eso, tarde o temprano, sale por algún sitio: en forma de necesitar autoestimularte cada dos por tres, o de otras maneras que ya iré contando en próximos posts. Es tu sombra, y como toda sombra que no se mira, no se queda solo en lo sexual: con el paso del tiempo puede pasarte factura en tu bienestar emocional, en tu autoestima y en tu autoconcepto de ti misma. Así que pregúntate: ¿te has atrevido a decírselo? Y tú, hombre, ¿te has atrevido a preguntárselo?

Y si tú, mujer, sientes que necesitas hablar de esto con alguien antes de dar el paso y contárselo a tu pareja, estoy aquí: es justo lo que trabajo en el programa de reconstrucción. Y si tú, hombre, necesitas hablar con alguien, tener información real, aprender de verdad cómo funciona la sexualidad femenina y cómo estimular a tu pareja, también puedo acompañarte en eso.

¿Cómo te validas tú?

Hay algo que me voló la cabeza cuando lo entendí, y que me hizo clic por dentro: todas las personas nos validamos desde algo. Hay quien se valida desde lo material —los coches, el dinero, la posición económica, el estatus—. Quien se valida desde el hacer, desde el trabajo y el reconocimiento. Quien se valida desde el físico. Y quien se valida a través de la pareja, del amor, de las mujeres o de una figura masculina. Pero, ¿cuántas personas se validan desde el ser?

Te dejo una pregunta: si no tuvieras absolutamente nada de eso —ni pareja, ni coche, ni trabajo, ni dinero, ni estatus, ni reconocimiento, ni físico—, si te quedaras sin nada, lo que se dice nada, ¿cómo te validarías?

Te lo cuento con un ejemplo mío, como siempre, porque yo he pasado por todas esas etapas. Me validé desde el baloncesto: jugué un par de años a nivel profesional y luego a nivel semiprofesional, y en todos los equipos en los que estuve era de los jugadores destacados. Ser buen jugador, en la medida de mis posibilidades, era lo que me hacía sentir válido. Después me validé desde lo material: buenos coches, un M3, un M5, V8, V12 de Mercedes (el que entienda de coches sabe de lo que hablo). Después desde los negocios —varios videoclubs de cajeros automáticos en los años 2000 y, a finales de esa década, cafeterías y pastelerías—, para demostrarme que era una persona válida, una persona de éxito.

Y también desde mi cuerpo: con 37 años, mi físico y mi éxito con las mujeres eran otra forma de validarme. Proyectaba eso a nivel inconsciente, y sí, muchísimas mujeres pasaron por mi vida, pero porque ponía el foco en tener a muchísimas. Y aquí viene la segunda parte: cuando tu principal foco es tener un buen coche, una buena casa, un buen negocio, un buen estatus, ¿qué mujeres vas a proyectar en tu vida a nivel inconsciente? Mujeres que vibren y se validen igual que tú, desde lo mismo que tú. Piénsalo al revés: si eres un hombre inseguro, ¿de verdad crees que vas a proyectar a nivel inconsciente a una mujer segura de sí misma? No. Las mujeres seguras de sí mismas buscan hombres seguros de sí mismos, con buena autoestima y buen autoconcepto, no a alguien que necesita que lo validen desde fuera. Y a la inversa, exactamente igual. Yo, en el fondo, siempre estaba buscando validación, porque no tenía buena autoestima: era una persona súper insegura. Autoconcepto sí, siempre lo he tenido bueno; autoestima, no.

No lo cuento para presumir. Siempre os soy brutalmente honesto con cómo me he sentido durante toda mi vida, por si os puedo dar un poco de luz, y quizá os reconozcáis, o ya os hayáis encontrado, en una situación parecida.

Y aquí viene lo incómodo. Casi siempre, detrás de la necesidad de validarse a través de todo eso, hay una falta enorme de autoestima y/o de autoconcepto de uno mismo o de una misma. Le pasa a mucha gente, y la mayoría no lo ve o, mejor dicho, no lo quiere ver: se autoengaña, como hacía yo y como hace la mayoría de las personas. Dale una vuelta: ¿realmente necesitas un coche de 50.000, 70.000 o 100.000 euros, y luego tener miedo de sacarlo y dejarlo aparcado en la calle? ¿O lo que necesitas es que te vean, etiquetarte como jefe, jefa o CEO, o presumir de la empresa que tienes?

¿Y por qué no lo queremos ver? Porque duele. Porque pensar que tienes baja autoestima o un autoconcepto pobre de ti mismo o de ti misma te vuela la cabeza. Y por eso preferimos vivir narcotizados, dormidos, antes que desmontar la vida que hemos construido para enfrentarnos a la validación del ser: no la del tener, ni la del poseer, ni la del hacer, sino la de quién eres tú en esencia. Esto es fundamental, y es una de las cosas que trabajo en el programa de reconstrucción: aprender a validarte a través del ser.

Como siempre, me desnudo emocionalmente en estos ejemplos: no desde la victimización, sino desde la responsabilidad; no dando lecciones, sino aplicándomelas; no viviendo como un zombie, sino siendo consciente. En definitiva, siendo un hombre de alto valor conectado con el ser. Eso es lo que a día de hoy trabajo: mi propia reconstrucción.

¿Y cómo me valido yo ahora? Después de todo este proceso de desmontar mis creencias limitantes, entender mis traumas y observar mis inseguridades, me valido por lo que soy. No por lo que tengo, ni por lo que poseo, sino, sobre todo, por lo que siento: por sentirme coherente en mi vida. Ya no voy persiguiendo el dinero, ni el estatus, ni el reconocimiento, ni los likes de Instagram, ni el amor de forma desesperada, porque todo eso me lo doy yo.

Te pongo dos ejemplos concretos. El primero, el coche: hoy no necesito un coche carísimo ni llamativo para que me miren o se fijen en mí. Con uno normal me basta, porque para mí un coche es algo necesario que me lleva de un sitio a otro, no algo para exhibir. El segundo: hace unos años me fui a Turquía a hacerme un trasplante de pelo, porque me faltaba pelo. Ya estaba pagado, ya tenía la raya marcada y el cirujano estaba a punto de ponerme la anestesia, después de dos días dándole vueltas a la cabeza. Y me eché atrás. No fue por miedo. Fue porque pensé: ¿por qué no me estoy aceptando tal y como soy? El pelo se cae con la edad, y hay cosas en las que la naturaleza lleva su curso. Sí puedo ponerle intención a estar bien físicamente —comer bien, hacer deporte—, pero no necesito esa validación femenina de que me vean con una mata de pelo como cuando tenía veinte años.

Pero llegar hasta aquí me ha llevado mucho tiempo de autoconocimiento, de aprendizaje, de coherencia, de intención, de valentía, de acción y, sobre todo, de consciencia. Así he desmontado mi personaje.

Así que te lo pregunto directamente: ¿desde dónde te validas hoy? Y si mañana te quedaras sin nada de lo que ahora te sostiene, ¿qué te quedaría de ti?

Víctima vs. Responsabilidad

Cada día veo más personas instaladas en el papel de víctima. Y la víctima y la culpa van de la mano casi siempre: cuando adoptas ese papel, te estás reforzando a ti mismo la incapacidad de hacer algo, la incapacidad de cambiar las cosas. Ahí hay creencias muy fuertes que te están limitando a llegar a tu mejor versión, y esto te puede llevar a vivir toda tu vida —40, 50 años— en el rol de víctima. Y ese rol, junto con la culpa, lleva inevitablemente al miedo: se vive desde el miedo.

Y hay un motivo muy simple por el que se sostiene: al no sentirte responsable, necesitas culpar a alguien externo. Yo lo he vivido así hasta mis 37 años. Responsabilizaba a todas las mujeres: que eran unas interesadas y problemáticas, que no se podía confiar en ellas, que se aprovechaban de mí, que no merecían estar conmigo. Y como las culpaba a ellas de todo lo que me pasaba, ¿qué iba a proyectar en mi vida a nivel inconsciente? Exactamente ese tipo de mujeres, que reafirmaran mi creencia y mi posición de víctima. Cuando ellas no eran responsables absolutamente de nada. El responsable era yo. Y mientras no lo vi, seguí proyectando a nivel inconsciente a ese tipo de personas.

Esto no aparece de la nada. Pongamos mi propio ejemplo, como ya conté en mi post sobre las creencias que te limitan: con 16 años, mi novia de aquel momento me puso los cuernos. No tiene por qué venir de un patrón heredado de tus padres — puede ser, como en mi caso, un hecho traumático concreto el que te coloca en el rol de víctima. A partir de esa situación se generó en mí un diálogo interno, un trauma sin resolver, y con él me construí un mundo hostil alrededor de las mujeres y de las relaciones de pareja: empecé a creer que todas iban a ser infieles. Esa creencia se instala, la vas reafirmando con los hechos que te suceden durante toda tu vida, y acabas proyectando a nivel inconsciente a personas que encajan con ella. Y esto es extrapolable a cualquier área de la vida, no solo a la pareja. Si no eres consciente de esto, vives en un mundo en el que esa creencia es tu verdad, y por consecuencia proyectas a nivel inconsciente en tu círculo a personas que vibran igual que tú: también víctimas, también con creencias limitantes, para reafirmaros juntos todo eso.

La mayoría de las personas que viven así siguen en su historia sin pararse a mirarla, hasta que sucede algo traumático o alguien las confronta de verdad y les dice claramente que van de víctimas. Porque hasta que eso no pasa, no eres capaz de mirarte al espejo y pensar: "me tengo que hacer responsable de mí". Y es que la víctima y la culpa van siempre asociadas al miedo. Miedo a las relaciones, a que te abandonen, a que te rechacen, a salir a la calle. Estás actuando desde ahí, y desde ahí hay mucha culpa por trabajar. Mientras no seas responsable de ti mismo, vas a seguir reafirmando a nivel inconsciente ese papel: en las parejas que proyectas, en las situaciones que vas proyectando. Todo para sostener tu papel de víctima.

¿Y esto se puede cambiar? Claro que sí. Pero el primer paso es hacerlo consciente: darte cuenta de que estás actuando desde ese rol, porque hay una culpa detrás que no te has trabajado. Pregúntate qué resultados estás cosechando en tu vida. Si eres honesto contigo mismo, vas a entender que estás en el papel de víctima. Lo segundo es cambiar esos pensamientos que durante años te han secuestrado. Y lo tercero es el compromiso contigo mismo para revertirlos y pasar a la acción: meterle intención, hacer cosas distintas, sostenerlo con constancia, porque es muy fácil caer en la trampa del ego. Ahí es cuando entra de verdad la responsabilidad: hacerte cargo de ti, de tus pensamientos y de tus acciones.

Así que pregúntate: ¿qué resultados tienes en tu vida ahora mismo? ¿Reconoces en algo tu propio papel de víctima? ¿Cómo te verías si en vez de víctima fueras responsable? Al final es así de claro: si eres víctima, vives en el miedo. Si eres responsable, vives en el amor.

Deja de dar lecciones... me lo aplico yo

Llevo mucho tiempo observando que, por defecto, nos gusta dar lecciones. Y digo "nos gusta" porque me incluyo. No hay culpa en esto, pero sí responsabilidad. A las personas que queremos, a las que están cerca de nuestro círculo, a las que tienen una estima importante para nosotros, cuando tienen problemas y no nos preguntan, muchas veces intentamos ayudarlas de todas formas. Y ahí hay un problema grande: hay muchas personas que no quieren que las ayuden.

Lo digo por mí. Durante mucho tiempo intenté ayudar a personas de mi círculo que yo pensaba que necesitaban mi ayuda, tanto en pareja (durante muchos años, no así con mi última pareja, afortunadamente) como a nivel personal o sexual. La diferencia es que esas personas jamás me habían pedido ayuda, solo opinión — y una cosa es la opinión y otra muy distinta es la ayuda. Jamás me pidieron que las salvara. Es más, era yo quien quería tener ese rol de salvador. Me contaban sus cosas, su sufrimiento, su malestar, sus culpas, y yo, en un acto de aparente generosidad, intentaba ayudarlas. Con el tiempo me di cuenta de que aquello era, en realidad, un acto de arrogancia por mi parte: me colocaba en un lugar de superioridad frente a la otra persona.

Después de todo lo que he vivido a nivel experiencial, que ha sido mucho, y de reforzarlo con estudios, he aprendido una regla que ahora me aplico a fuego en la piel: no se puede ayudar a nadie que no quiera ser ayudado o acompañado. Si alguien no me pide ayuda de manera genuina, yo no soy nadie para ayudar. Es más, es mi ego el que quiere ayudar, porque ahí hay un vacío que siento y que no me estoy trabajando. En ese momento me estoy colocando en un nivel por encima para salvarle, cuando en realidad esa persona seguramente me está haciendo de espejo, y soy yo quien está actuando desde el ego para poder "salvar" a esa persona. Esto pasa hoy en día con todo el mundo, y ahí es cuando hay que aplicar consciencia real, cuando hay que estar de verdad desde el ser.

Me pasó hace poco con un amigo. Me contó que tenía un problema con su relación de pareja, que estaba metido en algo tóxico. Nos sentamos, analizamos su caso, y en un momento le pregunté: ¿quieres que sea brutalmente honesto contigo? Me dijo que sí. ¿Estás preparado? También me dijo que sí. Vale, pues vamos allá: ella no es la tóxica, sois los dos los tóxicos. Se quedó a cuadros: "¿pero qué me estás contando, Pedro?". Le expliqué que si ella fuera la única tóxica y él no vibrara con eso, no estaría en esa relación. Y le dije: hay algo ahí que necesitas aprender y experimentar para evolucionar, y que ahora mismo no eres consciente de ello. Pero también le dije: si tú no quieres estar en esa relación porque no te compensa, porque no la sientes, porque no vibras, y por mucho que haya un enganche sexual y emocional sabes que no quieres pero no sabes salir, ahí sí te puedo acompañar. Fue un trabajo personal con él, bastante intenso. Y lo importante es esto: fue él quien me pidió la ayuda. Y ahí sí, evidentemente, le acompañé.

Esa persona probablemente necesite experimentar una situación que ahora mismo no ve ni es consciente de ella. Y por mucho que tú intentes hacérsela ver, si no está en su momento de verla, no la va a ver, y mucho menos va a cambiarla. Por eso creo que lo que queremos hacer nosotros, cuando insistimos en ayudar sin que nos lo pidan, dice mucho más de nosotros que de esa persona: ¿desde dónde queremos ayudar? ¿Queremos ayudar a otros porque no nos podemos ayudar a nosotros mismos? Ahí está, para mí, el quid de la cuestión.

Durante mucho tiempo de mi vida quise ayudar a personas que no me habían pedido ayuda por el simple hecho de que yo no me quería ayudar a mí mismo. Era una manera de alejarme de mi propio compromiso: yo era el primero que no me comprometía a trabajar mis traumas, las mentiras que me contaba a mí mismo y los patrones de conducta que me estaban intoxicando. Y a día de hoy es justo el trabajo que hago en el programa de reconstrucción, porque gran parte de lo que trabajo ahí es lo que he vivido en mi propia experiencia, y sé cómo se sale de ahí.

Dicho todo esto, te lo pregunto directamente: ¿desde dónde ayudas? ¿Estás ayudando a tu pareja, a tu familiar, a tu hermano, a tu amigo, o estás intentando ayudarlo sin que él o ella te lo haya pedido? ¿Crees que algo va a cambiar así? ¿Te sientes culpable de algo? Ahí lo dejo. Te invito a la reflexión.

Vives como un zombie y no lo sabes

Vivimos en un momento histórico en el que, a nivel material, lo tenemos casi todo. Un móvil de última generación, un coche, un techo, electricidad, calefacción, comida en la nevera. Nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido tanto acceso a tanto. Y sin embargo, cada día veo más personas sumidas en un sufrimiento profundo, instaladas en la queja y en el papel de víctima. No somos capaces de valorar lo que tenemos.

Creo que gran parte de esto viene del adoctrinamiento constante: todo lo que nos venden sobre quiénes tenemos que ser, qué tenemos que hacer, hasta dónde tenemos que llegar. Cuando una persona no tiene claridad interna, cuando no tiene sus valores bien trabajados e integrados, se pierde en un querer más que no tiene fin: tienes una casa y quieres otra mejor, tienes un móvil y al año ya quieres cambiarlo, consigues un coche y, en cuanto lo tiene tu vecino, ya quieres otro distinto. Lo digo con conocimiento de causa, porque a mí me ha pasado mucho: siempre quería una casa mejor, un coche mejor, una ropa mejor, nunca había un final. Y cuando te das cuenta de la trampa del ego y de dónde estás metido dentro de esta sociedad, se abren dos caminos: seguir el rebaño, el camino trillado, o empezar a trabajar en ti, a buscar tu propio sitio. El cambio real no viene desde el hacer, viene desde el ser, desde lo más profundo de uno mismo.

Sé que para muchas personas esto puede sonar a chino, porque viven con tal nivel de inconsciencia, tan dormidas, que ni siquiera se dan cuenta ni le encuentran significado a nada de esto. Lo veo cada vez más por la calle. Haz la prueba: el próximo día que bajes a dar un paseo, simplemente observa. Vas a ver que 8 de cada 10 personas que caminan solas van con el móvil en la mano o hablando por teléfono, incapaces de estar, sin más, con ellas mismas. Ahora hazte una foto mental de esa persona y, en tu imaginación, quítale el móvil de la escena. Vas a ver cómo camina como un auténtico zombie de película. Literal.

Pon a un ser humano de hoy media hora en un banco, solo, sin móvil, sin estímulos externos, sin nadie alrededor, y se vuelve loco. Se pone nervioso, se levanta, se siente incómodo, no aguanta. Imagínate estar un día entero solo, contigo mismo, sin nada externo a lo que agarrarte. Ese es el grado de incoherencia y de inconsciencia en el que estamos instalados a día de hoy.

No es una crítica hacia nadie, es una observación que cada día se me hace más evidente. Y lo digo porque yo mismo estuve ahí metido. Gracias al autoconocimiento, gracias a esa indagación personal constante de querer descifrar mis propios patrones de conducta —y los patrones colectivos que veo repetirse una y otra vez—, fui construyendo mi propio programa de reconstrucción, que hoy es justo lo que ofrezco a las personas que quieren despertar y empezar a vivir desde su ser.

Así que te lo pregunto directamente: ¿realmente te crees, o se cree tu ego, que eres más feliz por tener más? ¿Hasta cuándo te vas a seguir mintiendo?

La culpa en tu relación de pareja

Para mí, la culpa aparece cuando has actuado en contra de tus valores, sabiendo que podías hacer daño a alguien. Por eso la culpa siempre lleva detrás una intención que tú mismo sabes que no era limpia. Cuando entendí esto, me voló la cabeza, porque todos, de una manera u otra, mentimos alguna vez —hasta la persona que se cree más honesta—. Pero no toda mentira genera culpa.

Te pongo un ejemplo mío: voy al dentista y le digo que llegaré a las cinco de la tarde. Salgo de casa con tiempo, pero hay tráfico, no encuentro aparcamiento, doy varias vueltas... y llego a las cinco y diez. Técnicamente he mentido: dije una hora y no la cumplí. Pero ahí no aparece la culpa, porque en ningún momento tuve mala intención. Mi intención era llegar a las cinco; las circunstancias no me lo permitieron.

¿Por qué entonces sí aparece la culpa tantas veces en la relación de pareja? Te pongo un ejemplo, ficticio, para explicarlo: imagina que le digo a mi pareja que no voy a comer con ella porque he quedado con alguien, y omito que ese alguien es una compañera de trabajo que me parece atractiva. Ahí sí va a aparecer la culpa, si soy una persona que tiene la honestidad y la claridad como valores intrínsecos. Porque he sido consciente de que no he sido claro, de que he ido en contra de mis propios valores, y de que puedo hacer daño a alguien. Muy distinto hubiera sido si esa compañera fuese, por ejemplo, una mujer con sobrepeso, de esas que sé que no me atraen físicamente: mi pareja ya sabe que ese tipo de mujer no me llama la atención, así que simplemente le habría dicho "he quedado a comer con esta compañera" y punto. Ni habría mentido, ni habría sentido ninguna culpa, porque no había nada que ocultar. El detalle que oculto es precisamente el que delata dónde está el conflicto.

Y aquí está lo importante: hay personas que no tienen la honestidad como valor intrínseco, y pueden mentir, pueden llevar una doble vida, sin sentir ningún tipo de culpa. No es que sean "peores" o "mejores"; es que, sencillamente, no tienen ese valor integrado como parte de su identidad. Por eso es tan importante conocer a la persona con la que estás y los valores que realmente tiene, no solo los que dice tener.

Esto también pasa al revés. Imagina que tu pareja omite que se ha tomado un café con un padre del colegio, después de dejar a los niños, y que ese padre está separado o divorciado y, encima, sabe que físicamente está bien. No es lo mismo esa situación que si ese mismo padre estuviera, por ejemplo, con sobrepeso y completamente dejado físicamente: ahí probablemente ni se lo pensaría antes de contártelo. Si lo omite por miedo a que te enfades o a una posible represalia, es muy probable que sienta una culpa enorme, si tiene la lealtad y la honestidad como valores propios. Y esa culpa, sostenida en el tiempo, acaba pasando factura al cuerpo y al sistema nervioso.

Y aquí está lo bonito de darle la vuelta a esto. Si tú, como miembro de la pareja, eres capaz de ser honesto conforme a tus valores y le dices a tu pareja que te vas a comer con alguien, ya sea una persona obesa o una persona atractiva, eso dice mucho de ti. Lo primero, que confías en ti mismo, porque de hecho confías en ti al decirlo. Y lo segundo, que confías en tu pareja: confías en que puede sostener esa información sin que se rompa nada. Y cuando tu pareja recibe eso, también aprende a confiar en ti. Sobre esas dos premisas —tu propia confianza y la confianza mutua— es sobre lo que se construye una relación de pareja sana, y no una relación sostenida sobre el miedo a lo que pueda pasar si dices la verdad.

Así que, la próxima vez que sientas culpa en tu relación, te propongo que te preguntes: ¿qué parte de mí no ha sido honesta, primero conmigo mismo y después con el otro? ¿Qué está diciendo de mí esa mentira o esa situación que estoy ocultando? Y, sobre todo: ¿cómo me vería a mí mismo si dijera realmente lo que pienso y lo que siento? Y si sientes que cargas con mucha culpa en tu relación de pareja y te gustaría trabajarlo, en el programa de reconstrucción es justo el tipo de cosas en las que te puedo acompañar.

No se enamoran de ti

Si crees que una persona se ha enamorado de ti, probablemente estés confundido/confundida. Lo que suele pasar, en realidad, es que se ha enamorado de la validación de tus traumas. Me explico, y te pongo mi propio caso: si yo he tenido traumas de que, en muchos ámbitos de mi vida, me han juzgado por mis pintas, por mis tatuajes, por mi manera de hablar, por mi manera de vestir, por mi manera de actuar —independientemente de que eso hable más de quien juzga que de mí, algo de lo que ya hablé en otro post—, ¿de quién me voy a enamorar? De la persona que me "compre" esos traumas, es decir, que me dé justo aquello que a mí me faltó.

Yo he sido una persona que ha sentido, muchas veces, que no me admiraban, o que no me lo demostraban, o que yo no supe verlo. Y he sido, sobre todo, una persona que se ha sentido juzgada, o que lo ha percibido así. Conozco a una mujer que, desde el minuto uno, me admira por cómo soy, por mi capacidad de ser una persona íntegra, con valores, responsable, coherente. Y esa misma persona, además de admirarme, no me enjuicia: de ella no recibo juicios. ¿Qué está pasando ahí? Que me estoy enamorando de alguien que está validando, aceptando, viendo mis traumas.

Y esto funciona en los dos sentidos, porque vibramos en lo mismo: proyectamos a nivel inconsciente aquello que necesitamos entender y experimentar para evolucionar. Esa misma persona también tiene sus propios traumas: por ejemplo, no haberse sentido vista, no haber sido comprendida en su intensidad, no haber sido priorizada. Si yo llego a su vida y la priorizo, la veo, entiendo su profundidad, ahí está el match. Es simple, lo que pasa es que hay que entenderlo. Cuando yo lo entendí, hice clic con muchísimas cosas, sobre todo con cómo funciona el inconsciente en las relaciones a través de los traumas.

Cuando observes de quién te has enamorado y desde dónde te has enamorado, si eres una persona consciente entenderás el porqué y el para qué. Y lo mismo se puede aplicar a la otra persona: ¿de qué se ha enamorado ella de ti? ¿Cuáles eran sus traumas? ¿Qué necesidad tenía: ser vista, ser reconocida, ser admirada, ser valiosa, ser importante, ser respetada?

Y hasta aquí, esta es la parte bonita. Pero hay una segunda parte, y para mí es la más importante de todo esto. Porque cuando pasa la fase de enamoramiento, que suele acabarse al año, año y medio, entráis en la etapa madura de la relación —de las etapas de pareja hablaré con más detenimiento en otro post—. Y ahí está la clave: si esos mismos traumas que os hicieron enamoraros no se han sanado, no se han trabajado, no se han trascendido, esos mismos traumas son, muy probablemente, los que os van a separar.

Así que te propongo que, una vez verifiques toda esta información que te estoy dando, observes cuáles son tus patrones a la hora de enamorarte. ¿De qué traumas eres consciente que tienes, y cómo los estás trabajando, o cómo te gustaría trabajarlos, ya sea conmigo a través del programa de reconstrucción o con otras personas? Porque del mismo modo que trabajas para que otro gane dinero, deberías trabajar también para ti, para tener una mejor salud emocional.

Ahora te dejo una pregunta, como hago siempre, para que reflexiones: ¿desde dónde has elegido a tu pareja? Y ahora que ya tienes toda esta información, ¿qué vas a hacer para trabajarte esos traumas?

Si eres celoso o celosa, este post es para ti

Este post va directo para ti si eres una persona celosa, o si sientes celos en tus relaciones. ¿Sabes por qué eres celoso o celosa? En la mayoría de los casos hay un trauma no resuelto detrás, casi siempre de la infancia o la adolescencia, y en muchísimos casos viene de una infidelidad o una traición que sentiste en su momento. Al fin y al cabo, son pensamientos que tienes instaurados en base a una experiencia traumática que te impactó, y ese trauma se ha convertido en una creencia muy fuerte. En aquel instante tu autoestima y tu autoconcepto no eran buenos, y si hoy sigues teniendo celos, es porque, con toda probabilidad, siguen sin serlo. No digo que sea la única causa posible, pero en la gran mayoría de los casos que he visto, los celos son eso: un síntoma de mala autoestima y de un mal autoconcepto de ti mismo.

Te lo digo en base a mi experiencia, porque yo fui esa persona celosa y tóxica que proyectaba a nivel inconsciente relaciones tóxicas. Con dieciséis años, mi segunda novia me puso los cuernos —esto ya lo conté con más detalle en el post sobre víctima vs responsabilidad—, y aquello, lejos de quedarse solo en dolor, generó en mí unos celos que marcaron mi vida durante muchos años. No hablo de celos abstractos: hablo de necesitar saber dónde estaba en cada momento, de preguntarle con quién iba y a dónde iba, de estar pendiente del móvil esperando a que me escribiera. Lo que al principio fue un trauma por una infidelidad acabó siendo mucho más profundo y doloroso que el hecho en sí, y detrás de ello había, como suele pasar, un apego que no era seguro.

Y hasta que no me puse a trabajarme —haciéndolo consciente primero, y después con terapia, autoconocimiento, honestidad y, sobre todo, con valentía, porque hay que ser valiente— no fui capaz de sanar nada de todo eso. Porque si no lo trabajas, lo que consigues es proyectar a nivel inconsciente, una y otra vez, a personas que reafirmen tu incapacidad de estar en una relación sana: lo llevas integrado como trauma, y de manera inconsciente lo sigues reafirmando constantemente, proyectando a gente como tú. Muchas veces, además, ese control disfrazado de celos esconde uno de los miedos más habituales en la pareja: el miedo a que te vuelvan a hacer daño.

Los celos se pueden reparar y se pueden sanar, con el mismo trabajo que te he contado: terapia, autoconocimiento y valentía. Así que pregúntate: ¿te cuesta estar tranquilo o tranquila cuando no sabes nada de tu pareja durante unas horas? ¿Revisas el móvil de tu pareja aunque sepas que no deberías? ¿Necesitas que te mande un mensaje para saber dónde está? ¿Le preguntas a dónde va y con quién va? Aquella infidelidad ya pasó, y esa herida, que en su momento fue profunda, hoy puedo decir con total certeza que está completamente cerrada, sin posibilidad de abrirse. Y eso es importante, porque si no la cierras, si no la trabajas, es muy fácil que, con el paso del tiempo, se vuelva a abrir. Es exactamente el tipo de trabajo que hago en el programa de reconstrucción.

Hombre de alto valor, conectado a su ser... o trampa del ego

Sigo con lo que dejé abierto ayer al hablar de las creencias que te limitan, porque hay una pieza más de autoconocimiento que quiero desarrollar bien: ¿eres un hombre de alto valor? ¿O estás conectado a tu ser? He escuchado los dos términos en muchos sitios distintos, y los dos me hacen sentido. Para mí, en el fondo, son lo mismo, aunque con matices. Y esos matices dependen muchas veces de quién lo diga y desde dónde: cada uno tira para el término que mejor le sirve para autovalidarse.

Voy a intentar explicar bien lo que significa para mí. Un hombre de alto valor, o conectado a su ser, es aquel que sabe gestionar sus emociones, que ha trabajado sus traumas y sus creencias limitantes, y que está profundamente conectado con su propósito. No niega sus emociones, las muestra. Siente y muestra su vulnerabilidad sin miedo. Y cuando detecta un miedo, no lo esquiva: va a por él, lo identifica, y ese miedo deja de bloquearlo. Tiene su masculinidad y su feminidad bien compensadas —de esto ya hablé en otra entrada, y para mí es clave—. Sus valores van en consonancia con sus principios, tiene coherencia interna, no busca estímulos externos ni personas que lo validen, y se hace cargo de sí mismo. No se victimiza, y cuando lo hace, se da cuenta.

Para mí, esta es la definición clara de un hombre de alto valor o conectado con su ser. Pero aquí viene el pero: escucho a mucha gente que habla hoy de estos temas, y cuando entran en terreno de fumar o de otros estímulos externos, lo dejan todo en "depende de lo que hagas con ello", sin definirlo como bueno o malo en sí mismo. Y en parte estoy de acuerdo, porque el estado desde el que haces algo sí importa. Es como cuando dejas una pareja: no es lo mismo dejarla desde la paz que dejarla desde la tormenta, en medio de una discusión y del conflicto. El resultado —la ruptura— es el mismo, pero cómo llegas a él, y lo que te deja dentro, cambia por completo. Con fumar pasa igual: no es lo mismo fumarte un cigarro desde la calma que fumártelo desde la ansiedad que necesitas tapar. Eso importa, y ahí les doy la razón.

Pero es justo ahí, en ese "depende", donde muchos pierden la coherencia sin darse cuenta. El cigarro, las tres o cuatro copas de vino de vez en cuando, se meten en el cajón de lo "ligero", de lo que se justifica con más facilidad. Pero dale la vuelta a la pregunta: si en vez de un cigarro o una copa de vino habláramos de droga, ¿seguirías diciendo que depende de lo que hagas con ello? Si la respuesta cambia según la sustancia, ya no es un principio real: es tu ego eligiendo qué defender según lo que tú mismo haces.

Pero eso es un eje, y hay otro eje completamente distinto que no cambia por mucha paz que le pongas: el daño físico. Ahí es donde es muy fácil engañar a tu ego, diciéndote que eres un hombre de alto valor o conectado con tu ser mientras te fumas cinco cigarros al día, sabiendo positivamente que a tu cuerpo eso no le hace ningún bien. Da igual desde qué estado te los fumes: esos cinco cigarros, a tu cuerpo, bien no te van a hacer. Eso, para mí, es así, sin matices. El estado emocional matiza una cosa, la otra no.

Esto lo he visto muchas veces, y no dudo que estas personas sean de alto valor en muchos otros aspectos. Pero justifican que fumar no está mal, o que beber de vez en cuando tampoco pasa nada, y ahí se quedan: no extienden la misma lógica a lo que ellos no hacen. Es selectivo, y lo selectivo del argumento es la señal de que no es un principio, es una trampa del ego.

Y es aquí donde quiero meter un poco de consciencia. Si te consideras un hombre de alto valor o conectado con tu ser, y sabes que ciertas cosas no te van a hacer bien —ni a tu cuerpo ni a tu mente—, la pregunta no es si es bueno o malo en abstracto. La pregunta es si estás siendo brutalmente honesto contigo mismo cuando te repites ese discurso.

Y hay una capa más honda que quiero dejar apuntada, aunque sea incómoda. A veces un pequeño vicio —esos cinco cigarros— no es solo un capricho: está ahí conteniendo una ansiedad de fondo. Y si te preguntas si eso está bien o mal, mi respuesta es: depende de qué esté sosteniendo debajo. Porque si ese cigarro te está evitando llegar a un desbordamiento emocional mucho mayor, en ese momento concreto puede que te esté protegiendo, sí. Pero si te fijas en el fondo, tampoco estás gestionando la emoción: la estás conteniendo desde fuera, no trabajándola desde dentro. Y eso, aunque funcione como parche, sigue siendo evitación.

Así que la pregunta que dejo hoy es esta: ¿eres brutalmente honesto contigo mismo, y distingues cuando tu ego te está manipulando para hacerte creer que cinco cigarros al día no tienen por qué ser malos, o cuatro copas de vino no tienen por qué ser malas, o que de vez en cuando algo más fuerte tampoco está tan mal, "depende de dónde lo hagas"? Ahí lo dejo.

Tus creencias te están haciendo sufrir y tú no lo sabes

Una creencia, para quien no lo tenga claro, es un pensamiento que se instala en tu inconsciente y que das por verdadero: te lo crees, sin más. Para poder trabajártela y trascenderla, primero tienes que hacerla consciente. Y aquí quiero dejar algo claro desde el principio: no hay creencias buenas ni malas. Lo que sí hay son creencias que, según seas tú y cómo las uses, te fortalecen o te limitan.

Te pongo varios ejemplos míos a continuación: de pequeño me pudieron decir algo así como que no valía para montar negocios. Aparentemente, una creencia negativa. Pero yo la cogí con fuerza, y digo fuerza en el sentido de refuerzo negativo: como me han dicho esto, te lo voy a demostrar por mis cojones. Y esa misma creencia que a otra persona la hubiera hundido, a mí me sirvió para tirar para adelante y demostrarme, a un nivel muy profundo, que sí podía. Independientemente de que luego te pegues la hostia o no —eso ya es otro tema—, lo importante es que la misma creencia, en otra persona con otro carácter, funciona justo al revés: la limita en vez de empujarla.

Otro ejemplo mío, este uno que sí me limitó, y bastante: "los hombres fuertes no lloran, solo los débiles". Esa creencia me la dejó grabada mi padre con una frase lapidaria cuando tenía quince años. Me había dejado mi primera novia, y él me pilló llorando en mi habitación; entró y me lo soltó tal cual. Mi padre era mi referente en ese momento, así que esa frase se instaló como una verdad sólida. Y durante muchísimos años no me permití llorar ni mostrar ninguna emoción: cada vez que sentía ganas de hacerlo, me contenía, sin ni siquiera entender por qué estaba castrando así lo que sentía. Tuve que llegar, ya de adulto, a un máster, para que un profesor trabajara esto conmigo en clase. Y ahí, delante de veinticinco compañeros, fui capaz de llorar por primera vez en años. Con el tiempo hice consciente esa creencia y la trabajé, y fui capaz, poco a poco, de llorar en momentos concretos de mi vida. Si soy honesto, no lloro de una manera desahogada, todavía me cuesta y no tanto como me gustaría, pero lloro muchísimo más que antes, y tengo que reconocerme todo el trabajo que llevo hecho. La misma persona, dos creencias completamente distintas: una la convertí en gasolina, la otra tardé años en empezar a soltarla.

Y esto también me pasó a mí. Con dieciséis años estaba saliendo con mi segunda novia, y ella se fue a una fiesta del colegio. A los pocos días me enteré de que me había puesto los cuernos con un chico al que yo ni conocía. Me sentí traicionado, humillado. Y ese golpe se instaló en mí como una creencia: tenía que desconfiar, vigilar, tener cuidado con que mis futuras parejas salieran de fiesta, porque podían beber y ponerme los cuernos. Durante muchísimos años eso me generó un trauma real: pensaba que todas las chicas, todas las mujeres, acababan haciendo lo mismo. Me condicionó las relaciones durante mucho tiempo, hasta que un día empecé a observarme y a preguntarme por qué desconfiaba tanto. Hoy lo tengo completamente sanado: entendí que el problema no era de ellas, era que no confiaba en mí mismo, y que toda esa desconfianza no era más que una proyección mía, y era justo lo que necesitaba para aprender y evolucionar. Con el paso del tiempo, esto, cuando se entiende, es muy poderoso.

Imagínate estos dos hechos juntos: dos chicas, en dos momentos distintos de mi adolescencia —una que me dejó, otra que me puso los cuernos—. Imagínate qué creencia, qué trauma se puede quedar instalado en un chaval de quince, dieciséis años con eso encima. Con el paso del tiempo lo fui entendiendo y lo trabajé, pero durante años pesó mucho más de lo que yo mismo era consciente.

Y ahí es donde empieza el problema, porque esa creencia se instala en tu software (tu inconsciente), no en tu hardware (tu cerebro), y a partir de ese momento todo lo que vivas te la recuerda. Te han sido infiel una vez, como me pasó a mí, y tu cabeza monta: "todos los hombres son iguales", "todas las mujeres son iguales". No es verdad, no lo son, pero es lo que tú te has guardado. Y esto quiero que lo tengas muy claro: no es lo que te ha pasado, es lo que haces en tu cabeza con lo que te ha pasado. La película que te montas con ello.

El mayor sufrimiento de las personas son las creencias que tienen —repito, ni buenas ni malas en sí mismas—, pero que, según cómo estés diseñado tú, te acaban limitando. Por eso lo importante es esto: identificar qué creencia te está limitando, de dónde viene y cuándo se instaló. Si eres capaz de rastrearla hasta su origen, eres capaz de darle la vuelta, de enfrentarte a ella y de trascenderla. Ahí está la clave de tu bienestar emocional y de tu sufrimiento.

Así que te pregunto, como siempre: ¿has identificado qué creencia o creencias —normalmente hay más de una— te están limitando y te están haciendo sufrir en tu día a día? ¿Qué vas a hacer ahora que la has identificado? ¿O prefieres seguir como estás, sufriendo toda la vida, sin calidad de vida, limitándote en tus relaciones de pareja o en tus relaciones personales? Si es así, aquí puedo ayudarte: es exactamente el tipo de trabajo que hago en el programa de reconstrucción.

Masculinidad y feminidad rota: ¿por qué no encuentras hombres masculinos?

Sigo dándole vueltas a algo de lo que ya hablé al escribir sobre parejas polarizadas, porque creo que hay una pieza más que merece explicarse con calma: de dónde viene, concretamente, esa polarización.

Durante más de cuatro décadas veníamos observando un estereotipo de pareja bastante estable: el hombre era, digamos, el símbolo de la estructura familiar, el que trabajaba, el que proveía, el que mayormente lideraba y daba seguridad en casa. Hablo en general, claro. La mujer, mientras tanto, estaba en un segundo plano solo en apariencia, porque era quien cuidaba de los hijos y de la familia, quien daba regazo, quien tenía esa capacidad de empatía, de calma, de entender a los hijos y al marido. No digo que uno fuera mejor y el otro peor: eran roles que se complementaban. Y quiero dejarlo claro, porque la sociedad muchas veces ha dado a entender lo contrario: describir este modelo no es defender una postura machista, es simplemente reconocer que eran dos energías complementarias, ninguna por encima de la otra.

¿Qué ha pasado desde entonces? Que, sobre todo en las últimas tres décadas, todo esto se ha polarizado. Los hombres se han afeminizado y las mujeres se han masculinizado. Y cuando digo esto no hablo de lo físico, sino de energía. ¿Por qué ha ocurrido? Porque muchos hemos crecido viendo un modelo concreto en casa: al haber divorcios o separaciones, la madre ha tenido, en muchísimos casos, que cargar sola con todo. Se ha puesto a trabajar, ha tenido que liderar, ha tenido que ordenar y decidir, ha tenido que dar la seguridad —esa seguridad física que normalmente le correspondía al padre— y además ha seguido dando el regazo y la estabilidad emocional. Mientras tanto, el padre, en muchos de esos casos, ha salido de casa y no ha ocupado ninguno de esos roles.

¿Qué ha ocurrido con los hijos que crecieron en esa situación? Que han copiado, de forma inconsciente, la energía de quien ejerció de referente en casa —y esa energía, muchas veces, era la de la madre, pero polarizada por tener que asumir sola todos los roles a la vez. Esto es, para mí, una de las cosas que más se ha confundido con el tema de la igualdad. Y así, con el tiempo, terminamos teniendo hombres con cuerpo físico masculino pero energía muy femenina, y mujeres con energía muy masculina, según qué progenitor copiaron.

Hablando con muchísimas personas, me encuentro constantemente con mujeres que se quejan de que no encuentran hombres masculinos. Y es que lo masculino necesita dirección, necesita seguridad —sobre todo física—, necesita propósito, necesita jerarquía, necesita orden, necesita límites; necesita, en el buen sentido de la palabra, ordenar y mandar con naturalidad, sin polarizar, sin hacerlo de malas maneras. Un hombre bien anclado a su masculinidad. Y hoy, esto ocurre bastante menos.

Y luego llega la pareja, y ahí es donde todo esto se traduce en algo muy concreto. Muchas veces llega una mujer con energía muy masculina que, de manera inconsciente, busca a un hombre que se complemente con ella: un hombre con energía femenina. Con los hombres pasa algo a la inversa: un hombre con energía femenina, cuyo referente ha sido una madre que cuidó, protegió y proveyó, busca de manera inconsciente a una mujer con energía masculina que le pueda proveer, darle dirección, protegerlo y cuidarlo, aunque él no sea consciente de ello.

Y esto es importante entenderlo bien: cuando digo que alguien busca de manera inconsciente a su padre o a su madre en la pareja, me refiero a que busca, sin saberlo, a la persona que fue su referente al crecer. Me pongo a mí mismo de ejemplo: yo tuve como referente a un padre con mucha energía masculina, así que de manera inconsciente buscaba en mis parejas un poco a mi madre —esa mujer que me cuidara, que me diera cariño, que me entendiera, que me diera ese regazo. Pero en mi caso mi energía no estaba disfuncional: era una energía correcta, solo que muy volcada hacia el lado masculino, el de mi padre, y tenía mi parte femenina bastante desatendida. Por eso, poco a poco, fui trabajándome ese lado femenino. Esto es importante distinguirlo: mi modelo era totalmente funcional, simplemente estaba descompensado.

Nombrar esto no es buscar culpables, ni en nuestros padres ni en nosotros mismos. Es, simplemente, el primer paso para dejar de repetir en la pareja un patrón que se instaló mucho antes de que eligiéramos a quien tenemos al lado. Y como pasa con casi todo lo que trabajo en el programa de reconstrucción, identificar desde dónde estamos viviendo —desde el patrón heredado o desde una elección consciente— es lo que abre la puerta a relacionarnos de otra manera.

Si quieres ponerlo a prueba, hazte esta pregunta con honestidad: ¿a quién de los dos, a tu padre o a tu madre, estás copiando de manera inconsciente? Porque a uno de los dos lo estás copiando, aunque no te des cuenta. Y a partir de ahí, observa cómo es tu pareja —o cómo te gustaría que fuera, si todavía no la tienes— para ver cuánto de todo esto resuena de verdad en tu caso.

Vulnerabilidad vs. Debilidad

Durante muchos años, si alguien me preguntaba cómo estaba, yo respondía "todo bien" aunque por dentro sintiera un vacío existencial importante, no encontrara mi lugar, o estuviera en un trabajo o una relación que no me llenaba. No lo hacía por los demás: lo hacía porque tenía miedo a que me vieran débil los demás. Quería hacerme el machote, aparentar que todo iba bien, tapar mi inseguridad y mi falta de autoestima. Y ahí es exactamente donde llevaba años confundiendo dos cosas que no tienen nada que ver entre sí: vulnerabilidad y debilidad.

Mostrarte vulnerable no significa que seas una persona débil. Simplemente te estás exponiendo, porque ya no tienes miedo a ser juzgado. Y cuando te abres en un entorno donde te sientes seguro, sueles sentirte correspondido, escuchado, comprendido. Muy poca gente hoy es capaz de exponerse emocionalmente, porque arrastra demasiados complejos e inseguridades, y ahí es exactamente donde entra la debilidad: toda persona que tiene miedo a ser juzgada y no es capaz de sentirse vulnerable se está moviendo desde la debilidad. Por eso mismo, la mayoría de las personas mienten cuando les preguntan cómo están, precisamente porque no quieren que se les vea débiles.

Por eso invito a que vayas abriéndote poco a poco, a pequeñas dosis, no de golpe ni con cualquiera. Un ejemplo que a mí me funcionó: con tu persona de confianza, exponerte y hablar de ti, no de los demás. No se trata de contar algo de tu pareja, tu padre o tu madre, sino de decir cómo te sientes tú: si te sientes vacío, si te sientes un impostor, si no eres capaz de dejar un trabajo por miedo, si tienes miedo de salir de una relación que ya no te llena. En vez de criticar al otro, habla de ti. Empieza por tu círculo de confianza, esas personas con las que tienes la seguridad de que no te van a juzgar, de que no van a cambiar su opinión sobre ti, de que te van a seguir respetando, aceptando y queriendo igual: eso es, en el fondo, tener un apego seguro. Y cuando trabajas esto, ocurre lo inevitable: todo se expande, y lo primero que se abre eres tú. Ganas amor propio, autoestima, autoconcepto. Y llega un punto en que la vulnerabilidad deja de sentirse como un riesgo: se convierte, sin más, en tu forma natural de estar en el mundo.

Conforme he ido evolucionando, he ido adquiriendo nuevas herramientas —en el coaching, en la terapia, en los másteres, en el autoconocimiento, en el desarrollo personal, en el autoconcepto— que me han dado esa capacidad para resolverme y no necesitar solamente a las personas que me inspiran confianza, siendo capaz de mostrar mi vulnerabilidad ante mucha gente, sin que me importen sus juicios, porque sus juicios hablan más de ellos que de mí. Esa es una ley que, cuando la entiendo de verdad, me da tranquilidad: la crítica ajena está hablando siempre de quien la hace, no de quien la recibe.

Hazte cargo de tu víctima

Hacerte cargo de la víctima que llevas dentro es, en el fondo, responsabilizarte de tus propias acciones, tanto de lo que haces hoy como de lo que ya pasó. Y aquí quiero ser muy claro con algo antes de seguir: todos, absolutamente todos, hemos sido víctimas de pequeños. Con cuatro, cinco o seis años no teníamos ningún tipo de responsabilidad, ni recursos, ni capacidad de decidir nada. Si nos pasaron cosas —un padre muy exigente que no te decía cosas positivas, sino que te decía constantemente cosas negativas; una madre que no supo demostrar su cariño; un amigo que nos hizo bullying; un profesor que no contaba contigo— fuimos víctimas de verdad, sin haber hecho nada para merecerlo. Eso hay que entenderlo y sostenerlo con compasión hacia el niño que fuimos.

El problema aparece después. Porque una cosa es haber sido víctima con seis años, cuando no había nada que pudiéramos hacer, y otra muy distinta es seguir vibrando en ese rol con cuarenta o cincuenta, cuando ya tenemos autoconocimiento y capacidad de indagar en nosotros mismos. Si a esa edad seguimos perpetuando el pasado a través de nuestros padres o de lo que nos hicieron en el colegio, ya no estamos siendo víctimas: estamos eligiendo quedarnos ahí. Y mientras sigamos ahí, no vamos a evolucionar, no vamos a coger perspectiva ni vamos a sanar.

Lo digo con conocimiento de causa porque yo he estado ahí muchos años, poniéndome en el papel de víctima sin darme cuenta: "la gente me rechaza por mis pintas", "me para la policía porque llevo pintas raras y yo no he hecho nada, pero siempre soy un blanco fácil en los controles rutinarios", "siempre que pasaba algo, me criticaban a mí". Durante mucho tiempo alimenté ese papel y lo reforcé, y cuanto más lo reforzaba, más me creía ese personaje: era mi manera de no trabajarme. Mientras no veas que estás actuando desde ahí, tus propios pensamientos siguen alimentando esa víctima, y siempre tendrás una justificación a mano —que es, precisamente, la prueba de que no te estás haciendo cargo de ti.

Hacerte cargo de ti es justo lo contrario: es mirar la vida de frente, aceptar lo que te ha pasado y sacar de ahí una lectura, entendiendo que en el fondo tenías algo que aprender de esa situación. Aceptarlo, abrazarlo, integrarlo. Y en el momento en que haces ese trabajo, la víctima empieza a desaparecer sola. No de golpe, sino poco a poco: vas sanando, vas soltando ese rol, y vas adoptando otro completamente distinto, el de la responsabilidad sobre ti mismo.

Esto se repite en frases que oímos constantemente: "es que mi jefe es un cabrón", "es que mi pareja me ha puesto los cuernos", "es que no tengo dinero y los empresarios son los explotadores", "es que soy incapaz de cobrar más de mil quinientos euros". A veces la explotación es real, y no me lo voy a inventar. Pero incluso dentro de una situación injusta, hay quien se mueve —busca otra opción, negocia, se forma, se marcha— y hay quien se queda quieto, quedándose en la queja año tras año sin mover un dedo. Ahí, en ese quedarse quieto, está el no merecimiento: no confías en que puedas cobrar más, y ese rol de víctima es exactamente lo que te lo hace creer. Salir de ahí y responsabilizarte es lo que abre la posibilidad real de transformar tu situación.

Esto conecta directamente con algo que ya escribí sobre nuestra sombra: la víctima que no revisamos también es una parte de nosotros que preferimos no mirar, y que por eso sigue actuando desde la oscuridad. Y tiene mucho que ver con la coherencia interna: mientras vivas justificando lo que te pasa en vez de responsabilizarte, es imposible estar alineado con lo que sientes, piensas, dices y haces.

En mi caso, soy consciente de que ya no necesito esa historia que me contaba constantemente para reforzar mi rol de víctima. Ese niño al que dejaban en la última fila, al que criticaban, al que le costaba sentirse visto, ya no necesita que yo siga repitiendo su relato para explicarme quién soy hoy. Le debo respeto y compasión, no una condena a seguir viviendo desde su herida. Y el día que tú sueltes la tuya, tampoco la vas a necesitar.

Conejito Duracel vs. Empotrador Sensible

Este post lo escribo con cariño, aunque el tema sea incómodo, porque creo que merece la pena ponerlo sobre la mesa. Hace años, cuando estaba estudiando uno de los másters que hice, una de las profesoras me dejó particularmente bastante descolocado. Hablaba de dos tipos de hombre en la cama: el conejito Duracel y el empotrador sensible. Recuerdo que en su momento a mí, como hombre, me removió escucharlo, porque pensé "no se puede generalizar así". Pero ella insistía en que, en un porcentaje muy alto, los hombres funcionamos de una manera y las mujeres necesitan otra completamente distinta.

El conejito Duracel es el que se dedica básicamente a introducir el pene en la vagina, sin invertir tiempo en lo que se llaman los preliminares, ni en erotizar a la mujer. Puede eyacular pronto, aunque no tiene por qué: también puede tardar más, pero básicamente lo resumo como un metesaca, introducir y sacar (ya sabéis a lo que me refiero). Cuando sí eyacula pronto, enlaza con lo que ya conté en el post sobre la eyaculación precoz en silencio. Pero, rápido o no, ¿qué pasa con este tipo de encuentro? Que la mujer se queda a medias, no disfruta, no llega al orgasmo y, por supuesto, ni hablar de que eyacule —aunque, como ya expliqué en el otro post, orgasmo y eyaculación pueden ir juntos o ir cada uno por su lado—. Mi profesora comentaba que a su consulta llegaban muchas mujeres con esa misma frustración: hombres que solo pensaban en su propia satisfacción, iban al grano y ya está.

Y aquí está lo que de verdad importa: la mujer necesita otra cosa. Necesita que se invierta tiempo de calidad en ella, que se juegue con ella. El cuello, los pies, los brazos, los labios, acariciar todo su cuerpo, incluso un pequeño masaje, son zonas erógenas tanto o más importantes que los genitales. Introducir el pene o los dedos en la vagina no es el principio de todo, es lo último. Y es precisamente ahí, en ese recorrido previo, donde la mujer empieza a calentarse de verdad. El problema es que, en la mayoría de los casos, cuando ella por fin empieza a activarse, el hombre ya ha eyaculado. Y ahí queda toda esa frustración acumulada de la que hablaba mi profesora.

El empotrador sensible es justo lo contrario: un hombre con la sensibilidad suficiente para saber encontrar esas zonas erógenas, jugar con ellas, estimular bien, conocer el punto G y, por supuesto, penetrar con la masculinidad suficiente, sin caer en el papel de actor porno. Hoy en día se habla bastante más de esto que hace unos años, cuando el tema estaba mucho más censurado. Pero seguimos partiendo de una base curiosa: si le preguntas a un hombre qué tal es su relación sexual, con su pareja, con su mujer o con alguien con quien lleva poco tiempo, la inmensa mayoría te va a decir que es maravillosa, que él la deja plenamente satisfecha. Sin embargo, si les preguntaras a esas mismas mujeres, no todas contestarían lo mismo. Hay un sesgo muy claro entre cómo lo vive un hombre, con su ego, y la realidad que vive ella. Y es en terapia, cuando de verdad se explayan y se sinceran, donde muchas mujeres exponen lo que es casi un grito a voces: que sus parejas no saben cómo erotizarlas, que no conocen sus zonas erógenas y, sobre todo, que no invierten tiempo en jugar con ellas.

Por eso me parece tan importante que un hombre conozca de verdad las zonas erógenas de la mujer: para poder darle placer sin quedarse en el "llegar y meter". Hoy hay muchísima información disponible para quien quiera formarse en esto, pero esa información hay que verificarla y, sobre todo, contrastarla con la experiencia vivida. Hace poco vi un vídeo en YouTube donde una mujer confundía la eyaculación femenina con el squirting, como si fueran lo mismo —ya escribí sobre por qué no son lo mismo—, así que cuidado con dónde sacas la información, incluida la que yo mismo comparto aquí: contrástala siempre.

Así que te dejo la reflexión, según seas hombre o mujer. Si eres hombre: ¿de verdad crees que conoces bien las zonas erógenas de la mujer? ¿Inviertes tiempo de calidad en erotizar a tu pareja, o simplemente das por hecho que ya lo sabes y que va a tener placer? Y si eres mujer: ¿estás siendo lo bastante honesta como para decirle a tu pareja qué necesitas, dónde están tus zonas erógenas y dónde está tu punto G, en vez de esperar a que lo adivine? Es un trabajo que también forma parte de lo que acompaño en el programa de reconstrucción, porque la comunicación sexual, con la incomodidad que a veces trae, es tan importante como cualquier otra. Si te surge alguna pregunta más sobre esto, déjala, que seguimos hablando.

¿Estás en crisis? Enhorabuena, yo también

Si estás en crisis, enhorabuena: es una buena oportunidad para que pares, reflexiones y empieces a trabajarte, porque algo en ti te está pidiendo que cambies. Para mí, una crisis es uno o varios acontecimientos que van sucediendo, o que te suceden de golpe, y que hacen que todo el molde de vida que llevabas hasta ese momento deje de tener sentido. Ya no sabes hacia dónde ir. Lo que antes te sostenía, tus certezas, tu rutina, tu manera de entender quién eras, deja de funcionar, y todavía no tienes nada nuevo con lo que sustituirlo.

Muchas veces una crisis llega con la muerte de un ser querido; en mi caso, primero mi padre y después mi madre. Otras veces llega en silencio, cuando los trabajos o los negocios que tienes ya no te llenan, por mucho dinero que te den, porque simplemente no vibras con ellos. Ahí me expongo yo también: he tenido negocios que funcionaban bien económicamente y aun así no me aportaban nada por dentro, hasta que entendí que el dinero no lo es todo, o al menos que no lo es todo para mí. Una crisis también es no saber hacia dónde vas, esa incertidumbre de no tener claro qué es lo próximo con lo que vas a vibrar en tu día a día — y ahí también estoy yo ahora mismo, sin tener todavía claro hacia dónde voy. Y puede llegar, por supuesto, con una enfermedad grave, algo que afortunadamente no he vivido en primera persona, aunque sé por las personas con las que hablo lo profundo que es.

El divorcio, o las rupturas sentimentales en general, son otro de los grandes disparadores. Yo he pasado por dos divorcios, y por muchas rupturas de pareja a lo largo de mi vida, porque la crisis no tiene por qué venir solo de un divorcio: una buena ruptura sentimental puede provocar exactamente el mismo terremoto interior. Y la edad a la que te llega cambia por completo el tipo de dudas existenciales que aparecen: no es la misma pregunta "¿qué hago ahora con mi vida?" a los veintiocho que a los cuarenta y nueve o cincuenta.

Sea cual sea el detonante, la crisis casi siempre nos está avisando de algo: de que hay algo dentro que necesitamos revisar, y de que tenemos delante una buena oportunidad para hacerlo. El problema es que la mayoría de las veces no nos permitimos atravesarla, porque en cuanto aparece ese vacío salimos corriendo a buscar estímulos fuera, algo externo que actúe como placebo, como una aspirina que nos quite el malestar sin que tengamos que mirar de frente esa oscuridad. Y es precisamente esa oscuridad la que hace falta atravesar para poder florecer de nuevo: seguir siendo la misma persona, pero habiendo trabajado lo que había que trabajar, desde un lugar más sano y más en paz contigo mismo, no desde uno que finge que aquí no ha pasado nada.

Lo que no puedes hacer es saltarte el proceso. Tener una crisis y decir "venga, voy a reírme, voy a salir con los colegas, me voy a desinhibir, me voy a emborrachar" no te lleva a ningún sitio, igual que meterte en una red social a ligar o a buscar pareja al día siguiente de una ruptura tampoco es sanar, es desviarte del camino. Una pareja no te va a quitar tu crisis, y eso es precisamente lo que mucha gente no entiende. Si de verdad quieres sanar una crisis, tienes que empezar por sentir ese dolor, esa tristeza, ese vacío, sin prisa por taparlo. Es esa tristeza, transitada y no evitada, la que al final se transforma y te permite salir del otro lado.

Es exactamente el tipo de proceso que acompaño en el programa de reconstrucción: aprender a quedarte con lo que la crisis te está mostrando en lugar de taparlo con la primera distracción que encuentras. Así que, si ahora mismo estás en medio de una, te dejo las preguntas con las que merece la pena quedarte a solas: ¿para qué estoy teniendo esta crisis? ¿Qué necesito ver dentro de mí que no estoy viendo? ¿Qué es lo que tengo que revisar?

Vampiros energéticos: cuando alguien te usa para descargar su rabia, y ni siquiera lo sabe

¿Cuántas veces te ha llamado alguien solo para vaciarse contigo? A mí me ha pasado, y no una sola vez, así que esto lo cuento también desde mi propia experiencia vivida. Hay un tipo de persona con la que casi todos nos hemos cruzado, ya sea en la familia, en la pareja, entre los amigos o incluso con los propios hijos: alguien que te llama, o que se acerca a ti, únicamente para descargar su rabia y su ira. Muchas veces ni siquiera te deja hablar, porque ya trae su discurso prefabricado, sus verdades bien colocadas, su estructura montada de antemano. A esto lo llamo un vampiro energético.

Y quiero dejarlo claro desde el principio: no es que esa persona se quiera aprovechar de ti de forma consciente. Es que te utiliza, energéticamente hablando, para desahogar toda su incomodidad con la vida. Son personas que necesitan la energía de alguien de quien poder sostenerse, y lo hacen sin darse cuenta. Por eso es tan importante aprender a detectarlo: porque está a la orden del día, y porque cuanto antes lo detectas, más consciente estás siendo para abordar esa conversación incómoda.

Con un desconocido, o con alguien del trabajo con quien no tenemos ningún vínculo emocional, esto no supone ningún problema: nos alejamos y ya está, lo sabemos hacer todos. El verdadero trabajo aparece cuando esa persona es familia de sangre, pareja, o un amigo o amiga a quien quieres mucho y con quien llevas muchos años: alguien con quien tienes, en definitiva, un vínculo emocional fuerte y de amor. Ahí cuesta muchísimo más alejarse, verlo y nombrarlo, porque hay emociones y vínculos que nos atan a esa persona, y porque soltar duele.

Para poder verlo con claridad hace falta tener trabajada la autoestima y el autoconcepto propio, esa coherencia interna de la que ya he hablado otras veces: darte cuenta de que esa persona, de manera inconsciente, no busca hacerte daño por maldad, sino que necesita usarte para vaciar su rabia, su ira y su incomodidad de vivir la vida desde el amor y desde la coherencia interna.

¿Y cómo actuar cuando el vínculo es de ese tipo, de familia, de pareja o de una amistad de años? Lo primero es intentar hablarlo con esa persona, no para tener razón, sino para nombrar lo que sientes: decirle que sientes que te llama para desahogarse, pero no de una forma tranquila, con cariño, sino con rabia y cargándolo todo contra ti en ese momento, porque en cuanto le dices algo que no quiere escuchar, explota. Y al mismo tiempo, si tú solo escuchas y nunca dices nada, estás alimentando todavía más ese ego, ese monstruo. Así que la manera de actuar es decírselo con amor, con cariño y con asertividad, dentro de tu capacidad de hacerlo. Ahora bien: tú no eres responsable de cómo se lo tome la persona que tienes enfrente.

Y si después de intentarlo, te toca alejarte para cuidarte y protegerte, tienes que hacerlo, aunque sea con una persona de primer grado, de tu propia sangre o a la que quieres muchísimo. Ese es precisamente el trabajo: desapegarte de quien no vibra en amor, sino en victimismo, en rabia y en ira, para no acabar cargando tú después con el malestar y con esa culpa, que es la emoción más nociva que hay.

Porque si tú actúas desde tu coherencia, desde tus valores y tus principios, puedes estar en paz aunque aparezca una emoción como la tristeza. Eso es completamente normal y lícito: soltar duele, incluso cuando sueltas lo que quieres y lo que amas, sabiendo que te hace daño, de manera consciente o inconsciente. Es exactamente el tipo de trabajo que hago en el programa de reconstrucción: aprender a distinguir cuándo estás dando apoyo desde el amor y cuándo estás siendo usado como desahogo, y a poner los límites que hacen falta sin cargar con una culpa que nunca fue tuya. Así que te dejo las preguntas: ¿desde dónde sostienes esa relación? ¿Para qué la mantienes, sabiendo que no te hace ningún bien? Y sobre todo, ¿qué pasaría si la soltaras, y cómo imaginas que te sentirías después, una vez la hubieras soltado?

¿El dinero corrompe, o ya estabas vacío antes del dinero?

Sé que este post puede herir la sensibilidad de muchas personas, y aun así lo voy a escribir, porque es algo que llevo observando muchísimo tiempo y creo que merece la pena ponerlo sobre la mesa. Lo digo, como siempre, desde el cariño y no desde el juicio: yo he estado en las dos orillas, con dinero y sin él, y hablo con conocimiento de causa.

Ya lo he contado en otros posts: me gusta mucho observar, y hay un patrón que se repite. Buena parte de las personas que tienen mucho dinero, en un porcentaje alto de los casos que yo he vivido de cerca, son personas a las que les cuesta mirar a los ojos, e incluso mostrarte su mejor sonrisa o su mejor amabilidad. Pero, sin embargo, les cuesta muy poco enseñar su coche, sus joyas, que se les vea bien la marca de la ropa. Enseguida se les escapa dónde viven, qué tienen. Y sin embargo, cuando la conversación se pone de verdad profunda —emociones, crecimiento personal, desarrollo interior— se quedan vacías, o les cuesta muchísimo sostenerla.

Y aquí viene lo curioso, lo que de verdad me hizo escribir esto: yo no sé lo que tienen esas personas ahorrado, ni tengo ni idea, ni me interesa. Pero sí veo que muchas de ellas van a los supermercados más económicos, con coches aparcados fuera valorados en cuarenta, cincuenta o sesenta mil euros. Y cuando te fijas luego en sus carros, te das cuenta de que compran la comida más barata que hay. Cuidan muchísimo el exterior —lo que se ve— y muy poco el interior: lo que se meten en el cuerpo, lo que cultivan en la mente, la coherencia con la que viven.

Y me parece que está un poco todo al revés. Muchas de las personas que no le dan tanta importancia al dinero sí que cuidan más su interior. Y muchas de las que le dan muchísima importancia al dinero y a lo material, cuidan bastante menos su cuerpo, su alimentación, su mente, su coherencia interna.

Esto no va de exponer coches ni joyas por exponerlos. La pregunta que de verdad me interesa es otra: ¿para qué necesita alguien que le vean todo eso? ¿Para qué necesita exhibir lo que tiene? Porque en mi experiencia, y hablo también de mí mismo en otra etapa de mi vida, esa necesidad casi siempre viene del mismo sitio: inseguridad, falta de autoestima, falta de autoconcepto. Quienes me conocen desde hace más de veinte años, desde que yo rondaba los treinta, sabrán perfectamente de lo que hablo. Y muchas de esas personas ni siquiera saben que les falta, porque llevan tanto tiempo camuflándolo con cosas materiales que se han acostumbrado a ese personaje egoico del que ya hablé al escribir sobre nuestra sombra: el que se construye para demostrar a los demás lo relevante que es, en vez de mostrarse tal cual es.

Yo necesité durante años que la gente me viera como una persona de éxito, con dinero, con estatus. Y a través de eso me validaba, dejaba que me validaran los demás. Estaba muy, muy equivocado, aunque en su momento no lo veía así. Esto lo puedes ver con perspectiva, y por eso puedo hablar hoy como hablo. No quiere decir que tenga la razón, ni que esto aplique a todo el mundo: es una reflexión, no una sentencia.

Así que no, no creo que sea el dinero el que corrompe a nadie. Creo que el dinero, simplemente, amplifica lo que ya había antes. Si una persona ya tenía inseguridad, vacío o necesidad de validación externa, el dinero se lo pone en un altavoz mucho más grande y mucho más visible. Y si una persona tiene trabajado su interior, su autoestima, su coherencia, el dinero no la cambia en lo esencial: sigue siendo la misma, solo que con más recursos.

Te dejo la reflexión, sin ánimo de juicio hacia nadie, porque insisto en que yo he vivido las dos orillas: la próxima vez que te encuentres necesitando enseñar algo material, pregúntate para qué. Y la próxima vez que te encuentres juzgando a alguien por lo que enseña, pregúntate también qué te remueve eso a ti. Ahí, casi siempre, hay algo que merece la pena mirar de frente, y es exactamente el tipo de trabajo interior que hago en el programa de reconstrucción.

Identifica tus introyecciones para no proyectarlas en tu pareja ni en tus seres queridos

Este es un temazo, porque la mayoría de la gente no tiene ni idea de lo que es una introyección. Una introyección es, básicamente, cuando llevamos instaladas dentro de nosotros ideas, creencias, normas, valores o formas de comportarnos que no son nuestras: han venido de otras personas, y casi siempre de nuestros padres.

Esto suele pasar en la infancia, antes de la adolescencia, aunque también puede aparecer durante la adolescencia; es menos probable, porque ya estamos más formados, pero puede pasar. En mi caso, recuerdo frases como "no llores, que los hombres no lloran", o a mi padre diciéndome que no valía para trabajar con personas por el carácter que tenía, que siempre estaría solo. Recuerdo también a un médico diciéndome que con los pies planos que tenía nunca podría jugar al baloncesto. Más adelante, con un negocio que quería montar: "vas a fracasar, te vas a morir de hambre". Todo eso queda instalado en el inconsciente, como un software que llevamos dentro y del que no sabemos ni que existe.

Y aquí está el problema: si no lo trabajamos, durante muchísimo tiempo nos lo creemos. Llegamos a pensar que eso es lo que somos, y eso nos limita a futuro, ya sea en el trabajo, en la relación con nuestros hijos o en la pareja.

También existen introyectos positivos —"vas a llegar muy lejos", "eres capaz de todo lo que te propongas"—, pero seamos honestos: son muchísimo menos frecuentes que los negativos.

Lo que pasa después es un círculo: recibimos introyectos de pequeños y, de mayores, proyectamos toda esa basura. Todos esos traumas, complejos e inseguridades los sacamos con quien tenemos más cerca: la pareja, los hijos, incluso con los propios padres años después. Es exactamente la misma lógica que ya conté al hablar de nuestra sombra: lo que no somos capaces de expresar ni de integrar termina saliendo igualmente, solo que de forma disfrazada o descontrolada.

¿Cómo se trabaja esto? Lo primero es ser consciente de que existen, algo que parece obvio pero que casi nadie hace: la mayoría de la gente vive con sus introyectos puestos sin saber siquiera que los tiene. Lo segundo, una vez eres consciente, es identificarlos uno por uno: cada vez que te escuches diciéndote o impidiéndote algo, para y pregúntate de dónde viene esa voz. Casi siempre vas a reconocer que no es tuya, que es la de tu padre, tu madre o quien fuera en su momento.

Lo tercero es no quedarte enganchado ahí, culpándote o haciéndote la víctima. Ni tus padres son "los malos" —muchas veces ellos también arrastraban sus propios introyectos sin saberlo—, ni tú eres esa frase que te dijeron de pequeño. Identificarlo no es para señalar a nadie, es para dejar de creerte algo que nunca fue verdad sobre ti.

Y lo cuarto, que para mí es la parte que de verdad cambia las cosas: responsabilízate de ti. Una vez sabes de dónde viene eso que sientes, ya no tienes excusa para seguir soltándolo sobre quien quieres. No le tires tu basura emocional a tu pareja, a tus hijos o a tus seres queridos solo porque a ti te la tiraron a ti en su día. Y para eso, invierte en ti: en terapia, en trabajo personal, en un proceso serio de acompañamiento. Si sientes que llevas años arrastrando estos patrones sin conseguir soltarlos, es exactamente lo que trabajo en el programa de reconstrucción.

Donde viven dos, no pueden estar seis

Llevo tiempo hablando de esto con bastantes personas, y cada vez lo veo más claro: en una relación de pareja convencional —heterosexual, para situarlo— muchas veces no hay dos personas construyendo algo juntas, sino hasta seis. Porque cada uno no solo se lleva a sí mismo a la relación: se lleva también a su papá y a su mamá. Y como sois dos, ahí ya estáis los dos, más los dos padres de uno, más los dos padres del otro.

Y esto es más importante de lo que parece. En una pareja sana, son los dos quienes toman las decisiones, co-crean juntos, hacen planes juntos, deciden juntos, visualizan juntos. Pero en muchos casos hay presencias invisibles de más: el padre, la madre, o ambos, apareciendo una y otra vez a la hora de decidir. No hablo de pedir consejo puntualmente, algo perfectamente sano; hablo de algo mucho más de fondo.

Muchas veces intentamos honrar a nuestro padre o a nuestra madre haciendo, diciendo o decidiendo lo que él o ella habría hecho, dicho o decidido en esa misma situación. Y sin darnos cuenta, acabamos más atrapados en los patrones inconscientes de nuestros padres que viviendo realmente junto a nuestra pareja.

Hablo también desde mi propia experiencia. Cuando mis padres vivían y yo tenía relaciones de pareja, los tenía presentes constantemente, tanto a mi padre como a mi madre, y en muchas ocasiones prevalecía el criterio de uno de los dos por encima del mío. Y no era casualidad: no tenía trabajada la seguridad en mí mismo, ni mi autoestima, ni mi autoconcepto —tres cosas que, más o menos, todos deberíamos trabajarnos— y tampoco tenía la confianza en mi pareja. Porque cuando tienes seguridad en ti mismo, confías en tu pareja y la admiras, puedes perfectamente pedir opinión a tus padres —muchas veces sabrán más que tú en algunos temas—, pero lo que prevalece al final es vuestro propio criterio, el tuyo y el de tu pareja, el de los dos.

¿Qué pasa cuando la pareja se equivoca, o toma decisiones que a priori no parecen las más acertadas? Si la primera pregunta que surge es "¿qué diría mi padre?" o "voy a pedirle consejo a mi madre para esto", ahí hay algo que merece revisarse. Pedir opinión no es el problema; el problema aparece cuando los padres, sin quererlo, se convierten en el altavoz de tus propias dudas e inseguridades, esas que tú solo/a no te atreves a nombrar.

Esto se nota todavía más cuando hay hijos de por medio: cuando una decisión sobre ellos necesita el visto bueno de tus padres, y al final es esa opinión la que prevalece, tu pareja queda en un segundo plano, invalidada y no vista, muchas veces sin que tú te des cuenta. Y eso, tarde o temprano, genera conflicto, porque tu pareja va a sentir —con razón— que no hay cocreación, que no hay sintonía real. Muchas de las discusiones que parecen ser "por otra cosa" tienen ahí su origen: falta de confianza, falta de criterio propio, no falta de amor.

Y hay un matiz que casi nadie nombra: en esa balanza, casi siempre pesa más la familia de sangre que la política. La mayoría escuchará antes a sus propios padres que a sus suegros, aunque en teoría ninguno de los dos debería tener la última palabra. Puedes y debes escuchar a tu padre, a tu madre, a tus suegros; lo que no puedes es dejar que esa escucha sustituya la decisión que le corresponde a la pareja. Una relación de pareja tiene que ser un marco súper seguro, y muchas veces no lo es, precisamente por esto.

Y muchas veces esas dudas ni siquiera son del todo tuyas: son los traumas inconscientes de tu padre o de tu madre —esa figura que más te haya marcado, que no siempre habrá sido un referente positivo—, que si no trabajas, acabas heredando y perpetuando durante toda tu vida como si fueran propios. No lo digo para culpar a los papás; lo digo porque mucho de lo que nos pasa tiene el origen ahí. Cuanta más conciencia tenemos y más trabajados estamos, más nos damos cuenta de esto: de que muchas de nuestras decisiones no nacen de nosotros, sino de un trauma de papá o de mamá sin trabajar que, sin quererlo, acabamos haciendo nuestro.

Es exactamente el tipo de trabajo que hacemos en el programa de reconstrucción: aprender a que tus decisiones de pareja sean tuyas, de verdad, entre los dos. Así que te dejo la pregunta: la última decisión importante que tomaste con tu pareja, ¿fue realmente vuestra, o de quién?

Parejas polarizadas: lo que cambió en cuarenta años

Llevo tiempo dándole vueltas a algo que veo constantemente hablando con parejas, compartiendo experiencias de vida con otras personas, y también en mí mismo como padre: la distancia entre cómo nos educaron y cómo educamos hoy.

Quienes tenemos alrededor de 50 años, como es mi caso, o entre los 40 y los 55, crecimos con un modelo muy definido. El padre representaba estructura, límites, ejecución, dirección, propósito, firmeza, acción, iniciativa, capacidad de proveer: energía yang. La madre representaba cuidado, contención, presencia emocional, sensibilidad, profundidad, flexibilidad, intuición, escucha: energía yin. No digo que ese modelo fuera sano en todos los casos; muchos arrastramos heridas y traumas de una educación demasiado rígida, de padres estrictos y de madres que sostenían solas el peso emocional de la casa, y encima no se les valoraba todo lo que hacían. Pero había una estructura clara.

Lo que observo ahora es que esa estructura no se ha corregido: se ha invertido. En la búsqueda legítima de igualdad, muchas mujeres han tenido que ocupar también el rol de dirección y provisión que antes era del hombre, masculinizándose en ese sentido. Y en paralelo, muchos hombres han ido soltando esa función, volviéndose más blandos, más difusos, más ausentes en el rol de firmeza. El resultado: parejas polarizadas, con los roles energéticos intercambiados, donde nadie termina de habitar del todo ninguno de los dos polos.

Esto no es un juicio sobre quién lo hace mejor o peor. Es una observación sobre lo que se ha perdido en el intercambio.

Y esto no se queda solo en la educación de los hijos: se nota, sobre todo, en la propia pareja. Es algo que observo hablando con la gente, con parejas, con mujeres: de manera inconsciente, muchas están buscando —o han buscado durante años— esa figura de energía masculina, esa dirección y esa firmeza que tuvieron en sus padres. Y no la encuentran. Muchas de ellas, de hecho, lo dicen abiertamente: sienten que los hombres han perdido esa energía. Y con los hombres pasa algo parecido, aunque se hable menos de ello: muchos buscan, también de forma inconsciente, esa energía yin protectora, casi la de una mamá que les cuide, que sostenga, que se haga cargo. Y cuando esa búsqueda es inconsciente, cuando no se nombra ni se trabaja, ahí es donde aparece buena parte de la toxicidad y el conflicto en la pareja: no es solo que los roles se hayan intercambiado, es que cada uno sigue buscando en el otro algo que le faltó, en lugar de construirlo entre los dos.

Y esa misma carencia se traslada también a los hijos. Antes había una figura —el padre, con sus rigideces y sus errores— que sostenía firmeza y valores. Hoy, con los dos progenitores ocupando roles difusos o intercambiados, esa firmeza muchas veces no está en ningún sitio. Y entonces buscamos culpables externos: las redes sociales, la generación, el móvil. Pero pregúntate esto: ¿tus padres, con los valores y la responsabilidad que te inculcaron, te habrían dejado usar las redes sociales a los 13 o 14 años sin ningún límite, como pasa hoy? La respuesta, la mayoría de las veces, es no.

No se trata de volver al modelo de hace cuarenta años. Se trata de recuperar, cada uno desde su lugar, la firmeza que a veces se ha diluido en el camino hacia la igualdad. Porque el objetivo no es que uno de los dos polos gane y el otro desaparezca, sino que ambos convivan, dentro de cada persona y dentro de la pareja: sin yang no hay dirección ni sostén, sin yin no hay presencia ni conexión real, y cuando falta uno de los dos, como ya escribí al hablar de la diferencia entre una relación sana y la dependencia emocional, es mucho más fácil caer en la dependencia o en la desconexión. En una próxima entrada quiero entrar más a fondo en la energía yin y la energía yang —la energía femenina y la masculina— y en por qué tenerlas equilibradas, tanto en pareja como a nivel individual, es tan importante.

Cómo salir de una relación tóxica cuando ya sabes que tienes que irte

Esta es, casi siempre, la parte más difícil. No la de reconocer que estás en una relación tóxica —eso, en el fondo, la mayoría de las personas ya lo sabe—, sino la de dar el paso. He acompañado a muchas personas que llevaban meses, incluso años, sabiendo con total claridad que tenían que salir de ahí, y aun así seguían dentro. Si es tu caso, quiero que sepas primero una cosa: no es falta de voluntad, ni eres débil por no haberlo hecho ya. Hay un mecanismo detrás, y se puede desmontar.

Lo primero que suelo trabajar es diferenciar el miedo real del miedo imaginado. El miedo a estar solo/a, a no encontrar a nadie más, a "no ser capaz" de rehacer tu vida, casi nunca es un miedo racional: es un miedo aprendido, muchas veces desde la infancia, que se activa con fuerza justo cuando más necesitas claridad. Nombrarlo en voz alta, con alguien que te acompañe, le quita buena parte del poder que tiene sobre ti.

Lo segundo es entender el papel de la costumbre. El cuerpo y la mente se acostumbran a un nivel de sufrimiento, por alto que sea, si es sostenido en el tiempo. Y lo desconocido —aunque sea mejor— siempre da más miedo que lo conocido, aunque duela. Por eso "quedarse" no significa que ahí estés bien: muchas veces significa, simplemente, que lo malo conocido pesa menos que lo bueno por descubrir. Es una trampa muy humana, y también muy común.

Lo tercero, y esto lo digo siempre con cuidado porque no es agradable de escuchar: sostener una relación que sabes que tiene que acabar suele apoyarse en una autoestima que necesita reconstruirse. Ya escribí sobre esto al hablar de la diferencia entre una relación sana y la dependencia emocional: cuanto más débil es la relación contigo mismo/a, más difícil es soltar algo que te hace daño, porque una parte de ti cree que no merece algo mejor. Trabajar esa autoestima no es un paso posterior a salir de la relación, es el paso que hace posible salir.

En la práctica, lo que ayuda a dar el paso no es esperar a "sentirse con fuerzas" —eso casi nunca llega antes de actuar, llega después—, sino construir apoyo real: nombrarlo con alguien de confianza, tener un plan concreto de los primeros pasos, y no intentar hacerlo en soledad si llevas tiempo atrapado/a en el mismo bucle. También conecta con algo que ya conté sobre por qué nos aferramos a relaciones que ya sabemos que no funcionan: casi nunca es amor lo que nos retiene.

Si estás en este punto, te lo digo tal cual lo pienso: no necesitas más pruebas de que esta relación te hace daño, ya las tienes todas. Lo que necesitas es acompañamiento para atravesar el miedo y reconstruir la confianza en ti mismo/a mientras lo haces. Eso es exactamente lo que trabajo en el programa de reconstrucción.

Eyaculación femenina: por qué muchas mujeres nunca la han experimentado (y cómo empezar)

Es una de las preguntas que más me hacen en las sesiones con mujeres, y casi siempre viene cargada de la misma frase: "llevo años sin conseguirlo, ¿me pasa algo?". No, no te pasa nada. Lo que ocurre es que a la inmensa mayoría de las mujeres nadie les ha explicado nunca dónde está el punto G, cómo se estimula con calma, ni que la eyaculación femenina depende tanto del cuerpo como de soltar el control mental sobre lo que está pasando.

Lo primero que trabajo con quien viene a esto es quitar la presión del resultado. La eyaculación femenina no aparece cuando se persigue como un objetivo, aparece cuando el cuerpo se siente lo bastante seguro como para soltar. Por eso el primer bloqueo casi nunca es físico: es mental. Es el "y si no pasa nada", el "y si tardo demasiado", el "y si esto es raro". Esa vigilancia constante es, precisamente, lo que impide que ocurra.

El segundo bloqueo es el desconocimiento del propio cuerpo. El punto G no se estimula igual que el clítoris, y necesita una presión distinta, sostenida, con la mujer relajada y sin prisa; también se trabaja mediante pulsiones, un ritmo de presión constante que ayuda al cuerpo a soltar. Muchas mujeres —y muchos hombres que las acompañan— nunca han recibido una explicación clara y profesional de cómo se hace, paso a paso, sin dar nada por supuesto. En el proceso individual que hago con mujeres, empezamos siempre por ahí: anatomía real, sin mitos, y luego la técnica.

El tercer bloqueo, y el más profundo, es emocional. Ya escribí sobre esto al hablar de la diferencia entre squirting y eyaculación femenina: no es solo un mecanismo físico, es una vía de liberación de emociones que llevan tiempo enquistadas en el cuerpo. Por eso hay mujeres a las que, cuando por fin ocurre, les entra el llanto sin saber muy bien por qué. No es casualidad ni es raro: es el cuerpo soltando algo que llevaba tiempo reteniendo.

¿Qué ayuda de verdad a que esto avance? Tres cosas, en este orden: conocimiento real del propio cuerpo, tiempo sin cronómetro ni objetivo, y una pareja —o una misma, en la exploración individual— que sostenga el proceso sin ansiedad ni expectativa. Cuando eso está presente, lo que antes parecía imposible empieza a ser simplemente cuestión de tiempo.

Si llevas años sintiendo que "a ti no te pasa" o que "tu cuerpo no funciona así", quiero decirte algo con claridad: la inmensa mayoría de las veces no es un tema de capacidad, es un tema de información y de permiso. Esto se puede trabajar, y se trabaja bien, con acompañamiento profesional y sin prisa.

Eyaculación precoz en silencio: por qué es la disfunción sexual más común y casi nadie habla de ella

Hoy quiero hablar de un tema que sigue siendo tabú entre los hombres: la eyaculación precoz. Es, con diferencia, la disfunción sexual masculina más común —más frecuente incluso que la disfunción eréctil— y aun así la mayoría de los hombres la vive en silencio, sin hablarlo con nadie, ni siquiera con su pareja. Los datos lo confirman: se calcula que entre el 80% y el 85% de los hombres ha atravesado algún episodio de eyaculación precoz en algún momento de su vida. Es, prácticamente, algo universal.

Técnicamente, hablamos de eyaculación precoz cuando no eres capaz de sostener o controlar tu proceso eyaculatorio y eyaculas antes del minuto y medio desde la penetración. Hay quien habla de tres minutos como referencia, pero ese dato no está tan contrastado; el minuto y medio es el marco que sostiene mejor la evidencia. En los casos más extremos, que son muchísimos menos, la eyaculación llega incluso antes de conseguir penetrar.

En la mayoría de los casos es, sobre todo, un problema psicológico y emocional, no físico. Muchas veces tiene su origen en la adolescencia: masturbarse deprisa, a escondidas, con culpa, para que no te descubrieran. Ese patrón se aprende en ese momento y, si no se trabaja, se arrastra durante años. Lo digo porque lo he vivido: de adolescente tenía que masturbarme a escondidas para que mi madre no entrara en la habitación, y eso generó en mí, con el tiempo, exactamente este problema. Tuve que ir gestionándolo poco a poco, reforzando mi autoestima y con ejercicios concretos, hasta mejorarlo.

Hay un factor del que casi no se habla: la falta de práctica sexual. Cuando pasas mucho tiempo sin tener relaciones, es habitual que en ese primer encuentro —o en los primeros, tras esa larga temporada— te cueste mucho más controlar la eyaculación. El cuerpo no está entrenado, la ansiedad y las ganas acumuladas juegan en tu contra, y eso también puede traducirse en un episodio de eyaculación precoz.

Y luego está uno que para mí es central: la falta de autoestima. Cuando un hombre no se siente suficiente —y encima percibe a su pareja como alguien "superior" a él, la idealiza, se siente pequeño a su lado— ese desequilibrio emocional se traduce directamente en el cuerpo. También existe un componente hereditario en algunos casos, aunque eso no cambia lo esencial: como casi todo en la vida, esto se puede trabajar, gestionar y trascender. El tabaquismo y el alcohol, por su parte, también agravan el cuadro.

Es un tema tabú entre hombres. Muchas veces no nos atrevemos a hablarlo porque parece que la hombría queda en entredicho, porque parece que si lo dices tu pareja va a salir corriendo. Y es justo al revés: cuando lo hablas con honestidad, cuando lo expones en vez de esconderlo, la relación se relaja, tú te relajas, y ese tema deja de pesar tanto. Ser honesto con tu pareja sobre esto no te hace menos hombre, te hace más presente.

En el fondo, esta disfunción —como tantas otras cosas— tiene mucho que ver con cómo gestionamos nuestras emociones y con si nos permitimos escuchar lo que el cuerpo y el sufrimiento nos están diciendo. Y conecta también con algo que ya escribí sobre la sexualidad como liberación emocional: en los hombres pasa exactamente lo mismo. Con paciencia, con ejercicios y con trabajo emocional real, esto se puede trascender hasta que no quede nada de ello.

Relación de pareja sana o dependencia emocional: la diferencia que nadie nos enseñó

Gran parte del sufrimiento que vivimos en pareja tiene un origen muy simple: no sabemos llevar una relación de pareja. Nadie nos lo enseñó. Y sin ese aprendizaje, acabamos proyectando sobre el otro nuestros propios traumas, nuestra falta de gestión emocional, todo lo que no hemos resuelto por dentro.

Aquí quiero decir algo que repito mucho en las sesiones: la pareja, muchas veces, es un espejo. Proyectamos a nivel inconsciente a la persona que necesitamos para evolucionar, para aprender exactamente aquello que todavía no hemos aprendido. Pero esto solo funciona si hay conciencia, si estamos despiertos. Sin esa conciencia, el espejo no enseña nada, solo duele.

Y hay un punto en el que ese aprendizaje se desborda: cuando el sufrimiento pesa más de lo que podemos sostener y aun así seguimos ahí, inmersos en una relación tóxica. Sostener eso en el tiempo ya es, en sí mismo, un síntoma de dependencia emocional.

¿Cuál es entonces la diferencia real entre una relación sana y una relación de dependencia emocional? En una relación sana se da y se recibe a partes iguales. Habrá desacuerdos, discusiones, momentos de fricción, como en cualquier vínculo real, pero se sabrán gestionar. Se puede ser uno mismo sin máscara, sin fingir, sin comportarse de una manera distinta a la que realmente se es. Hay admiración y reconocimiento hacia el otro, y también la sensación de recibir eso de vuelta. Hay respeto. Y sobre todo hay algo que para mí es innegociable: deseo, amistad, un propósito de vida en común, compromiso, transparencia.

Una relación tóxica se reconoce por señales muy concretas, y las he visto repetirse una y otra vez en parejas y en personas que sufren esto. Pasar buena parte del tiempo llorando. Vivir con ansiedad. Dejar de ser uno mismo. Minimizar los defectos del otro y, sobre todo, justificarlos. Saber con claridad que la relación tiene que acabar y, aun así, no ser capaz de acabarla. Sentir culpa de forma constante. No tener proyectos en común, ir cada uno por su lado. Romper y reconciliarse, una y otra vez, en un bucle que ya no lleva a ningún sitio. Y, en el fondo, no sentirse bien tratado. Y una cosa más, quizá la más difícil de aceptar: no se puede amar a quien no te ama.

Lo que tiene que haber en una pareja sana, resumido, es esto: admiración, confianza, deseo, respeto, aceptación, comunicación. Y cuando observo parejas —a veces me basta con mirar, otras veces hablo con alguna de las dos partes— veo con demasiada frecuencia que falta buena parte de esta lista, aunque ya no quede casi nada de lo que un día la sostuvo.

Esto conecta directamente con algo de lo que ya hablé al escribir sobre por qué nos aferramos a una relación que ya sabemos que no funciona: casi nunca es amor lo que nos mantiene ahí, son patrones inconscientes y una autoestima que no es lo bastante fuerte. También con el apego seguro, porque quien no tuvo referentes de apego seguro tiene mucho más difícil reconocer, desde dentro, cuándo una relación se ha vuelto dependencia. Detrás de todo esto suelen estar los mismos miedos de siempre: a estar solo, al rechazo, a no ser suficiente. Y al final, como casi siempre, todo vuelve a la coherencia interna: cuando no estamos alineados con lo que sentimos, es mucho más fácil quedarse en lo conocido, aunque duela, que soltar hacia lo incierto. Si ya sabes que tienes que irte y no consigues dar el paso, escribí también sobre cómo salir de una relación tóxica. Y esa confianza de la que hablo se construye, entre otras cosas, con algo tan simple como ser honesto en lo pequeño: sobre eso escribí en la culpa en tu relación de pareja.

Nuestra sombra: lo que no nos atrevemos a mostrar (ni a nosotros mismos)

Hoy quiero hablar de algo que para mí es básico y que casi nunca nombramos: la sombra. Muchas veces no nos damos cuenta de que buena parte de lo que nos pasa, de cómo reaccionamos, de lo que nos cuesta tanto, viene precisamente de ahí, de nuestra sombra. Voy a intentar explicarlo con mis propias palabras, a ver si consigo que se entienda.

Para mí, la psique se puede dividir en dos grandes partes. Por un lado está la personalidad: lo que intentamos que se vea de nosotros desde fuera, el personaje que construimos, cómo queremos que nos perciban. Y por otro lado está la sombra: todo aquello que no somos capaces de expresar. El deseo que nos callamos, la rabia que no sacamos, lo que no tenemos integrado y que, por rechazo, escondemos en vez de mostrarlo. Eso es la sombra.

Y no es que la sombra sea mala. Ahí está lo importante: no hay que demonizarla, hay que identificarla. La sombra nos habla, nos dice mucho de nosotros mismos, aunque no queramos escucharla. Todo aquello que no somos capaces de expresar, de exteriorizar, de integrar, es precisamente lo que nos empuja a vivir desde el personaje. Cuanto más identificados estamos con nuestra sombra sin saberlo, más vivimos de cara al exterior, más nos adornamos con máscaras: nos adaptamos, actuamos, incluso llegamos a mentir. Y esa mentira, en la mayoría de los casos, no nace de la maldad, nace del miedo.

Cuanto más identificados estamos con el personaje, más sombra tenemos sin darnos cuenta, y menos capacidad tenemos de trascenderla, de integrarla. Es un trabajo que se hace poco a poco: ir reconociendo esas partes que escondemos, para que dejen de manejarnos desde la oscuridad.

Un ejemplo muy claro es el del deseo dentro de la pareja. Hay muchas personas que, estando en pareja, desean constantemente a otras personas y jamás son capaces de sacarlo, de hablarlo, de expresárselo a quien tienen al lado. Se lo guardan todo. Ahí está su sombra: ¿qué es lo que les impide expresarlo? Casi siempre el miedo. Miedo a que su pareja les deje, miedo a no ser aceptados. Ya hablé de algo parecido cuando escribí sobre el deseo que se apaga en la pareja: muchas veces lo que se apaga hacia fuera sigue muy vivo por dentro, solo que escondido.

Me pongo a mí mismo como ejemplo, porque es como mejor puedo explicarlo. Durante muchísimo tiempo yo no era capaz de decir "te quiero". Ni de expresar lo que sentía. Esa era mi sombra: la incapacidad de mostrar lo que sentía de verdad, por miedo a lo que pudiera pasar si lo hacía. Y mientras no lo vi, ese miedo actuó por mí sin que yo lo supiera.

Crecimiento personal

Aquí es donde creo que está el verdadero trabajo de crecimiento personal: no se trata de eliminar la sombra, porque no se puede, sino de darle luz. De preguntarnos, cuando algo nos cuesta especialmente, cuando reaccionamos de forma desproporcionada o cuando nos escondemos detrás de una máscara: ¿qué hay aquí que no me estoy permitiendo sentir o decir? Esa pregunta, hecha con honestidad, ya es medio camino andado.

El trabajo consiste en ir soltando el personaje poco a poco, en atreverse a mostrar lo que de verdad sentimos aunque dé miedo, en observar sin juzgarnos qué es lo que solemos ocultar y por qué. No hace falta hacerlo todo de golpe. Basta con empezar a notar, en el día a día, esos momentos en los que elegimos la máscara antes que la verdad, y preguntarnos con calma qué nos está costando tanto integrar. Cuanto más se hace este trabajo, más coherente se vuelve una persona, más cerca vive de sí misma y menos energía gasta en sostener un personaje que, en el fondo, cansa.

Qué significa el éxito visto desde mis cincuenta

Me he levantado hoy con esta pregunta rondándome, así que voy a compartirla tal cual me sale. Durante mucho tiempo, para mí el éxito significaba tener cosas materiales: ser exitoso con un buen negocio para ganar dinero, para estar bien posicionado, para tener un cierto estatus. También significaba ser bueno jugando al baloncesto y que la gente cercana me reconociera por ello. Significaba tener buenos coches, rodearme de parejas guapas. Sé que esto último puede sonar soberbio, y con perspectiva ahora me doy cuenta de que en realidad no era una persona exitosa, sino una persona acomplejada. Puedo decirlo así, sin ningún problema.

Porque si lo miro con distancia, la película cambia bastante. Últimamente he visto muchos podcasts, muchas conferencias, mucha gente importante hablando de qué es el éxito. Y al final me doy cuenta de que es mucho más sencillo que todo eso, sobre todo cuando has pasado por mucha oscuridad, como es mi caso. La perspectiva de vida cambia, y cambia de verdad.

Hoy, el éxito para mí tiene cuatro ruedas, como el coche del que ya hablé al escribir sobre la coherencia interna. La primera es estar bien de salud: una pata absolutamente fundamental. La segunda es tener tiempo para disfrutar de mí mismo, algo que muchas personas exitosas, en el sentido antiguo de la palabra, no tienen nunca. La tercera es sentirme en paz, sentirme tranquilo, sentir que soy coherente con mis valores y mis principios, habiendo aprendido por el camino y teniendo hoy la capacidad de perdonar a los demás y de soltar las ofensas, sin cargarlas conmigo. Y la cuarta es estar en movimiento, no quedarme fijo en un solo sitio. Paso mucho tiempo en casa, solo, reconstruyéndome, y me doy cuenta de que una de las cosas que más me gustaba del Pedro de antes era precisamente eso: estar en movimiento. Hoy por hoy es la rueda que peor llevo, la que tengo más deshinchada de las cuatro.

Al final, el éxito no es lo que es, sino cómo lo vemos a través de nuestras creencias y principios, de lo que esta sociedad nos ha inculcado, de lo que nuestros padres nos han enseñado, y de cómo se han comportado las personas más cercanas que hemos tenido como referentes. Por eso insisto tanto en esto: cuando ya has transitado por todo eso —coches de lujo, varios negocios, muchas casas bonitas, relaciones abundantes, incluso haber sido un buen jugador de baloncesto, sin ser un jugadorazo pero sí de un buen nivel—, puede parecer que eso es ser una persona exitosa. Con perspectiva, ya no lo veo así. Ni de lejos.

Hay algo más que añado a esto, y que quizás sea el síntoma de éxito que más me importa de todos. Es algo que tiene que ver con mi hija. Para mí, el éxito también se mide en que, con el paso del tiempo, ella pueda mirar atrás y ver que su padre ha sido una persona referente: alguien que la ha ayudado, que la ha apoyado, que la ha entendido y comprendido. Y eso pasa también por darle su espacio, por dejarla crecer, por dejar que cometa sus propios errores y tenga sus propios aprendizajes, como los hemos tenido todos. No sé explicarlo mejor que así, pero esa sensación, si algún día llega, sería para mí una de las formas más honestas de éxito que puedo imaginar.

Para mucha gente, el éxito sigue siendo tener un buen coche, un buen trabajo donde se cobre bien, un buen estatus, que la gente te mire y piense "fíjate qué coche lleva" o "fíjate dónde vive" o "fíjate cómo viste". Y en el fondo, muchas veces, esa persona está más vacía que una caracola. Tiene que aparentar una seguridad que no siente, camuflarla, porque por dentro carga con muchísima inseguridad. No lo digo como crítica hacia nadie, lo digo porque yo mismo he sido esa persona, y me expongo con mis propios ejemplos, como siempre hago. Después de tanto tiempo, tantas experiencias, tantas sombras y también tantas luces, una cosa tengo clara: el éxito de verdad no se aparenta, se siente por dentro.

La infidelidad, ¿se puede perdonar?

Antes de entrar en si se puede perdonar o no, hay que partir de una base: qué es exactamente la infidelidad. Para mí es un acuerdo roto, generalmente verbal, dentro de una pareja monógama. Y ahí está la clave de todo, porque en torno al noventa o noventa y cinco por ciento de las relaciones, tanto heterosexuales como homosexuales, son monógamas entre dos personas. Eso significa que hay un pacto: no entra nadie más, sexualmente hablando, en esa relación. Si entrara, ya estaríamos hablando de otra cosa, de una relación abierta, que es un tema distinto y que aquí no toca.

Muchas veces, cuando alguien es infiel, sabe perfectamente por qué lo ha hecho. Y en muchos casos, además, se arrepiente después, por las consecuencias que eso trae. Hay quien nunca llega a ser descubierto. Y hay quien, ya sea porque le puede la culpa o porque su pareja se entera por otra vía, termina saliendo a la luz. Es justo ahí cuando se remueven todos los cimientos de la relación, cuando esta se cae por completo.

Porque, seamos honestos: en toda pareja, en algún momento, surge alguna duda. Tu pareja se va de viaje con amigos, sale a cenar, conoce a alguien atractivo en el trabajo o en el gimnasio, y ahí aparece esa pequeña pregunta de "¿se puede fijar en alguien?". Quien diga que nunca ha sentido nada parecido no está siendo honesto consigo mismo. Otra cosa muy distinta son quienes necesitan mirar el móvil constantemente, acechar, no fiarse nunca: eso ya no es duda, eso es toxicidad pura y dura. Pero la duda ligera, pasajera, existe casi siempre, en algún grado.

El problema llega cuando esa duda se confirma: cuando lo que solo era una sospecha se convierte, de golpe, en una infidelidad real. A partir de ahí hay una herida, y esa herida no te la has hecho tú: te la ha hecho tu pareja. Se pone en entredicho tu confianza, pero también tus bases, tus principios, tus valores, porque no se traiciona solo con el sexo, se traiciona también el pacto que sostenía la relación. Hay muchos terapeutas que hablan de reparación después de una infidelidad. Y aquí va mi opinión personal: muy pocos de ellos serían capaces de reparar si les pasara a ellos mismos. No lo digo para desacreditar a nadie, sino porque hasta que no te toca de verdad, es fácil hablar de reparación en abstracto.

Para que una infidelidad pueda repararse, y que la pareja siga, tienen que darse dos cosas a la vez: que quien ha sido infiel se arrepienta de verdad, y que quien la ha recibido quiera reparar. Sin esas dos condiciones juntas, no hay proceso que valga. Y ni así se resuelve en una o dos sesiones: es un trabajo largo, porque tambalea creencias, expectativas, todo lo que uno había construido sobre esa relación.

A día de hoy creo que sanar o reparar una infidelidad es de lo más complicado que existe en pareja, y no todo el mundo es capaz de conseguirlo. Muchas veces la terapia no sirve para reconstruir la relación, sino para poder dejarla con calidad: con menos rencor, menos dolor, cerrando de una forma más sana en lugar de arrastrar esa herida años. Las dos cosas son un trabajo legítimo, y ninguna es un fracaso.

Todo esto vuelve, una vez más, a lo mismo de siempre: la coherencia interna de cada uno, y esa autoestima que mencionaba al hablar de los miedos más habituales en la pareja. Porque perdonar una infidelidad, o no hacerlo, no debería decidirse desde el miedo a quedarte solo, sino desde lo que de verdad sientes y necesitas.

El deseo que se apaga en la pareja, y por qué casi nunca es "falta de deseo"

El deseo, todos lo sabemos, es especialmente intenso en la primera fase de la pareja: la fase de enamoramiento. Dura un año, año y medio, y en ella queremos tener relaciones casi cada día, en cualquier lugar. De las demás fases de una relación hablaré en otro post, pero esta es la que interesa aquí, porque es donde solemos poner el listón con el que luego comparamos todo lo que viene después.

Pasada esa fase, el deseo no desaparece. Baja, sí, y bastante, pero sigue ahí, sigue existiendo. La relación se vuelve más madura. El problema aparece cuando esa relación no se trabaja: cuando no hay complicidad, no hay amistad, no hay respeto y, sobre todo, no hay admiración. Ahí es donde ese deseo se va apagando poco a poco, y se va transformando en discusiones, en falta de admiración hacia la otra persona. Dejamos de ver a nuestra pareja como la veíamos antes.

Ya no invertimos el tiempo que invertíamos al principio, cuando podíamos pasarnos cuatro o cinco horas seguidas solo con esa persona. Ya no tenemos esa intención de seducirla, porque pensamos que ya la tenemos ganada, ahí fija. Dejamos de ocuparnos de tener conversaciones profundas, de intentar hacerla reír, de pasar tiempo de calidad juntos. Y al final, dejamos de admirar a nuestra pareja. Muchas veces entra en juego la dejadez, entran las discusiones, y ese deterioro se alimenta a sí mismo.

Y esto se nota también, cómo no, en las relaciones sexuales en sí. Se vuelven monótonas: mismo horario, mismo lugar, mismo guion de siempre. Dejamos de jugar sexualmente, de improvisar, de buscar sitios distintos a los de siempre para tener intimidad, como hacíamos al principio. Dejamos de vestirnos o de arreglarnos pensando en erotizar a la otra persona, en despertarle el deseo con algo tan simple como una prenda concreta. Ya no seducimos con la ropa, ni con el lugar, ni con la sorpresa; nos limitamos a repetir lo de siempre, cuando funciona, y muchas veces ni eso. Y esa monotonía, sin que nos demos cuenta, es otra forma más de dejar de cuidar el deseo.

Si hay hijos de por medio, se convierten en la excusa perfecta: no hay tiempo para la pareja. Pero curiosamente sí hay tiempo para pasarse horas con el móvil, para llevarse trabajo a casa, para hablar constantemente de los niños. Los hijos pasan a ser el centro de atención y la pareja queda en un segundo plano. Y si no hay hijos, la historia se repite de otra forma: discusiones, falta de admiración, caminos que se van separando poco a poco, sin que nadie decida trabajar en la relación, en tener buenas conversaciones, en seguir seduciéndose.

Todo eso, sin darnos cuenta, se va apagando poco a poco. Y cuando una pareja pierde el deseo, cuando deja de encontrarse sexualmente, ahí empieza —si la pareja quiere verlo— el principio del fin. Muy pocas parejas son lo suficientemente honestas, y lo suficientemente valientes, para hablar de esto: de que cada vez tienen menos deseo, de qué están haciendo mal, y de qué podrían hacer distinto para reavivarlo. Esa conversación incómoda, la que casi nadie se atreve a tener, es la que de verdad puede cambiar el rumbo de una relación antes de que sea demasiado tarde. Y, como con casi todo lo que de verdad importa en pareja, empieza por ser coherentes con lo que sentimos, en vez de fingir que no pasa nada.

El sufrimiento te está hablando y no te estás dando cuenta

Muchas veces sufrimos y no sabemos ni por qué ni de dónde viene ese sufrimiento. Y en muchas ocasiones eso pasa porque hay falta de autoconocimiento: no nos conocemos lo suficiente como para saber qué nos está pasando de verdad. Puede ser un sufrimiento leve, del trabajo. Puede ser con la familia, con los hijos, con la pareja. Puede ser por escasez de dinero, o por una enfermedad. Formas distintas, pero un mismo mecanismo de fondo.

Mi experiencia me ha enseñado esto: ese sufrimiento nos está hablando, pero no queremos escuchar de verdad dónde tenemos que poner el foco, dónde tenemos que empezar a sanarnos. Durante buena parte de mi vida fui inconsciente. No lo digo como insulto, sino porque viví tanto tiempo desde el ego que no me daba cuenta de lo que me estaba pasando. No me conocía.

Cuando empiezas a trabajarte, empiezas también a cuestionarte las creencias que te limitan: las cosas que haces por seguir a la multitud, por no defraudar a tus padres, por encajar con la pareja o con los amigos. Y si no eres coherente con lo que sientes de verdad, tarde o temprano lo acabas pagando.

Hay personas en las que ese sufrimiento, a priori, no se nota, pero lo llevan por dentro: no sacan su rabia, su malestar, y se van apagando poco a poco, carcomidas por dentro. Y hay otras, como era mi caso, en las que ese sufrimiento se exterioriza con rabia, con ira, pagándolo con los demás. Al final, de una forma o de otra, te acabas deteriorando tú, y deterioras también a quien tienes alrededor.

Por eso el autoconocimiento es tan importante, y por eso el sufrimiento es la llave hacia el bienestar emocional y personal. Esto requiere trabajo, porque la mayoría de las personas viven en la inconsciencia, y no hace falta enfadarse al leer esto: yo no soy una persona iluminada, ni mucho menos. Pero sí llevo mucho tiempo intentando no engañarme, cuestionarme creencias y trabajarme para transformar ese sufrimiento en tranquilidad, en paz, en coherencia interna y en autocuidado.

Una de las preguntas que me hacía a mí mismo cuando estaba sufriendo, y que todavía sigo haciéndome, es esta: ¿qué me hace quedarme en esta situación? ¿Qué quiero aprender de ella? ¿Cómo me gustaría verme si no la tuviera? ¿Qué he aprendido de lo que me ha ocurrido? Son preguntas simples, pero pocas veces nos las hacemos con honestidad. Y casi siempre, cuando por fin nos las hacemos, es porque ese sufrimiento llevaba tiempo intentando decirnos algo que no queríamos escuchar.

Mis dos divorcios: por qué no se parecen en nada

He vivido dos divorcios, y aunque a primera vista parezca la misma experiencia repetida, no tienen nada que ver el uno con el otro. Y creo que la diferencia entre ambos dice más de mí que de las relaciones en sí.

El primero llegó con veintisiete, veintiocho años. Yo era, aunque en aquel momento no lo veía, una persona acomplejada e insegura, que además se esforzaba en aparentar justo lo contrario. Y aquí está la clave que he aprendido con los años: cuando estás así, vibras con alguien parecido, y proyectas a nivel inconsciente la pareja que necesitas para evolucionar, aunque en ese mismo momento no lo sientas así. No conectas con una persona equilibrada, coherente, trabajada, porque tú tampoco lo eres: yo era el primero que no estaba equilibrado, ni era coherente, ni estaba trabajado. Y lo que proyectas en ese momento es, precisamente, lo que necesitas aprender para dejar de sufrir, aunque solo lo entiendas mucho después. Ese primer divorcio fue traumático, y salí de ahí sintiendo que quedaba mal, con la sensación de irme derrotado.

Después de eso llegaron años de miedo: miedo a volver a ponerme en pareja, miedo a empezar otra vez de cero, miedo al rechazo. Los mismos miedos de los que hablé hace poco. Pero con el tiempo empecé a trabajarme: crecimiento personal, indagar en mí, trabajo emocional. Y sobre todo, empecé a invertir. No en coches ni en cosas materiales, que es donde mucha gente pone el dinero sin pensarlo dos veces, sino en mi bienestar emocional. Muy poca gente invierte ahí, y a mí me ha tocado invertir mucho.

Esa inversión cambió por completo la relación que vino después, que duró cuatro años y que no se pareció en nada a la primera. Y cuando esa segunda relación también terminó, terminó desde otro lugar completamente distinto: desde el amor, desde la coherencia. Había tristeza, la tristeza siempre está cuando algo se acaba, pero las cosas se hicieron de otra manera. El miedo que sentí en ese segundo divorcio ya no era el miedo inconsciente, incoherente y egoico del primero. Era otro tipo de miedo, uno que puedes mirar de frente, entender qué ha pasado, ver qué te toca seguir trabajando, poner el foco en ti sin desmoronarte.

Por eso digo que dos divorcios no son lo mismo solo porque compartan la palabra. Lo que cambia de fondo es desde dónde los vives: desde la inconsciencia y la inseguridad, o desde el trabajo personal y la coherencia interna. Y esa diferencia se nota en cómo cierras una etapa y en cómo te sientes contigo mismo después de cerrarla.

Los miedos más habituales en la pareja

Después de años escuchando a personas hablar de sus relaciones, hay algo que se repite tanto que ya casi podría hacer una lista cerrada: miedo a estar solo, miedo a decir "te quiero", miedo a decir "ya no te quiero", miedo a sufrir, miedo al rechazo, miedo a perder a la pareja, miedo a no gustar, miedo a ser engañado. Casi todo el mundo coincide en alguno de estos, y muchas veces en varios a la vez.

Y ahí está la trampa: nos quedamos en relaciones de las que ya sabemos que queremos soltar, no por amor, sino por miedo. Preferimos el malestar conocido a la incertidumbre de lo desconocido. Es más cómodo, aunque duela, quedarse en lo que ya controlamos que enfrentarse a lo que no sabemos cómo va a salir.

Aquí entra en juego algo que para mí es central: la autoestima y el autoconcepto. Si sabes, si sientes, que una relación ya no funciona, poder transitar el miedo a quedarte solo depende en gran parte de cómo estés contigo mismo. Después de veinte, diez o treinta años con alguien, es normal que se te caiga el mundo si de pronto te quedas solo. Pero si te aceptas, si te quieres, si tienes un buen concepto de ti mismo, las decisiones que tomes van a nacer de otro lugar, no del miedo. Y el miedo, en una relación de pareja, suele ser el obstáculo más grande de todos.

A las personas con las que trabajo esto siempre les propongo la misma pregunta: ¿qué pasaría si no tuvieras miedo ante esta situación? ¿Cuál sería el peor escenario, y cuál el mejor? Casi nunca es tan grave como lo imaginamos, pero para verlo con claridad hay que salir del miedo un momento y mirar desde fuera.

Lo digo con conocimiento de causa, porque yo he vivido dos divorcios. Cuando de verdad te aceptas, cuando tienes un buen autoconcepto y una autoestima sólida, el dolor y la tristeza de una ruptura siguen estando ahí, no desaparecen ni hay que negarlos. Pero esa tristeza se puede trabajar, y al final tiene que trascenderse. Todo eso hay que pasarlo, no hay atajos, pero sí hay una diferencia enorme entre pasarlo desde el miedo o pasarlo desde la aceptación de uno mismo.

Casi siempre este miedo a soltar está entrelazado con aferrarnos a una relación que ya sabemos que no funciona, y con la falta de un apego seguro al que acudir cuando toca tomar decisiones importantes.

De veinte mil seguidores a empezar de cero: dos maneras de entender un proyecto

Hace un tiempo, una persona a la que acompañé en un proceso terapéutico vio los resultados y me propuso algo que yo nunca me había planteado: abrir una cuenta de Instagram para divulgar. Yo no tenía redes sociales, no me llamaban la atención, no sentía ninguna necesidad de tenerlas. Aun así, acepté, con una condición: que la parte de marketing la llevara él.

Los primeros meses fueron con ilusión de verdad. Compartía cosas que ya sabía, que me apetecía compartir: sexualidad, pareja, crecimiento personal, límites, creencias limitantes. Sin forzar nada. Y en cuatro meses llegué a veinte mil seguidores, haciéndolo todo de manera altruista. Una barbaridad, si lo miro con perspectiva.

Pero al tercer mes mi compañero y yo no nos entendimos y dejamos de colaborar juntos, y me quedé yo solo con todo el proceso: grabar, editar, publicar. Y ahí empezó a cambiar algo. Lo que había nacido con ilusión se fue convirtiendo en una losa: la obligación de sacar contenido constantemente, la exposición a gente que ni conocía, la presión de agradar, de conseguir likes, de sumar seguidores pensando que eso me acercaría a más personas. Y encima, viendo tanto intrusismo en Instagram —gente que se creía influencer sin serlo— dejé de sentirme coherente con lo que estaba haciendo.

Así que paré. Con casi veinte mil seguidores, decidí soltar el proyecto. Y haciendo autocrítica, entendí algo importante: lo estaba haciendo para los demás, no para mí. No desde mi disfrute ni desde mi crecimiento personal, sino desde la necesidad de aprobación externa.

Desde entonces llevo año y medio de un proceso de sanación propio. Más consciente, sin necesitar la validación de nadie, sin necesitar encajar con likes ni con seguidores. Y hace poco nació mi propia página web, que estoy construyendo con una lógica completamente distinta: la hago para mí. Si alguien la ve, si puedo acompañarla o ayudarla, se lo agradezco enormemente. Pero no la necesito para sostenerme. No hay métricas que perseguir, no hay nada que pedir.

Son dos maneras completamente distintas de entender un mismo tipo de proyecto: una desde la necesidad de que te vean, otra desde las ganas genuinas de compartir. Y solo después de haber vivido la primera, entiendo de verdad el valor de la segunda.

Eyaculación femenina: por qué no es lo mismo que el squirting

Hace unos días vi un vídeo en el que una mujer, dando una charla sobre sexualidad, hablaba de la eyaculación femenina y del squirting como si fueran la misma cosa. Y no lo son. Esto pasa más de lo que debería: hay quien se sube a un escenario o a un podcast a hablar de estos temas sin el conocimiento ni la experiencia necesarios, y lo que transmite, aunque venga con buena intención, siembra más confusión de la que ya existe.

Vayamos a lo concreto. El squirting sale de la vejiga y lleva dosis de orina, expulsada en mayor cantidad. La eyaculación femenina es otra cosa: es un fluido transparente que no es orina, liberado en dosis pequeñas, que sale a través del punto G por medio de las glándulas de Skene. Dos orígenes distintos, dos mecanismos distintos. Meterlos en el mismo saco es, sencillamente, desinformar.

Hay otro matiz que casi nadie explica bien: la eyaculación y el orgasmo son independientes entre sí. Una mujer puede eyacular sin llegar al orgasmo, y puede tener un orgasmo sin eyacular. No van necesariamente de la mano, y entender esto ya cambia por completo la forma de vivir la propia sexualidad, sin la presión de que "tiene que pasar todo junto o no vale".

Y aquí está, para mí, la parte más importante: la eyaculación femenina no es solo un mecanismo físico, también es una liberación emocional. Por medio de la excitación, muchas mujeres logran soltar emociones enquistadas, muchas veces desde hace años. No es casualidad que las reacciones sean tan distintas de una mujer a otra: algunas ríen, otras lloran, otras gritan, otras incluso tiritan. No hay una forma "correcta" de vivirlo, hay la forma de cada una.

Y sí, todas las mujeres pueden eyacular. Lo que ocurre es que muchas tienen bloqueos emocionales que lo dificultan, y hay mujeres que llegan a los cuarenta o cincuenta años sin haberlo experimentado nunca. No por incapacidad, sino porque nadie les enseñó dónde está el punto G ni cómo se llega hasta ahí con calma, sin prisa y sin objetivo. Y esto no es solo un vacío en las mujeres: muchos hombres tampoco saben localizar el punto G, y sin ese conocimiento básico, es difícil que se dé el espacio necesario para que esto ocurra.

Antes de la técnica hace falta conocimiento real. Y antes de hablar de esto en público, hace falta haberlo estudiado y haberlo acompañado de verdad. Es un tema que sigue rodeado de estigma, y ese estigma solo se rompe con información precisa, no con generalizaciones que mezclan cosas que no tienen nada que ver entre sí. Si quieres ir más allá de la teoría, escribí también sobre por qué muchas mujeres nunca lo han experimentado y cómo empezar.

El apego seguro: por qué no siempre debes preguntarle a quien más quieres

Durante mucho tiempo yo tampoco tuve un apego seguro. Y esto es más común de lo que parece.

Cuando algo importante te preocupa —una decisión de pareja, un cambio de vida, una duda que te quita el sueño— lo natural es preguntarle a quien tienes cerca: un padre, una madre, una pareja, un amigo de siempre. El problema es que esa persona te va a responder desde sus propios ojos. Desde sus creencias limitantes, sus miedos, sus complejos, sus heridas sin sanar. Su respuesta no es neutra: está condicionada por todo lo que ella misma no ha resuelto.

Si tu referente —tus padres, por ejemplo— arrastra traumas propios sin trabajar, lo que te va a devolver no es claridad, es su propio miedo proyectado en ti.

Por eso es tan importante aprender a escucharte a ti mismo. Detectar estos patrones, que casi siempre operan de forma inconsciente, porque damos por hecho que la familia, los amigos o la pareja van a poder ayudarnos. Y muchas veces la única persona que de verdad sabe la respuesta eres tú, desde tu propia intuición.

Aun así, tener un apego seguro en tu vida importa. Alguien a quien puedas acudir sabiendo que no te va a hablar desde sus condicionamientos. Alguien que ha hecho su propio trabajo interior, consciente, y que te va a decir lo que piensa sin proyectar en ti sus miedos ni sus inseguridades. Eso cambia por completo el resultado de una conversación sobre pareja, trabajo o cualquier decisión de peso.

Esta falta de referentes seguros es, muchas veces, una de las razones de fondo por las que nos cuesta tanto soltar una relación que ya no funciona.

Lo que no se dice: el móvil como refugio cuando la pareja ya no se mira

Me gusta ir solo a comer fuera. No por antisocial, sino porque desde ahí observo. Y hay una escena que se repite tanto que ya casi puedo predecirla: dos personas sentadas frente a frente, y entre ellas, un silencio que no es paz, es distancia. Hablo de parejas sin hijos delante, sin esa excusa fácil de "es que están pendientes de los niños". Hablo de cuando están solos los dos, con todo el tiempo del mundo para mirarse.

Y no se miran. Lo he comprobado tantas veces que ya no es intuición, es un patrón: no aguantan ni cinco minutos de conversación real antes de que uno de los dos saque el móvil. Y aquí viene lo más revelador. Cuando uno lo saca, el otro casi siempre lo sigue. No porque tenga algo urgente que mirar, sino porque quedarse ahí, solo, viendo a su pareja absorta en la pantalla, es incómodo. Coger el móvil también es una forma de protegerse de ese vacío, de no sentir que sobra.

De una comida de tres cuartos de hora, la mayor parte transcurre así: en silencio, con la vista baja, masticando o deslizando el dedo por la pantalla. En cuanto no hay nada que llevarse a la boca, aparece el teléfono. Conversación fluida, casi ninguna. Y ya no hablo de profundidad, de complicidad o de risas compartidas; hablo simplemente de que se hablen. Cuando sí hay palabras, muchas veces son reproches disfrazados de comentarios, o banalidades que llenan el silencio sin llenar nada más.

Esto no pasa igual en casa. En casa siempre hay una salida: la cocina, la televisión, una tarea pendiente. Es fácil estar en la misma casa y no encontrarse en todo el día, hasta que llega la hora de dormir. Pero en público, cuando no hay escapatoria, cuando solo están la mesa, la comida y el otro, ahí se ve con una claridad incómoda cuánto queda realmente de esa pareja. El móvil, entonces, no es la causa: es el síntoma. Es la salida de emergencia que se usa cuando ya no se sabe qué decirle a quien se supone que se eligió.

No lo cuento para señalar a nadie, también me reconozco observando esto desde fuera y preguntándome cuántas veces yo mismo he usado una pantalla, un pensamiento o cualquier otra cosa como refugio. La pregunta que dejo, más que una respuesta, es esta: la próxima vez que salgas a comer con tu pareja, ¿cuánto tiempo pasáis realmente mirándoos? Y si la respuesta incomoda, quizás ahí hay algo que merece más atención que el teléfono.

Este tipo de distancia silenciosa suele ser también un síntoma de falta de coherencia interna: cuando no estamos alineados con lo que sentimos, es más fácil refugiarse en una pantalla que sostener la mirada del otro.

Por qué nos aferramos a una relación que ya sabemos que no funciona

Muchas veces vemos parejas donde los caminos llevan tiempo bifurcados. Se sabe, se siente, y aun así la relación se sostiene. ¿Por qué? Porque debajo de esa permanencia casi nunca hay amor real: hay patrones inconscientes, inseguridad y una autoestima que no está lo bastante fuerte como para sostener la decisión de soltar.

He acompañado a muchas personas que tienen miedo a dejar una relación tóxica a sabiendas de que lo es: una relación donde se les minimiza, no se les tiene en cuenta, no se les valora ni se les prioriza. Donde ya no hay esa admiración que debería existir entre dos personas que se eligen. Y lo más duro es que quien sufre esto lo sabe. Aunque admire a su pareja, percibe con claridad que no es correspondido: siempre en un segundo plano, sin sentirse deseado.

Entonces me pregunto: ¿qué hace que alguien se quede ahí, sufriendo? A veces ese sufrimiento es necesario, es la única forma en que aprendemos, si somos realmente conscientes de él. Pero llega un momento en que ya no se puede sostener más. Y ahí es cuando hace falta pedir ayuda, porque la persona no es capaz de tomar ciertas decisiones por miedo, por falta de autoestima, y muchas veces también por falta de autoconcepto. Detrás de todo esto suelen estar los miedos más habituales en la pareja: a estar solo, al rechazo, a no gustar, a sufrir.

Ahí es donde yo siento que puedo acompañar: ayudando, a base de preguntas y de un proceso de mentoría, a ver con claridad cómo salir de una relación que ya no llena, en la que solo queda la costumbre, el tiempo compartido o lo que en su día unió a esas dos personas, pero de lo que hoy ya no queda prácticamente nada.

Detrás de este quedarse hay muchas veces un patrón de apego que no es seguro y una falta de coherencia interna que impide escuchar lo que ya se sabe desde hace tiempo.

La coherencia interna: las cuatro ruedas de nuestro coche

Para mí la coherencia es como las cuatro ruedas de un coche. Lo que pensamos, lo que decimos, lo que sentimos y lo que hacemos tiene que estar alineado y en sintonía. Un coche necesita las cuatro ruedas bien infladas para avanzar con estabilidad: en el momento en que una está deshinchada o pinchada, el coche ya no funciona bien. Con nosotros pasa exactamente lo mismo.

Por eso, muchas veces, sufrimos y vivimos dicotomías sin saber muy bien por qué. No entendemos por qué nos cuesta tanto tomar decisiones importantes: soltar un trabajo que ya no nos llena, soltar una relación de pareja que sabemos, desde hace tiempo, que no nos hace ningún bien, en la que no estamos a gusto ni nos sentimos plenos. Y aun sabiéndolo, seguimos ahí.

Sentirnos en coherencia —con nosotros mismos y con la vida— es mucho más importante de lo que solemos pensar. Cuando somos coherentes, sabemos en cada momento cómo actuar, cómo sostenernos, cómo liderar nuestra propia vida. Y además, esa coherencia afina nuestra intuición: cuando estamos alineados, la intuición y nosotros vamos en la misma dirección.

El problema aparece cuando no somos coherentes. Ahí es cuando, aunque la intuición nos esté hablando con claridad, no la escuchamos: pensamos que es una locura, que estamos exagerando, que eso no puede ser así. Dejamos de confiar en lo que sentimos porque no está alineado con lo que pensamos, decimos o hacemos. Y ahí es donde empieza a torcerse todo.

Es exactamente lo que suele pasar cuando nos aferramos a una relación que ya sabemos que no funciona.

Bienvenida a este espacio

Empiezo este blog para compartir mis vivencias, mis experiencias y todo el trabajo personal que llevo acumulado durante quince años. Me apetece compartir con todos vosotros todo lo que he aprendido, tanto a nivel de experiencia de vida como a nivel de estudios, formaciones y másteres, y aplicarlo y comentarlo aquí por si a alguien le puede ayudar. Ya sea a través de casos reales de personas con las que he trabajado, o ya sea a través de reflexiones y experiencias propias.

Se van a tocar temas de crecimiento personal —como el sufrimiento que nos habla y no escuchamos— o la diferencia entre vulnerabilidad y debilidad—, de sexualidad masculina y femenina —como la diferencia real entre eyaculación femenina y squirting—, de pareja, de poner límites, de creencias limitantes, y muchos más.